INTOLERANTES


«Más vale ser reprendido con franqueza que ser amado en secreto. Más confiable es el amigo que hiere que los abundantes besos del enemigo.» Proverbios 27:5-6

 

 

En los últimos años hemos comenzado a escuchar cada vez más sobre personas intolerantes, como a la lactosa, al gluten y al azúcar. Escuchar de esto ya es algo normal. Existen todo tipo de productos y aún restaurantes para quienes no pueden comer determinados alimentos y bebidas.

Y está bien, porque esa intolerancia tiene que ver con la salud. Pero hay otro tipo de intolerancia mucho más peligrosa que hemos desarrollado, que no tiene nada que ver con el cuidado del cuerpo.

LO QUE TOLERAMOS CRECE Y NOS DOMINA.

Somos intolerantes a lo incómodo. No queremos ser confrontados y evitamos conversaciones reales y profundas. Filtramos todo lo que escuchamos para escuchar lo que nos gusta y lo que queremos. No queremos la verdad, sino la validación.

No toleramos lo diferente ni la opinión de otros. Nos volvimos sensibles a todo menos a lo que realmente importa. A esta intolerancia le hemos puesto el nombre de «cultura de cancelación». Si algo no nos gusta, lo cancelamos.

Si algo nos incomoda, lo apagamos. Si algo nos confronta, lo eliminamos. Pero esto no empezó en las redes y no es un problema de cultura, es un problema del corazón.

Pero somos tolerantes a lo que destruye. Y acá está el problema, porque nos volvimos tolerantes al orgullo, mentira y envidia. Somos intolerantes a lo que nos confronta y al mismo tiempo somos muy tolerantes con lo que nos daña.

Podemos soportar o permitir hábitos, sentimientos y pensamientos que nos están matando por dentro. No toleramos que alguien nos diga la verdad, pero toleramos todo lo que nos hace mal.

Y todo lo que toleramos crece. Porque sin darnos cuenta, todo lo que toleramos crece y termina dominándonos.

En cierta ocasión, Jesús entró al templo y encontró algo que no debería estar allí. Encontró comerciantes, ventas, mesas y todo un sistema instalado (Juan 2:13-17).

Esto no fue de un día para el otro, sino que empezó de a poco. Comenzó con una mesa y después con otra. Se fue normalizando hasta que terminaron convirtiendo un lugar de oración y encuentro con Dios en un negocio.

Jesús no pasó de largo esta situación. No la ignoró, no la justificó, no negoció, no toleró y la enfrentó. Él dijo que su casa será llamada casa de oración (Mateo 21:12-13).

Habían convertido el templo en un mercado y cueva de ladrones. Habían permitido, se habían acostumbrado y normalizado lo que está mal. Lo que había comenzado como algo pequeño, terminó ocupando todo.

EL PROBLEMA NO ES JESÚS, ES NUESTRA DEFINICIÓN DE AMOR.

Jesús no toleró lo que estaba mal, sino que lo enfrentó. Cuando somos confrontados, hay algo que nos incomoda y no nos gusta. Cuando alguien nos confronta, pensamos que no hay amor. Pero el problema es que confundimos amor con permisividad.

Muchos vieron a Jesús en el templo tirando las mesas y echando a todos fuera. Podríamos pensar que eso no es amor y que es violento. Pero Jesús no fue violento, sino que fue intolerante con lo que estaba destruyendo lo que Dios ama.

Creemos que amar es no decir nada, no incomodar, no confrontar, no generar conflicto y buscar quedar bien con todos.

Eso no es amor, es permisividad. Es permitir o ser consciente sin presentar resistencia a lo que se considera perjudicial. Amar no es aprobar todo, evitar el conflicto o quedar bien. Amar es hacer bien.

Pero cometemos el error de querer ser políticamente correctos. Poco a poco normalizamos lo que está mal (Isaías 5:20).

Todos veían lo que pasaba en el templo y sabían que estaba mal. Pero nadie decía ni hacía nada al respecto. Y eso es lo que pasa cuando nos rodeamos de personas que nos aprueban hasta lo que es malo (Proverbios 27:5-6).

EL AMOR ENCUBIERTO NO ES FALTA DE AMOR… ES AMOR QUE SE VOLVIÓ COBARDE.

Un amigo es aquel que te dice aun lo que duele, que reprende y aun desaprueba comportamientos. Pero ser amado en secreto es aquel que ve pero no habla, aquel que sabe pero calla, aquel que puede pero no actúa y aquel que conoce la verdad pero no la dice.

Alguien que podría ayudar, pero prefiere no meterse. Alguien que ve el problema, pero mira para otro lado. Es un amor que se esconde cuando debería aparecer.

