DISPUESTOS


«El SEÑOR dice: «Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir; yo te daré consejos y velaré por ti. No seas como el mulo o el caballo, que no tienen discernimiento, y cuyo brío hay que domar con brida y freno para acercarlos a ti». Muchos son los sufrimientos de los malvados, pero el gran amor del SEÑOR envuelve a los que en él confían.» Salmos 32:8-10


Muchas veces hemos hablado sin pensar y dijimos lo primero que se nos viene a la cabeza. Y, en el momento que lo hicimos, nos preguntamos el porqué hablamos, porque no fue como esperábamos y la persona no se lo tomó bien.

Esto ha hecho que pensemos varias veces antes de hablar. Y más hoy en día, que pareciera que no se le puede decir nada a nadie. Vivimos con un nivel de susceptibilidad y fragilidad muy alto, donde lo normal es que todo ofenda y todo se tome para mal con facilidad.

Hay que tener mucho cuidado de lo que decimos, cómo lo decimos, cuándo lo decimos y dónde lo decimos. Y por miedo a ofender o a que una relación se rompa, terminamos evitando o postergando conversaciones que son muy necesarias.

TODOS TENEMOS NUESTRA OPINIÓN.

Preferimos callar porque la verdad incomoda, ofende y confronta. Porque en nuestra cultura estamos todo el tiempo mirando lo que hace el otro, opinando y juzgando.

Santiago 3 dice que todos ofendemos muchas veces, porque nos hacemos maestros y nos sentimos superiores. Pero aquel que es capaz de refrenar su lengua, va a tener el poder de controlar todo su ser.

Santiago 3:1-2 «Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad. Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de dominar todo su cuerpo.»

Pero no nos aguantamos las ganas de opinar. Es fácil opinar de los demás y hasta divertido… hasta que otros opinan sobre nosotros. Es fácil decir lo que otros tienen que corregir o cambiar. Pero Jesús nos llama a examinarnos a nosotros primero.

Mateo 7:1-6 «No juzguen para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes. »¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando ahí tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano. »No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen; ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen.»

Esto no significa que no podamos decir nada a nadie, que debamos callar ante todo lo que vemos o que cada quien viva como quiera. Jesús, al hablar de la astilla en el ojo ajeno y de la viga en el propio, cuestiona cómo pretendemos corregir al otro mientras ignoramos lo que hay en nosotros.

No podemos ayudar a nadie sin examinarnos primero con humildad. El pasaje no prohíbe quitar la astilla del ojo del hermano, sino que exige sacar antes la viga del nuestro. Solo así se cumple la ley de Cristo: sirviendo y dando la vida por los demás.

Gálatas 6:1-2 «Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas y así cumplirán la ley de Cristo.»

Olvidamos lo que dice Mateo 7:2, que la medida que usamos con los otros es la medida que van a usar con nosotros. Opinamos, juzgamos y ponemos la atención en lo que los demás hacen.

Somos duros y crueles con los demás, cuando lo primero que necesitamos hacer es ver cómo estamos nosotros y cuál es nuestra condición.

Muchas veremos que somos hipócritas y fingimos algo que no somos. Nos mostramos como si no tuviéramos nada que resolver, y encima queremos corregir a otros cuando estamos igual o peor.

No tenemos que tener resuelta toda nuestra vida para ayudar, pero sí tenemos que reconocer que también necesitamos la gracia y la corrección de Dios. Reconocer que necesitamos recibir nosotros también la corrección que queremos aún dar a otros.

NECESITAMOS MANTENER UN CORAZÓN ABIERTO, QUE ESTÁ DISPUESTO A ESCUCHAR, RECONOCER Y CAMBIAR.

En 2 Samuel nos relata la historia del rey David que, en vez de salir a la guerra como lo hacían los reyes, se quedó en su palacio. Una tarde, al levantarse de la cama, vio a una mujer hermosa, llamada Betsabé, y preguntando quién era, la tomó para sí, aun sabiendo que era la esposa de Urías.

Al enterarse de que la había dejado embarazada, David buscó cómo esconder su error. Urías estaba en el campo de batalla, y David intentó convencerlo de que se acueste con su mujer. Pero al no poder hacerlo, lo manda a morir a la guerra, dándole cartas a los generales del ejército pidiendo que lo manden en la primera línea y lo dejen solo.

Muchas veces pensamos, como dice el dicho, «ojos que no ven, corazón que no siente». Pero olvidamos que nada queda oculto para siempre. En 2 Samuel 12:1-25, vemos que Dios manda al profeta Natán para hablar con David.

El profeta Natán confronta al rey David mediante una historia. Le cuenta sobre un hombre rico con mucho ganado que, en lugar de usar sus propios animales, le robó la única oveja a un hombre pobre para alimentar a una visita.

