«Cuando terminó de lavarles los pies, se puso el manto y volvió a su lugar. Entonces les dijo: —¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Les aseguro que ningún siervo es más que su amo y ningún mensajero es más que el que lo envió. ¿Entienden esto? Dichosos serán si lo ponen en práctica.»
// Juan 13:12-17
Muchas veces usamos la frase «yo soy así» para explicar nuestra manera de ser. La decimos como si fuera una advertencia, e incluso podemos pensar que, si nos quieren, deberían aceptarnos como somos.
Antes de pensar si lo que hicimos estuvo bien o mal, ya nos estamos defendiendo. Nos cuesta reconocer una actitud, pero nos sale muy fácil justificarla.
SOMOS ORGULLOSOS.
Tenemos exceso de amor propio, donde nos creemos superiores a los demás. Tendemos a pensar que nuestra opinión, nuestra manera y nuestros intereses tienen que estar por encima de los demás. Y así tenemos una explicación para cada actitud.
Si hablamos mal, es porque somos sinceros. Si no escuchamos, es porque sabemos lo que hacemos. Si no pedimos perdón, es porque tenemos nuestras razones. Si no ayudamos, es porque eso no es nuestro problema.
Justificar nuestra manera de ser hace que cerremos la puerta a lo que necesitamos cambiar. Porque una cosa es reconocer cómo somos y otra es usar nuestra manera de ser para justificar nuestras acciones.
Aun sabiendo que necesitamos cambiar, nuestro orgullo nos lleva a justificarlo en vez de trabajar en nosotros. Y en lugar de ceder, no queremos reconocer que estamos equivocados.
Porque cambiar implica reconocer que no siempre tenemos la razón y que nuestra manera no siempre es la correcta. Eso nos cuesta y nos duele. No damos el brazo a torcer, sino que preferimos morir con la nuestra.
Nuestro orgullo nos lleva a defender aun aquellas actitudes que nos están haciendo mal. Y aun sabiendo que nos hacen mal, nos aferramos a nuestra posición.
El orgullo nos hace creer que estamos defendiendo nuestro lugar, y sin darnos cuenta podemos estar destruyendo nuestras relaciones.
Por morir con la nuestra, terminamos lastimando a los que tenemos cerca y perdemos amistades, familia y oportunidades. Porque antes de la caída está el orgullo.
Proverbios 16:18 «Tras el orgullo viene la destrucción; tras la altanería, el fracaso.»
Mientras nosotros solo buscamos defendernos y mirar por lo nuestro, Jesús, siendo el Maestro y Señor, tomó el lugar de servir a los demás.
Juan 13:1-5 «Se acercaba la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de abandonar este mundo para volver al Padre. Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Llegó la hora de la cena. El diablo ya había incitado a Judas Iscariote, hijo de Simón, para que traicionara a Jesús. Sabía Jesús que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio, y que había salido de Dios y a él volvía; así que se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.»
En aquel tiempo, las personas caminaban con sandalias por caminos llenos de polvo y los pies se ensuciaban. Cuando alguien llegaba a una casa, era habitual ofrecerle agua para que se los lavara.
Era una forma concreta de atender al que llegaba. Lavar los pies de otro era una tarea humilde de servicio que podía realizar un siervo o un esclavo. Había que inclinarse y limpiar la suciedad del camino.
Y Jesús, siendo el Maestro y Señor, estuvo dispuesto a hacerlo. Se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies.
El relato nos dice que Jesús sabía perfectamente quién era. Sabía que había salido de Dios y que a Dios volvía. Sabía que había llegado su hora. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio.
Con toda esa autoridad, Jesús, siendo el Maestro y Señor, estuvo dispuesto a servir a sus discípulos. No necesitaba que otros lo sirvieran para demostrar su importancia o valor. No necesitaba defender su lugar porque sabía quién era.
Pero a nosotros muchas veces nos cuesta, porque sentimos que hay cosas que nos rebajan, que nos restan autoridad, importancia o reconocimiento.
Solo pensamos en nosotros, con egoísmo, anteponiendo nuestras necesidades o deseos por encima de los demás. Mientras nosotros defendemos nuestro lugar, Jesús, el Rey de reyes, ocupó el lugar de siervo.
Nosotros ponemos excusas para no involucrarnos. Jesús se hizo cargo e hizo lo que nadie había hecho, atender a los demás. Puso a los otros primero que a Él.
Si Él, que tenía toda la autoridad, estuvo dispuesto a servir, nosotros tampoco podemos creer que hay cosas que no nos corresponden.
Por eso Pedro reacciona ante lo que Jesús está haciendo. Le costaba entender que aquel a quien reconocía como Señor se estuviera inclinando para servirlo.
Pero Jesús les estaba mostrando con sus acciones lo que había enseñado.
Mateo 23:8-12 «Pero no permitan que a ustedes se les llame “Rabí”, porque tienen un solo Maestro y todos ustedes son hermanos. Y no llamen “padre” a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre y él está en el cielo. Ni permitan que los llamen “guía”, porque ustedes tienen un solo Guía, el Cristo. El más importante entre ustedes será siervo de los demás. Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.»
