APRENDER | Serie Discípulos #2


// LA OBEDIENCIA A JESÚS DEMANDA HUMILDAD, RECONOCER QUE NO LO SABEMOS TODO Y QUE NECESITAMOS DE SU GUÍA

«¿Por qué me llaman ustedes “Señor, Señor”, y no hacen lo que les digo? Voy a decirles a quién se parece todo el que viene a mí, oye mis palabras y las pone en práctica: Se parece a un hombre que al construir una casa cavó bien hondo y puso el cimiento sobre la roca. De manera que cuando vino una inundación, el torrente azotó aquella casa, pero no pudo ni siquiera hacerla tambalear porque estaba bien construida. Pero el que oye mis palabras y no las pone en práctica se parece a un hombre que construyó una casa sobre tierra y sin cimientos. Tan pronto como la azotó el torrente, la casa se derrumbó y el desastre fue terrible».

// Lucas 6:46-49

 

Todos alguna vez supimos perfectamente lo que teníamos que hacer, pero hicimos todo lo contrario. Y no por ignorancia o porque nadie nos lo haya dicho, sino porque decidimos hacerlo a nuestra manera.

Existe una frase de que «las reglas se hicieron para romperse», y muchos hemos abrazado este concepto, y es por eso que sentimos que las reglas nos limitan.

Hemos aprendido a vivir de esta manera porque sentimos que las instrucciones limitan nuestra creatividad, roban nuestra libertad, nos impiden hacer lo que queremos porque solo los tontos necesitan consejo.

Cuando nos dicen algo que no nos gusta, hacemos oídos sordos porque nos ofendemos y sentimos que se meten en nuestros asuntos.

Ignoramos intencionalmente algo que sabemos que tenemos que hacer, y esto mismo lo hacemos con Dios. Sabemos lo que Dios dice y lo que Él enseña, pero preferimos hacerlo a nuestra manera.

Todos llegamos a Jesús al ver que nuestras formas, decisiones, esfuerzos y deseos no nos dieron buenos resultados.

Pero un día, nos acercamos a Él y lo aceptamos como nuestro Salvador y reconocimos que necesitábamos de Él, entregándole nuestra vida y corazón.

LLAMAR «SEÑOR» A JESÚS HABLA DE RECONOCER QUE ÉL TIENE AUTORIDAD SOBRE NUESTRA VIDA Y QUE ÉL ES QUIEN NOS DIRIGE.

En Lucas 6:46, Jesús pregunta por qué lo llaman «Señor» si no hacen lo que Él dice. Llamarlo Señor implica reconocer su autoridad sobre nosotros.

Sin embargo, muchas veces seguimos actuando a nuestra propia manera. Y ahí está nuestra contradicción. Porque decimos que Él dirige nuestra vida, pero queremos seguir tomando todas las decisiones sin escucharlo. Queremos ser nosotros quienes decidamos y controlemos nuestra vida.

Queremos su ayuda, pero que en ciertas áreas no se meta. Le decimos que lo necesitamos, pero queremos resolver todo a nuestra manera. Le decimos que no podemos, pero nos quejamos cuando nos pide algo que no nos gusta.

En Mateo 7:15-23, Jesús dice que a las personas se las conoce por sus frutos. Esos frutos no son más que nuestras decisiones, acciones y resultados. Porque al final, lo que hacemos es lo que verdaderamente muestra quiénes somos por dentro.

En ese mismo pasaje, vemos que muchos están convencidos de que sus obras o acciones demuestran que están bien con Jesús. Sin embargo, Él dice que jamás conoció a estas personas. Y no es que no supiera quiénes eran, sino que nunca los reconoció como suyos.

Podemos hacer muchas cosas que parezcan espirituales, pero que nuestra manera de vivir contradiga lo que el Señor nos dice. Porque podemos hablar de Dios, asistir a la iglesia, cantar las canciones, orar y aun así ignorar lo que Él nos está pidiendo.

Esto es una llamada de atención a una falsa seguridad, porque nos autoengañamos con que, por tener un comportamiento cristiano, estamos bien. Muchas veces nuestra vida diaria no demuestra esa fe que decimos tener.

