«Mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, pero no apresurarse para hablar ni para enojarse; pues el enojo de una persona no produce la vida justa que Dios quiere. Por esto, despójense de toda inmoralidad y de la maldad que tanto abunda, para que puedan recibir con humildad la palabra sembrada en ustedes, la cual tiene poder para salvarles. No se contenten solo con oír la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la palabra, pero no la pone en práctica, es como el que se mira el rostro en un espejo y después de mirarse, se va y se olvida enseguida de cómo es. Pero quien se fija atentamente en la ley perfecta que da libertad y persevera en ella, no olvidando lo que ha oído, sino haciéndolo, recibirá bendición al practicarla.» Santiago 1:19-25
Hay una frase que muchos hemos escuchado en algún momento, y es la de «el que se enoja, pierde». Y es que todos alguna vez hemos dicho algo o tomamos decisiones estando enojados, pero esta frase es más profunda de lo que imaginamos.
Porque el problema no es enojarnos, sino lo que hacemos cuando nos enojamos. Hay decisiones que se toman en minutos, pero luego pagamos sus consecuencias durante años. Muchos de nuestros peores errores los cometemos estando enojados. Y lo más peligroso de ese momento, es que sentimos que teníamos razón.
EL PROBLEMA NO ES ENOJARSE, SINO DEJAR QUE EL ENOJO CONTROLE NUESTRAS VIDAS.
Efesios 4:26-27 «Si se enojan, no pequen». No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol ni den cabida al diablo.»
Cuando el enojo es el que decide por nosotros, estamos en un problema. Porque cuando el enojo nos controla, terminamos perdiendo. Perdemos claridad, relaciones, oportunidades y autoridad, porque dejamos de ser creíbles en cuanto al carácter y persona.
Dejamos de pensar con claridad cuando el enojo manda. No solo reaccionamos de mala manera, sino que terminamos tomando malas decisiones. Porque el enojo es una reacción impulsiva donde nos dejamos llevar por emociones o impulsos sin reflexionar ni pensar en las consecuencias de nuestros actos.
El enojo surge porque alguien no hace lo que le decimos, porque no cumple con lo que esperamos, cuando sentimos que alguien nos está faltando el respeto o cuando algo rompe con lo que nosotros creíamos que era correcto y justo. Y es que el enojo es la reacción emocional cuando la realidad no es lo que esperábamos.
En la Biblia vemos que Moisés venía lidiando con el pueblo de Israel, que no paraba de quejarse por todo. El pueblo se queja con Moisés porque no tenían agua para beber y por eso tenían sed. Ante esta situación, Moisés clama a Dios y Él le dice que le dé un golpe a una roca con su vara, y de ella brotaría agua para que todo el pueblo bebiese (Éxodo 17:1-7).
Cuando no hay un corazón correcto, la queja está presente. Las situaciones que se repiten nos terminan cansando. Y cuando nos cansamos, dejamos de prestar atención. En otra oportunidad, el pueblo de Israel se vuelve a quejar con Moisés porque tenían sed de nuevo. Dios le dice a Moisés que le ordene a la roca que dé agua.
En otra oportunidad, el pueblo de Israel se vuelve a quejar con Moisés porque tenían sed de nuevo. Dios le dice a Moisés que le ordene a la roca que dé agua. Pero esta vez, por su enojo, Moisés actuó sin pensar y de manera impulsiva. Estando enojado, no le habló a la roca, sino que habló al pueblo con dureza, llamándolos «rebeldes». Moisés golpeó la roca dos veces cuando solamente debía ordenarle que diera agua. Pero, a pesar de que Moisés se equivoca, Dios igual da agua (Números 20:1-13).
Cuando hay enojo en nuestra vida, no solo reaccionamos mal, sino que desobedecemos. Moisés actúa desde su frustración. Fue impulsivo y no obedeció lo que Dios le había dicho. En Números 20:12, Dios le dice tanto a Moisés como a Aarón que, por no haber confiado en Él ni por haberlo representado como quien es Él, quedarían fuera de la tierra prometida.
En otras palabras, el enojo de ellos los llevó a mostrar a Dios como intolerante, duro y severo cuando Dios ya les había dicho que Él es compasivo, misericorDioso, lento para la ira y grande en amor, y que es fiel.
Éxodo 34:6-7 «pasando delante de él, proclamó: —El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y misericorDioso, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después y que perdona la maldad, la rebelión y el pecado; pero no tendrá por inocente al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación.»
Su enojo los llevó a no confiar lo suficiente como para hacer lo que Dios les había mandado. No creyeron que Dios tenía el control ni que sabía lo que estaba haciendo. El enojo nos lleva a actuar por cuenta propia. Cuando reaccionamos desde lo humano, con enojo, fastidio, impulso o querer hacer justicia por mano propia, terminamos estorbando a Dios.
EL ENOJO NOS HACE REACCIONAR MAL Y NOS PUEDE DEJAR FUERA DE LO QUE DIOS TENÍA PREPARADO PARA NOSOTROS.