El más importante entre nosotros será el que sirve a los demás. Pero nosotros peleamos por reconocimiento. Queremos que nos vean, que nos reconozcan y que nos den el lugar que creemos merecer.
Jesús lo dijo mientras sus discípulos peleaban por un lugar. Él vino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Marcos 10:35-45).
Estaba dispuesto a entregarse por nosotros. Y aun sabiendo que se acercaba su hora, el momento de ir a la cruz, no dejó de amar a los suyos.
Un amor que no solo se expresa en palabras, sino un amor que se expresa en obras, en acciones, en servicio. Un amor que se dio por completo. Un amor que lo dio todo.
Y su entrega fue mucho más allá de solo lavar los pies.
Filipenses 2:1-11 «Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás. La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.»
Siendo por naturaleza Dios, tomó la naturaleza de siervo. Se entregó totalmente para nuestro bien. Jesús se humilló voluntariamente. Dio su vida para salvarnos.
Mientras nosotros nos aferramos a lo nuestro, Jesús se entregó por nosotros. No tenía ninguna obligación, pero su amor por nosotros lo llevó a amarnos hasta el punto de no aferrarse ni a sí mismo. Comprender esto nos lleva a querer vivir de la misma manera.
2 Corintios 5:14-15 «El amor de Cristo nos obliga, porque estamos convencidos de que uno murió por todos y por consiguiente todos murieron. Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado.»
Mientras el orgullo nos ha mantenido en nuestra zona de confort, a solo hacer algo porque estábamos obligados, para ser vistos o solo para conseguir algo a cambio, comprender cuánto Jesús nos amó nos lleva a querer imitarlo.
Juan 13:12-17 «Cuando terminó de lavarles los pies, se puso el manto y volvió a su lugar. Entonces les dijo: —¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Les aseguro que ningún siervo es más que su amo y ningún mensajero es más que el que lo envió. ¿Entienden esto? Dichosos serán si lo ponen en práctica.»
Cuando Jesús terminó de lavarles los pies, volvió a su lugar y buscó que comprendieran lo que había hecho con ellos. No quería que solo vieran su ejemplo, sino que entendieran lo que significaba para sus propias vidas.
Ellos habían visto lo que hizo, pero Jesús quería que comprendieran lo que eso significaba para sus vidas. Si nuestro Maestro y nuestro Señor se inclinó para servir, nosotros no podemos creernos demasiado importantes para no hacer lo mismo, porque el discípulo no es más que su Maestro (Juan 13:16).
Por eso Jesús les dice que hagan lo mismo, que lo imiten y que copien lo que vieron de Él. Actúen de la misma manera. Reproduzcan lo que vieron de Él de forma exacta, igual.
QUE LO QUE VIERON EN JESÚS OTROS PUEDAN VERLO EN NOSOTROS.
Imitar es actuar, comportarse o hacer algo a semejanza de otra persona. Es reproducir una cosa o persona de forma exacta o muy semejante.
Muchas veces sentimos que imitar es no ser originales, que tenemos que hacer todo a nuestra manera. Porque imitar parece no ser genuino, no ser real.
Cuando vemos a alguien hacer algo parecido a otro, enseguida nos burlamos y le decimos que eso lo copió. Por eso nos duele cuando alguien nos dice que somos iguales a otra persona. No queremos que nos comparen porque queremos ser nosotros.
Pero imitar no es fingir. Es el resultado natural de poner la atención sostenida en algo o en alguien. Y todos nosotros imitamos, porque todos, queramos o no, tenemos modelos a los cuales imitamos.
Conscientes o inconscientes, hay personas que han dejado su huella en nosotros. Hay acciones que hemos aprendido por caminar con alguien, por vivir con alguien y por pasar tiempo con alguien.
Todos tenemos personas que nos han marcado. Hemos aprendido y repetimos maneras de hablar y contestar. Repetimos costumbres, reacciones, gestos y formas de hacer las cosas.
Porque todo a nuestro alrededor y las personas con quienes caminamos influyen en nosotros. Siempre algo o alguien va a influenciar nuestra vida.
Jesús se presenta como nuestro Maestro y Señor y nos llama a seguir su ejemplo. Y para reflejar su carácter en nuestra vida, necesitamos caminar con Jesús y mirarlo a Él.
Para imitar a alguien necesitamos conocerlo. Y conocer a alguien requiere tiempo y cercanía. Necesitamos dedicar tiempo para poder conocerlo personalmente. Y nunca vamos a poder imitar a Jesús si no caminamos con Él.
Si no conocemos lo que Él enseña, no podemos conocerlo a la distancia o intentar imitarlo solo conociendo algo de Él. Para poder imitar se necesita tiempo y sostener la atención. Porque no se puede imitar sin mirar.
Y para mirar necesitamos prestar atención. No podemos conocer, imitar o aprender de Jesús si nuestra mirada está puesta en otro lado.