Jesús no está hablando de alguien que se equivocó y quiere cambiar. Habla de aquellos que lo llaman «Señor», pero siguen viviendo en maldad, manteniéndose en el error y viviendo como si Él no fuera su Señor.

No alcanza con saber y escuchar. Tenemos que estar dispuestos a dejarnos enseñar, obedecer y poner en práctica lo que Jesús nos dice. Pero nosotros queremos que Él esté de acuerdo con nuestra manera de vivir y que me apruebe lo que queremos.

Para aprender, tenemos que dejar que Dios nos enseñe, nos corrija, nos guíe, y que sea nuestro Señor. Necesitamos estar dispuestos a poner en práctica lo que nos dice.

Sabemos lo que Dios nos pide, pero lo postergamos. Sabemos lo que tenemos que soltar, pero lo seguimos justificando. Sabemos lo que está mal, pero lo seguimos abrazando.

QUEREMOS RESULTADOS DIFERENTES EN NUESTRA VIDA, PERO SEGUIMOS REPITIENDO LAS MISMAS ACCIONES.

Buscamos resultados, pero no queremos cambiar. Queremos ser políticamente correctos, pero con un corazón incorrecto que está lejos de Dios (Marcos 7:6-8; Isaías 29:13).

Muchas veces nos acercamos a Jesús, pero no nos gusta lo que tiene para decirnos, tal como le pasó al joven rico. Le hizo una pregunta y escuchó su respuesta, pero no le gustó.

Marcos 10:17-23 «Cuando Jesús estaba ya para irse, un hombre llegó corriendo y se arrodilló delante de él. —Maestro bueno —le preguntó—, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? —¿Por qué me llamas bueno? —respondió Jesús—. Nadie es bueno sino solo Dios. Ya sabes los mandamientos: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”. —Maestro —dijo el hombre—, todo eso lo he cumplido desde que era joven. Jesús lo miró con amor y añadió: —Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Al oír esto, el hombre se desanimó y se fue triste porque tenía muchas riquezas. Jesús miró alrededor y comentó a sus discípulos: —¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios!»

Jesús lo miró con amor, pero el hombre se fue triste porque no quiso obedecer. Y a nosotros nos pasa lo mismo. Queremos oír la voz de Jesús, hasta que lo que nos pide implica soltar lo que no queremos dejar ir… y preferimos seguir como estamos.

Mateo 16:13-20 nos muestra que, en un momento, Jesús preguntó qué decían las personas sobre Él. Muchos aún no habían tenido esa revelación de que Jesús era el Hijo de Dios y el Mesías tan esperado.

No es solo saber lo que Jesús dice, sino estar dispuestos a hacer lo que Él nos diga. Porque aprender es estar dispuestos a cambiar nuestra manera de hacer las cosas y a obedecer. En Lucas 6:47, Jesús nos habla de tres acciones bien claras.

#1 VENIR. Habla de ir a Jesús y buscarlo, pero muchas veces hasta buscarlo es un problema.

#2 ESCUCHAR. Habla de tener un oído abierto y de estar atento a lo que Él nos dice.

#3 HACER. Muchas veces nos quedamos solamente en ir a Jesús y escucharlo, pero no hacemos nada. Sus palabras quedan en un buen mensaje, pero que no permitimos que transformen nuestra semana.

El objetivo de aprender no es solo saber más de Jesús, sino vivir como Él, poniendo en práctica lo que nos habla. Aprender es hacer lo que Jesús nos dice de forma continua y conforme a sus reglas.

Queremos poner nuestras propias reglas, pero para poder aprender, necesitamos ir a Jesús con un corazón humilde.

LA OBEDIENCIA A JESÚS DEMANDA HUMILDAD, RECONOCER QUE NO LO SABEMOS TODO Y  QUE NECESITAMOS DE SU GUÍA.

Necesitamos ir a Jesús con un corazón que escucha, que se deja enseñar y que pone en acción lo que oye. Tenemos que permitir que la Palabra de Dios comience a marcar todas las áreas de nuestra vida (Proverbios 11:2).