David se indignó al escuchar el grave error de aquel hombre. Tan grande fue su enojo que dijo que merecía morir. Y es que es fácil indignarnos por el pecado ajeno, pero cuánto nos cuesta reconocer el nuestro.

Para David fue muy fácil juzgar el error ajeno, antes de reconocer su propio error. Él había intentado esconder su pecado, y esto es lo que todos nosotros hacemos. Intentamos esconder nuestros trapitos sucios por miedo al qué dirán y al ser juzgados.

Pero sin darnos cuenta, nos estamos cavando nuestra propia tumba, porque ocultar nuestro pecado nos impide alcanzar misericordia y perdón. David intentó ocultarlo y sus huesos, su cuerpo mismo sufrió.

Proverbios 28:13 «Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, alcanza la misericordia.»

Salmos 32:3-5 «Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al SEÑOR». Y tú perdonaste la culpa de mi pecado.»

Luego de ser confrontado por el profeta, David reconoce que ha pecado contra el Señor. En esa respuesta no hay una excusa, sino un reconocimiento. David había intentado esconder su pecado, pero ahora lo estaba confesando.

UN CORAZÓN ABIERTO SE ARREPIENTE AL SER CONFRONTADO.

A diferencia de nuestra propia justicia, o de la reacción de David, quien lleno de ira declaró que aquel hombre merecía morir, Dios demostró su amor por nosotros siendo aún pecadores.

Romanos 5:6-8 «A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los impíos. Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.»

Muchas veces tomamos la actitud de mantenernos lejos de Dios y de escondernos de Él. Pero David, al ser confrontado con su pecado, se arrepiente. Y es que necesitamos mantener un corazón abierto, que está dispuesto a escuchar, reconocer y cambiar.

Ser accesibles es dar lugar a que nos ayuden a ver lo que nos cuesta reconocer. No ocultamos nuestros errores, sino que los reconocemos porque sabemos que hay gracia de Dios para perdón de pecados.

Pero no basta con escuchar una corrección y reconocer que es cierta, sino que tenemos que estar dispuestos a cambiar. En Mateo 7:6, Jesús nos enseña a saber discernir. Nos dice que no demos lo sagrado a los perros, y que no echemos las perlas a los cerdos.

Tratar de corregir a alguien que no quiere es pérdida de tiempo. Porque intentar ayudar o corregir a alguien que no tiene el corazón abierto solo va a provocar más daño.

Porque cuando el corazón no es enseñable y no está abierto a la corrección, va a tomar una postura de defensa… y terminará siendo como el mulo o caballo, que no tienen discernimiento, que no distinguen y no ven lo que aún está a simple vista.

Salmos 32:8-10 «El SEÑOR dice: «Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir; yo te daré consejos y velaré por ti. No seas como el mulo o el caballo, que no tienen discernimiento, y cuyo brío hay que domar con brida y freno para acercarlos a ti». Muchos son los sufrimientos de los malvados, pero el gran amor del SEÑOR envuelve a los que en él confían.»

Proverbios 9:7-9 nos dice que querer corregir al arrogante va a hacer que nos termine odiando.  Nos muestra que la corrección puede recibir respuestas muy diferentes; el insolente la rechaza, pero el sabio la aprovecha para aprender.

Nosotros mismos muchas veces levantamos una barrera para que nadie se acerque. Y es que no es solo soledad, porque ella no es una circunstancia, sino una decisión. Preferimos caminar solos o rodearnos solamente de personas que nos adulen, para que nadie tenga acceso a nosotros (Proverbios 28:23).

David escribe el Salmo 51 como una oración a Dios de arrepentimiento tras ser confrontado su pecado. Lo que Dios busca en nosotros es un corazón abierto, que está dispuesto a escuchar, reconocer y cambiar para que podamos encontrar el perdón que Él quiere darnos.

Salmo 51:17 «El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.»

 

 

REFLEXIÓN

¿ESTOY DISPUESTO A EXAMINARME A MÍ MISMO?
Pero no nos aguantamos las ganas de opinar. Es fácil opinar de los demás y hasta divertido… hasta que otros opinan sobre nosotros. Es fácil decir lo que otros tienen que corregir o cambiar. Pero Jesús nos llama a examinarnos a nosotros primero.


¿CÓMO REACCIONO FRENTE A LA CORRECCIÓN?
Muchas veces tomamos la actitud de mantenernos lejos de Dios y de escondernos de Él. Pero David, al ser confrontado con su pecado, se arrepiente. Y es que necesitamos mantener un corazón abierto, que está dispuesto a escuchar, reconocer y cambiar.


¿TENGO UN CORAZÓN DISPUESTO A ESCUCHAR, RECONOCER Y CAMBIAR?
Ser accesibles es dar lugar a que nos ayuden a ver lo que nos cuesta reconocer. No ocultamos nuestros errores, sino que los reconocemos porque sabemos que hay gracia de Dios para perdón de pecados.