Por años Moisés había caminado con el pueblo, pero un error lo llevó a perderlo todo. Olvidamos que obediencia no es hacer lo que queremos, sino que es poner nuestra opinión y voluntad a un costado para hacer y cumplir la voluntad de quien manda.
1 Samuel 15:22 «Samuel respondió: «¿Qué agrada más al SEÑOR: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más que el sacrificio, y prestar atención, más que la grasa de carneros.»
Obedecer y hacer lo que Dios nos dice vale más que cualquier acto religioso. Podemos ir a la iglesia, cantar, orar, servir y hacer un montón de cosas para Dios. Pero si no obedecemos, no sirve de nada. Dios no busca que hagamos cosas para Él, sino que busca que hagamos lo que Él nos dice. Dios busca corazones que le crean y confíen en quien es Él (Salmos 51:16-17).
NO ES QUE DIOS NO HABLE, ES QUE MUCHAS VECES NO ESTAMOS DISPUESTOS A ESCUCHAR.
El enojo busca tener siempre la razón. Como queremos tener la razón, dejamos de escuchar porque queremos hablar y decir lo que pensamos. Escuchar no es solo percibir sonidos, sino que es prestar atención a lo que se oye, hacer caso y atender.
Muchos han escuchado lo que Dios dice, pero no prestan atención. Porque escuchar a Dios implica cambiar, y no queremos hacerlo. Dios siempre ha buscado la manera de poder hablarnos, y lo sigue buscando (Hebreos 1:1-2).
Dios no es lejano. Él busca por todos los medios llegar a nuestra vida. Dios no hace silencio ni toma distancia. Muchas veces no escuchamos a Dios porque estamos hablando nosotros, porque es más fuerte nuestra opinión, pensamiento o razón.
Un corazón enojado no escucha bien, porque el enojo provoca ruido interno y no nos deja escuchar a Dios. Porque más que escuchar o entender, lo que nosotros queremos es decir lo que pensamos, lo que sentimos y queremos nosotros tener la razón.
Pero hay una acción que nos toca a nosotros. Santiago 1:21 nos habla de despojarnos, renunciar y quitar todo lo que va en contra de la verdad y de lo que es correcto. Para poder recibir la palabra implantada y sembrada en nuestros corazones.
Ezequiel 36:26-27 nos habla de que Dios transformará nuestro corazón de piedra, que es duro, enojado y cerrado, por uno de carne, que es sensible, humilde y receptivo. El enojo nos lleva a defender nuestras posiciones, pero un corazón humilde nos lleva a rendirnos y a vivir por su Palabra.
NECESITAMOS TENER UN CORAZÓN HUMILDE PARA RECIBIR LA PALABRA DE DIOS.
Debemos tener un corazón dispuesto a confiar en Él, que se deja enseñar, corregir y ser cambiado por Dios. Humildad es reconocer que necesito a Dios, pero el enojo surge de la soberbia y del orgullo (Salmos 138:6).
Un corazón humilde es alguien que escucha sin defenderse, acepta la corrección, no se justifica, no cree que ya lo sabe todo y no se resiste cuando Dios habla. El enojo y la humildad no pueden convivir ni pueden gobernar al mismo tiempo. Porque el enojo busca tener la razón, y la humildad reconoce que Dios tiene el control (Proverbios 16:18-20).
Sin humildad, la palabra de Dios no tiene lugar en nuestros corazones. Recibir la Palabra con humildad es dejar de discutir con Dios y reconocer que Él es soberano. Eso nos lleva a obedecer, a confiar en Él y reconocer que Dios sabe cómo hacer las cosas. Humildad no es debilidad, es tener un corazón abierto para que Dios nos cambie, nos guíe y nos enseñe (Salmos 32:8-10).
Nosotros queremos tener el control y queremos saber lo que está por delante para tomar las mejores decisiones y tener buenos resultados. Pero Dios sabe y quiere guiarnos, porque no es cuestión de suerte.
El error de Moisés fue que no confió en la palabra de Dios. Ella no es solo palabras, ni ideas, ni filosofías, ni pensamientos o teorías. Jesús dijo que, cuando su palabra encuentra lugar en nuestros corazones, da vida (Mateo 4:4).
Su palabra tiene poder para transformar nuestras vidas, para salvarnos, sanarnos y guiarnos. Pero nuestro corazón es engañoso y busca determinar el rumbo de nuestra vida (Proverbios 4:20-23; Jeremías 17:9).
EL PROBLEMA ES QUE SABEMOS LO QUE HAY QUE HACER, PERO NO LO HACEMOS.
Dios nos ha dejado sus palabras por escrito para que no haya dudas de lo que Él dice. Pero dejamos que nuestros impulsos nos controlen, y hacemos lo que sentimos, pero no lo que Dios dice. Lo que nuestro corazón dice no es la voz de Dios, por más paz que nos dé (Jeremías 17:9).