Que su Palabra determine nuestras acciones, relaciones, comportamiento, nuestra manera de trabajar, de responder, de hablar, de decidir y cuáles son nuestras prioridades. Obedecer a Jesús es estar dispuesto a que nos corrija y a cambiar lo que Él tenga que cambiar en nosotros.

No nos sirve de nada saber si lo que escuchamos no lo ponemos en acción, porque nos convertimos en oidores olvidadizos (Santiago 1:19-27).

Lo que Jesús nos enseña a través de la Biblia no son lindos consejos, teorías o filosofías de vida. Ni siquiera es lo que consideramos «correcto», porque aun lo que Jesús nos habla va en contra de la corriente de este mundo.

La Palabra tiene poder para salvar nuestras vidas porque es como un espejo que nos hace ver cómo estamos realmente. Cada mensaje que escuchamos los domingos nos habla, pero después arrancamos nuestra semana y no prestamos atención a lo que Dios nos habló.

No tomamos decisiones y seguimos igual, olvidando que la Palabra nos prepara y nos capacita para toda situación, nos da sabiduría y salvación a nuestra alma. Decimos que amamos a Jesús, pero el amor se demuestra obedeciendo lo que Él nos manda (Juan 14:21-24).

2 Timoteo 3:15-17 «Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra.»

Todos queremos resultados, pero ellos no son magia ni suerte. Lucas 6:46-49 nos recuerda que si vamos a Jesús, oímos sus palabras y las ponemos en práctica, vamos a tener grandes resultados.

Jesús no nos promete que no habrá inundaciones, tormentas y problemas que golpeen nuestra vida. Pero si nos asegura que nada podrá ni siquiera hacernos tambalear.

En Lucas 5:1-11 vemos que Pedro, al escuchar a Jesús decirle lo que tenía que hacer, obedeció sin dudar. Pedro obedeció a Jesús, no porque lo entendía todo, sino porque confiaba en Jesús y lo reconocía como su Señor.

Josué 1:6-9 «Sé fuerte y valiente, porque tú harás que este pueblo herede la tierra que les prometí a sus antepasados. Solo te pido que tengas mucho valor y firmeza para obedecer toda la ley que mi siervo Moisés te ordenó. No te apartes de ella para nada; solo así tendrás éxito dondequiera que vayas. Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito. Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el SEÑOR tu Dios te acompañará dondequiera que vayas».

Este es un pasaje conocido, pero muchas veces mal usado porque solo hacemos énfasis en ser fuertes y valientes. Pero Dios, lo que le estaba diciendo a Josué es que debía esforzarse en guardar todo lo que Él le había dicho.

En Deuteronomio 28:1-14 vemos la bendición y los resultados de la obediencia a Dios. Nos promete bendición en cada paso, sobre nuestra casa, nuestro trabajo y nuestros recursos.

Es una promesa de victoria frente a todo enemigo, cielos abiertos con provisión abundante, capacidad para bendecir a otros, crecimiento continuo y la identidad inconfundible de caminar como pueblo de Dios.

Deuteronomio 28:2 «Todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te acompañarán».

Pero todo se resume en el versículo dos, porque la bendición de Dios alcanza todas las áreas de nuestra vida, familia, trabajo, recursos, provisión, protección y futuro.

 

 

REFLEXIÓN

¿ESTOY DISPUESTO A APRENDER Y A DEJARME ENSEÑAR?
Para aprender, tenemos que dejar que Dios nos enseñe, nos corrija, nos guíe, y que sea nuestro Señor. Necesitamos estar dispuestos a poner en práctica lo que nos dice.


¿QUÉ ESTOY HACIENDO CON LO QUE DIOS ME HABLA?
No es solo saber lo que Jesús dice, sino estar dispuestos a hacer lo que Él nos diga. Porque aprender es estar dispuestos a cambiar nuestra manera de hacer las cosas y a obedecer.


¿ESTOY DISPUESTO A OBEDECER Y HACER LO QUE JESÚS ME DICE?
Tenemos que permitir que la Palabra de Dios comience a marcar todas las áreas de nuestra vida. No nos sirve de nada saber si lo que escuchamos no lo ponemos en acción, porque nos convertimos en oidores olvidadizos.