Mirar requiere enfoque. Caminar requiere permanecer. Pero podemos ver perfectamente lo que Jesús hace y todavía resistirnos a hacer lo mismo.
NECESITAMOS HUMILDAD PARA DEJARNOS TRANSFORMAR POR SU EJEMPLO.
Imitar nos pone en el lugar del que tiene que aprender. Imitar a Jesús implica permitir que su ejemplo cambie lo que nosotros consideramos grandeza, lo que hasta acá creímos que era lo correcto.
Celebramos que Él nos lave los pies, que Jesús nos atienda. Celebramos que dio su vida en la cruz por nosotros. Queremos recibir su entrega, pero no queremos imitar su entrega.
No estamos dispuestos a dar nuestra vida por otros. Queremos seguir a Jesús, pero solo queremos copiar lo que nos conviene, solo aquello que nos va a dar algún beneficio personal.
Pero imitar a Jesús implica reconocer que nuestra manera de vivir necesita ser cambiada. Queremos ser discípulos, pero sin vivir como Él, sin seguir su ejemplo, sin actuar como Él, sin tomar la cruz (Lucas 9:23-27).
Gálatas 2:20-21 «He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí. No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la Ley, Cristo habría muerto en vano».
Seguimos a Jesús no solo cuando su ejemplo coincide con lo que queremos. Seguir a Jesús también implica obedecer cuando su ejemplo confronta lo que queremos.
Seguir a Jesús va a demandar negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz cada día y seguirlo.
Juan 13:12-17 «Cuando terminó de lavarles los pies, se puso el manto y volvió a su lugar. Entonces les dijo: —¿Entienden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues, si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Les aseguro que ningún siervo es más que su amo y ningún mensajero es más que el que lo envió. ¿Entienden esto? Dichosos serán si lo ponen en práctica.»
Muchas veces no entendemos o, peor, no queremos entender. Porque no queremos aceptar que ahora nos toca a nosotros. No alcanza solo con ver o saber. Necesitamos llevarlo a la práctica.
Por eso Jesús dice: «Dichosos serán si lo ponen en práctica». Y es que hay bendición al hacerlo. Practicar es llevar lo aprendido a la acción de forma continuada.
Imitar a Jesús tiene que alcanzar nuestra manera de vivir cada día. Practicar nos lleva a ver la necesidad del otro, a sacar nuestra atención de nosotros mismos, de nuestro orgullo.
Y poder imitar cómo Jesús se entregó por nosotros significa que nosotros hoy podamos entregarnos por otros.
Llevarlo a la práctica implica involucrarnos, dar de nuestro tiempo, abrir un Grupo de Conexión, hacernos el tiempo para compartir vida con otros, servir a las personas, predicar y orar por otras personas.
También implica estar dispuestos a dejar nuestra comodidad para hacer algo por otro y compartir y dar lo que tenemos, no solo nuestro compromiso con Dios.
IMITAR A JESÚS ES APRENDER A AMAR Y DARNOS POR LOS DEMÁS.
Y esto empieza con personas concretas, en situaciones concretas. Porque nuestras acciones muestran a quién estamos siguiendo.
Nuestras acciones hablan. Nuestra manera de responder, nuestra manera de tratar a los demás y lo que hacemos cuando alguien necesita ayuda también hablan. Somos el medio por el cual Jesús quiere darse a conocer a las personas.
Mateo 5:13-16 «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo lo recobrará? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee. »Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una montaña no puede esconderse. Tampoco se enciende una lámpara para cubrirla con una vasija. Por el contrario, se pone en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos.»
Que las personas, al ver nuestras buenas obras, lo vean a Él. Al ver nuestra manera de vivir, podemos ayudar a otros a conocer cómo es Él. Que conozcan cómo Jesús ama, cómo perdona y cómo acompaña.
Que las personas, al ver nuestras vidas, puedan reconocer a Jesús en nosotros y que podamos decir como dijo Pablo. Si somos demasiado grandes para servir, entonces somos demasiado pequeños para liderar.
1 Corintios 11:1 «Imítenme, así como yo imito a Cristo.»
REFLEXIÓN
¿ESTOY DEJANDO QUE JESÚS CAMBIE MI MANERA DE VIVIR?
Imitar nos pone en el lugar del que tiene que aprender. Imitar a Jesús implica permitir que su ejemplo cambie lo que nosotros consideramos grandeza, lo que hasta acá creímos que era lo correcto.
¿MI MANERA DE VIVIR REFLEJA EL EJEMPLO DE JESÚS?
Nuestras acciones hablan. Nuestra manera de responder, nuestra manera de tratar a los demás y lo que hacemos cuando alguien necesita ayuda también hablan. Somos el medio por el cual Jesús quiere darse a conocer a las personas.
¿ESTOY PONIENDO EN PRÁCTICA LO QUE JESÚS ME ENSEÑA?
Llevar a la práctica implica involucrarnos, dar de nuestro tiempo, abrir un Grupo de Conexión, hacernos el tiempo para compartir vida con otros, servir a las personas, predicar y orar por otras personas.