Cuantas personas ven a Dios como quién los espera para recordarles todos sus pecados y castigarlos por ello.
Es curioso como nuestra historia de vida muchas veces condiciona el concepto que tenemos de Dios y esto nos hace tomar distancia de Él.
Sin embargo, Jesús se acercó y fue intencional en comenzar una conversación con la mujer samaritana, no con el fin de juzgarla por su condición de vida, sino para saciar su necesidad.
«… Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.» Juan 4.10
Todos nosotros llegamos a Dios en la misma condición, como pecadores, necesitados de Dios.
A fin de cuentas el pecado no es más que la evidencia de la carencia que tenemos de Dios. Es el resultado de la ausencia de Él en nuestras vidas.
Pero no nos damos cuenta que le necesitamos hasta que nos encontramos con Jesús. Mientras tanto vivimos nuestras vidas intentando llenar ese vacío con lo que se nos presenta, relaciones, trabajo, malos hábitos, adicciones, pero lo único que conseguimos es añadir a nuestras vidas más dolor y quebranto. Porque el pecado solo obtiene como resultado la muerte. (Romanos 6.23)
Pero como Jesús fue intencional con la mujer samaritana, así lo es con nosotros. Se nos presenta para saciar la necesidad de nuestras almas, esa que solo él puede suplir. La necesidad de salvación. Porque es Dios quien nos busca insistentemente para darnos a conocer su amor.
«Si el Señor no me hubiera brindado su ayuda, muy pronto me habría quedado en mortal silencio…» Salmos 94:17-19
Cuando por fin entendemos que Dios es el único que puede saciar la necesidad de nuestras almas y llevarnos a vivir una vida plena en Él, necesitamos rendir nuestro corazón por completo.
Si seguimos reservando ciertas áreas de nuestras vidas y no cedemos el control a Dios, nunca vamos a experimentar todo lo que él puede hacer en nosotros.
Jesús entregó su vida en la cruz para salvar la nuestra, y resucitó para que vivamos con Él. (Efesios 2:4-10) El precio que Jesús pagó para que vivamos en plenitud y abundancia, para encontrar libertad y descubrir nuestro propósito; fue demasiado alto como para que nos conformemos a vivir una vida limitada. Él nos acepta como estamos, pero nos ama demasiado como para dejarnos en esa condición. (Romanos 12:2)
A través de la lectura de la palabra, la oración y la comunión con la iglesia es que vamos a poder experimentar la obra de Dios en nosotros y todo lo que Él tiene para nuestras vidas. (Salmos 119.105 / (Filipenses 4.6-7 / (Santiago 5.16 / 1 Juan 1.9)
Jesús no sólo es suficiente para saciar nuestra necesidad personal, cuando descubrimos esto comprendemos que lo que Dios hace en nosotros es para bendecir también a otros a través nuestro. Su salvación nos convierte en fuentes de vida eterna, para todo aquel que aun esta sediento de vida, paz y esperanza. (Juan 4.14)
Rendirnos a Jesús también es compartir su vida con otros. El Amor de Dios es extendido aquellos que aún no le conocen, a nuestro entorno, a nuestra familia, por medio nuestro.
NO HAY CONDICIÓN PARA LLEGAR A JESÚS, LA INVITACIÓN ES PARA TODOS AQUELLOS QUE TIENEN SED.
«… Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva…» Juan 7:37-39
REFLEXIÓN:
¿ESTOY RECONOCIENDO MI NECESIDAD DE DIOS?
Todos nosotros llegamos a Jesús con la misma necesidad de salvación que solo Él puede saciar. Reconocerlo es fundamental para acercarnos a Jesús.
¿ESTOY RINDIENDO MI CORAZÓN A DIOS POR COMPLETO?
Muchas veces seguimos a Jesús pero nos reservamos áreas restringidas en nuestras vidas. Ceder el control total a Dios nos lleva experimentar lo que solo Él puede hacer.
¿ESTOY COMPARTIENDO VIDA ETERNA CON OTROS?
Jesús no solo sacia nuestra sed, sino que nos convierte en fuentes de vida eterna para aquellos que aún viven sedientos sin conocerle.