«Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.» Hebreos 4:14-16 NVI

 

 

Todos hemos vivido momentos de desconfianza: un amigo que promete llamar y no lo hace, una pizza que llega con aceitunas aunque pedimos lo contrario, la bicicleta sin candado que vigilamos sin parar, o el niño que ignora la advertencia y mete los dedos en el enchufe.

Así como en estas situaciones dudamos o nos cuidamos, a veces también lo hacemos con Dios. Sin embargo, Él nos llama a algo diferente: a confiar plenamente en Él.

HAY UNA INVITACIÓN ESPECIAL DE PARTE DE DIOS: ACERCARNOS CONFIADAMENTE A ÉL.

Antes de la venida de Jesús, para encontrarse con Dios era necesario entrar al Lugar Santísimo, primero en el tabernáculo y luego en el templo de Jerusalén.

Solo el sumo sacerdote podía entrar allí, una vez al año, después de realizar sacrificios de expiación y cumplir con todo lo requerido. Si entraba con pecado o sin cumplir el ritual, moría en el acto. La santidad de Dios era tan pura que las personas se mantenía a distancia por temor.

CON LA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS, TODO CAMBIÓ.

El sacrificio perfecto de Jesús abrió un camino nuevo hacia la presencia de Dios, y el velo que separaba el Lugar Santísimo se rasgó, simbolizando el fin de la antigua manera de acercarse a Él.

La Biblia ahora nos presenta otra imagen: el Trono de la Gracia (Hebreos 4.16). En tiempos antiguos, acercarse a un rey sin invitación podía costar la vida, pero ahora, gracias a Cristo, podemos acercarnos al Rey, creador de los cielos y la tierra a recibir misericordia en lugar de juicio.

JESÚS QUITA LAS BARRERAS.

«Y Jesús, dando otra vez un fuerte grito, entregó el espíritu. En ese momento, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se partieron.» Mateo 27:50-51 NVI

Antes, el pecado era la gran barrera que nos separaba de Dios. El velo representaba esa separación. Con Su muerte, Jesús derribó esa barrera y nos dio libre acceso, sin intermediarios humanos. Hebreos nos recuerda que Él fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado, y por eso puede compadecerse de nuestras debilidades. Ya no hay muros, excusas ni obstáculos que nos separen de Él.

Jesús es el camino, la verdad y la vida como dice Juan 14.6 y en Él tenemos plena libertad para entrar en la presencia de Dios (Hebreos 10:19-20), podemos acercarnos directamente a Dios, y la forma en que lo hacemos es a través de la oración.

Y la oración no es un ritual ni palabras lindas, sino una conversación sincera y directa con Dios. El poder no está en la oración en sí, sino en Aquel a quien oramos. Como recuerda Hebreos 4:13, Dios conoce todo de nosotros y aun así nos invita a acercarnos sin miedo. Él quiere escucharnos, responder y acompañarnos.

Orar es expresar amor y adoración, dar gracias por su fidelidad, pedir ayuda y guía, pedir perdón y confiar en Él incluso cuando no entendemos el proceso. También es interceder por otros (Filipenses 4:6-7).

Dios escucha y responde nuestras oraciones. A veces lo hace con milagros, interviniendo de manera sobrenatural y sorprendiendo con Su poder.

OTRAS VECES, LA RESPUESTA NO ES INMEDIATA NI COMO ESPERAMOS, PORQUE EL DIOS DEL MILAGRO TAMBIÉN ES EL DIOS DEL PROCESO.

Él nos acompaña, nos fortalece, nos enseña y nos prepara para lo que viene.

Hoy nos acercamos a Dios con fe y confianza, sabiendo que tenemos acceso directo a Su presencia. Confiamos en que Él nos sostiene, nos responde y nos acompaña tanto en el milagro como en el proceso.

 

 


REFLEXIÓN

¿CUÁL ES MI EXCUSA PARA NO ACERCARME A DIOS?

Muchas veces el miedo, la desconfianza o las excusas nos ponen barreras, pero Jesús ya quitó todo eso. Ahora nada nos separa de Su presencia. Dios está siempre disponible, listo para escucharnos en cualquier momento a través de la oración. Nos espera con los brazos abiertos, solo tenemos que animarnos a acercarnos con un corazón sincero.

 

¿HABLO CON DIOS DE MANERA SINCERA?

Quizá pasó tiempo desde que hablamos con Dios sin filtros, sin tratar de decir lo que «suena bien» o lo que creemos que Él quiere oír. La confianza verdadera es abrirle el corazón tal como está: roto, cansado, agradecido o ilusionado. Hebreos nos recuerda que Jesús entiende nuestras debilidades y por eso podemos acercarnos sin temor. Él no solo quiere oírnos, quiere respondernos, guiarnos y sostenernos.

 

¿CONFÍO EN QUE DIOS ESTÁ EN EL MILAGRO Y EN EL PROCESO?

Confiar en Dios no es solo creer que Él puede hacer algo extraordinario de un momento a otro, sino también reconocer que Él obra en lo invisible, en lo cotidiano y en lo que lleva tiempo. El Dios que abre mares y resucita muertos es el mismo que fortalece en medio de una espera larga. EL DIOS DEL MILAGRO TAMBIÉN ES EL DIOS DEL PROCESO. En ambos, Su amor, poder y fidelidad están activos, moldeando nuestro corazón y acercándonos más a Él.