Muchas veces nos encontramos viviendo cosas que no queremos, y nos preguntamos cómo es que llegamos a ese punto. Y es porque dejamos que nuestro corazón tome decisiones. Es que no alcanza con oír lo que Dios nos dice. Necesitamos poner en práctica lo que Dios nos habla.
«Poner en práctica» es que apliquemos lo que Dios nos habla, que no quede solo en palabras o teorías. En una oportunidad, Jesús le habla a las multitudes y les dice que todo aquel que oye sus palabras pero no las pone en práctica se parece a un hombre que construyó una casa sobre tierra sin cimientos, y tan pronto como un torrente golpeó en la casa, esta se derrumbó por completo (Lucas 6:46-49).
Obedecer a Dios no significa que no vamos a atravesar dificultades, pero la diferencia se verá en el momento de los problemas. Muchos se llenan la boca diciendo «Señor» a Jesús, pero viven su vida a su manera. Y es que no alcanza con oír o saber. Necesitamos escuchar y obedecer.
Podemos ir un domingo a la iglesia y escuchar la Palabra, podemos tomar notas, leer la Biblia y memorizar los versículos, pero en la semana hacemos lo que queremos. Queremos ver resultados, pero sin obedecer. El domingo termina y ya olvidamos lo que Dios nos habló, volviendo a quejarnos y enojarnos.
Muchos oyen, pero no prestan atención y se olvidan. En cada charla personal que damos en VIVILO iglesia se basan en recordar lo que Dios nos habló el domingo para tener presente lo que Dios nos habla por medio de su palabra.
LA PALABRA DE DIOS NOS CONFRONTA Y NOS LLEVA A TOMAR DECISIONES.
Santiago 1:23-25 dice que la palabra es como un espejo porque nos hace ver cómo estamos en verdad. Aunque muchos se ven, luego se olvidan de ello. La palabra nos confronta, y esa confrontación requiere que tomemos decisiones. Lo que Dios busca es que fijemos nuestra atención en lo que Él nos dice y que perseveremos, nos mantengamos firmes y constantes en lo que creemos.
Obedecer es hacer lo que Dios dice, aunque lo que nos pida sea una locura o no lo entendamos. Amar a nuestros enemigos, perdonar incluso cuando no nos pidan perdón ni se lo merezcan. Dar aunque no nos sobre, porque es mejor dar que recibir. Servir aunque no lo reconozcan y callar cuando queremos responder. Esperar cuando queremos resolver ahora, confiar cuando no vemos nada con claridad. Humillarnos cuando queremos tener la razón. Soltar lo que nos está haciendo daño. Bendecir a los que nos lastiman. Obedecer aunque cueste. Negarnos a nosotros mismos y poner a Dios primero.
La fe no se demuestra con lo que oímos o con lo que sabemos, sino con cómo respondemos a lo que Dios nos dice y cómo lo ponemos en práctica. Es confiar en lo que Dios nos dice para ver resultados. Es necesario poner en práctica lo que Dios nos habla. Ser hacedores y no tan solo oidores.
El problema no es que nos enojemos, sino cuando el enojo decide por nosotros. El problema es que muchas veces estamos más ocupados defendiendo nuestra posición que escuchando su voz. Y cuando dejamos de escuchar, no solo es fácil equivocarnos, sino que terminamos perdiendo lo que Dios tiene preparado para nosotros.
Hoy tomamos la decisión de escuchar la voz de Dios y obedecerle. Ponemos en práctica su palabra, creyendo que en sus palabras vamos a encontrar todo lo que necesitamos.
REFLEXIÓN
¿REACCIONO DESDE EL ENOJO O RESPONDO EN OBEDIENCIA?
El enojo busca tener siempre la razón. Como queremos tener la razón, dejamos de escuchar porque queremos hablar y decir lo que pensamos. Escuchar no es solo percibir sonidos, sino que es prestar atención a lo que se oye, hacer caso y atender. Dios no es lejano. Él busca por todos los medios llegar a nuestra vida. Dios no hace silencio ni toma distancia. Muchas veces no escuchamos a Dios porque estamos hablando nosotros, porque es más fuerte nuestra opinión, pensamiento o razón.
¿ESTOY ESCUCHANDO A DIOS CON UN CORAZÓN HUMILDE?
Un corazón humilde es alguien que escucha sin defenderse, acepta la corrección, no se justifica, no cree que ya lo sabe todo y no se resiste cuando Dios habla. El enojo y la humildad no pueden convivir ni pueden gobernar al mismo tiempo. Porque el enojo busca tener la razón, y la humildad reconoce que Dios tiene el control (Proverbios 16:18-20).
¿ESTOY PONIENDO EN PRÁCTICA LA PALABRA DE DIOS?
La fe no se demuestra con lo que oímos o con lo que sabemos, sino con cómo respondemos a lo que Dios nos dice y cómo lo ponemos en práctica. Es confiar en lo que Dios nos dice para ver resultados. Es necesario poner en práctica lo que Dios nos habla. Ser hacedores y no tan solo oidores.