Muchas veces nos rodeamos de personas que nos aprueban, nos celebran, nos aplauden todo lo que hacemos y aun lo que nos hace mal. Pero si nadie nos confronta, no es que estemos bien, sino que estamos rodeados de amor secreto u oculto.

El amor secreto calla, evita, busca quedar bien, pero nos deja igual. El amor verdadero habla, confronta, busca nuestro bien, pero nos transforma.

Dios no nos ama en secreto y no se queda callado. Él nos ama, y por eso nos confronta con  nuestro pecado, error y con aquello que hemos permitido y tolerado en nuestra vida.

Jesús confronta. Él no suaviza ni adorna ni endulza, sino que expone el corazón. Jesús no nos dice lo que queremos escuchar, sino lo que necesitamos escuchar.

Pero muchas veces preferimos un beso que engaña antes que una herida que sana. Pero las heridas del amigo son las que salvan nuestra vida (Juan 15:13).

El problema no es que no haya amor, es que rechazamos el amor que nos confronta. Y cuando rechazamos ese amor, terminamos lejos de Dios, aunque creamos que estamos bien.

JESÚS NO NOS RECHAZA, PERO TAMPOCO NOS DEJA COMO ESTAMOS.

Jesús no solo habló de amor, sino que lo demostró, pero no como nosotros creemos o esperamos que sea. El amor de Jesús muchas veces no es el que esperamos.

Pero Jesús nunca rechazó a las personas, sino que se sentó a comer y fue llamado amigo de pecadores. Se acercó y amó a los que todos despreciaban.

Una y otra vez podemos ver y leer en los Evangelios cómo Jesús amó a las personas. Podemos ver cómo su corazón se llenó de compasión al ver a las personas como ovejas sin pastor.

Ese amor no significó callar frente a aquellas cosas que no eran buenas. Jesús nunca validó el pecado ni aprobó lo malo. Nunca acepto aquello que busca destruir nuestras vidas.

Aun cuando trajeron a la mujer sorprendida en adulterio, que por ley debía ser apedreada, ser expuesta y condenada por todos. Pero Jesús hace algo increíble ante esta situación Él no la condena, ni expone, ni rechaza, pero tampoco es indiferente (Juan 8:1-11).

Esto es amor real. Jesús nos ama, pero confronta el pecado. Él nos ama, pero también nos transforma. Jesús no suaviza, no disfraza, sino que expone el corazón Él llama a lo que está mal, mal, y a lo que es pecado, pecado.

Esto no es un tema de moral, gustos o preferencias. Tampoco es despotismo, porque muchas veces pensamos en el pecado como algo que a Dios no le gusta o que dictamina de manera arbitraria.

No nos damos cuenta de que lo que Dios llama pecado son cosas que solo buscan nuestro daño, destruir nuestra vida e impedirnos llegar y acercarnos a Él.

JESÚS NO ES INTOLERANTE CON NOSOTROS, SINO CON AQUELLO QUE BUSCA NUESTRO MAL.

El templo tenía que ser un lugar de oración, de oportunidad y esperanza. Se había convertido en un negocio y cueva de ladrones cuando el fin era que fuera un lugar de encuentro con Dios (Santiago 4:1-12).

Jesús nos ama celosamente. Nos ama demasiado como para tolerar que algo nos separe de Él y para dejarnos en la misma condición.

El problema no es que no sepamos qué es lo que está mal, sino que lo toleramos. Toleramos actitudes, hábitos, sentimientos, situaciones que sabemos que no están bien y que nos alejan de Jesús.

Hoy podemos decidir dejar de ser tolerante con aquellas cosas que nos alejan de Jesús. Él vino a confrontarnos, pero no para nuestra destrucción, sino para sanarnos, darnos vida y libertad. Él no vino a condenarnos, vino a transformarnos.

 

 

REFLEXIÓN

¿QUÉ ESTOY TOLERANDO QUE ME ESTÁ DAÑANDO?
Jesús no toleró lo que estaba mal, sino que lo enfrentó. Cuando somos confrontados, hay algo que nos incomoda y no nos gusta. Cuando alguien nos confronta, pensamos que no hay amor. Pero el problema es que confundimos amor con permisividad.

 

¿ME RODEO DE PERSONAS QUE ME CONFRONTEN POR AMOR?
Muchas veces nos rodeamos de personas que nos aprueban, nos celebran, nos aplauden todo lo que hacemos y aun lo que nos hace mal. Pero si nadie nos confronta, no es que estemos bien, sino que estamos rodeados de amor secreto u oculto.

 

¿ENTIENDO QUE JESÚS ME CONFRONTA PORQUE ME AMA?
Esto es amor real. Jesús nos ama, pero confronta el pecado. Él nos ama, pero también nos transforma. Jesús no suaviza, no disfraza, sino que expone el corazón Él llama a lo que está mal, mal, y a lo que es pecado, pecado.