«Por medio de los apóstoles ocurrían muchas señales y prodigios entre el pueblo; y todos los creyentes se reunían de común acuerdo en el Pórtico de Salomón. Nadie entre el pueblo se atrevía a juntarse con ellos, aunque los elogiaban. Y seguía aumentando el número de los que creían en el Señor. Era tal la multitud de hombres y mujeres que hasta sacaban a los enfermos a las plazas y los ponían en camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre alguno de ellos. También de los pueblos vecinos a Jerusalén acudían multitudes que llevaban personas enfermas y atormentadas por espíritus malignos, y todas eran sanadas.» Hechos 5.12-16
Vivimos en una lucha interna contra sentimientos que nos hacen sentir que no valemos, que no somos suficientes y que no alcanza con lo que somos. Es fácil creer que somos los únicos que luchamos con inseguridades. Pensamos que a otros no les pasa esto, porque vemos que se manejan con mayor seguridad, confianza y que cuentan con mayores recursos, capacidades y talentos que nosotros.
La inseguridad es universal, pero la diferencia es que algunos aprendieron a esconderla. Hay quienes demuestran y aparentan mucha confianza y seguridad… pero es solamente un mecanismo de defensa. Se muestran autosuficientes, firmes, seguros y superiores, pero tapan sus inseguridades y tratan de demostrar una seguridad exagerada y una autosuficiencia extrema. Y pueden que logren engañar a todos al mostrarse muy seguros de si mismos, pero luchan con la inseguridad como cualquier persona.
Pero esa seguridad es solo una coraza para esconder su inseguridad, porque detrás de eso buscan compensar con actitud algo que internamente no está firme. Hay una alta necesidad de aprobación, reconocimientos y de sentirse valorados.
TODOS LUCHAMOS CON INSEGURIDADES.
Hemos creído que es un problema de sentimientos de inferioridad o baja autoestima que se soluciona tratando de convencernos de que somos suficientes. Pensamos que con frases motivaciones podemos levantar el aprecio por uno mismo o diciéndonos a nosotros mismos: «vamos, vos podes», «vos sos suficiente», «vos sos capaz»… y nos damos cuenta de que eso no alcanza.
Buscamos llenar ese vacío y falta de seguridad con cosas que nos hagan sentir que valemos, que somos importantes: un auto más grande, una cuenta abultada en el banco, un título o una pareja que nos haga sentir amados. Y estas cosas nos hacen creer por un rato que somos valiosos y pueden llegar a producir cierta seguridad momentánea. Hasta que en un momento, nos damos cuenta de que todos luchamos con esa falta de confianza y seguridad en uno mismo.
Y nos engañamos pensando que otros tienen lo que nosotros no tenemos, que otros si pueden y tienen confianza. Nos comparamos con otros que parecen ser más capaces, más preparados, más valientes, más santos y más amados por Dios que nosotros.
Pero algo que todos vamos a descubrir tarde o temprano es que no podemos por nosotros mismos, que nuestro valor no está en nuestra confianza o en lo que obtengamos, que no somos suficientes, y que no alcanza con lo que somos. La Palabra dice en 1 Samuel 2.9 que «(…) nadie triunfa por sus propias fuerzas». Esto mismo afirmó Jesús en Juan 15.5: «(…) separados de mí no pueden ustedes hacer nada.»
NUESTRO ERROR ES QUE HEMOS QUERIDO HACER LAS COSAS SIN DIOS.
Algo que siempre hemos buscado es sentirnos fuertes pero sin depender de Dios. Este ha sido nuestro error y pecado desde el inicio: no querer reconocer a Dios ni darle a Él la gloria (Romanos 1.21-24). Hemos creído que no necesitamos de Dios… y por esa razón caimos en oscuridad, insensatez, falta de madurez y de buen juicio.
ES POR ESO QUE NECESITAMOS DE UN SALVADOR.
Si pudiéramos ser felices, de cambiar o salvarnos por nosotros mismos, lo haríamos… pero la realidad es que no podemos hacerlo por nosotros mismos. Romanos 5.6-8 dice «A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los impíos. Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.»
No hay ninguna condición en nosotros por la cual podamos cambiar nuestra realidad. Jesús murió por impíos: por aquellos que no toman en cuenta a Dios, que viven como si Él no existiera, resiste a su voluntad y su vida refleja esa decisión. Pero aun así, Dios demostró su gran amor por nosotros y entro a Jesús por personas imperfectas, que le dieron la espalda y que lo rechazaron para que por gracia podamos ser salvados (Efesios 2.8-9).
Romanos 3.10 dice que no hay nadie que merezca esta salvación: no la podemos alcanzar, comprar u obtener por nuestros medios porque somos imperfectos, inseguros y pecadores… pero amados por Dios, que puso un precio mayor al que valíamos. 1 Pedro 1.18-20 dice que fuimos comprados por un gran precio, su sangre, y Tito 3:4-7 afirma que somos salvos por misericordia y que somos justificados por su gracia. Y es que no se trata de sentirnos capaces, seguros o confiados, sino de entender que su gracia en nosotros es suficiente (1 Corintios 15.10).
LA SALVACIÓN ES EL RESULTADO DE HABER CREÍDO EN ÉL.
Dios nos escogió, nos eligió y nos tomó para un fin determinado. Como dice 1 Corintios 1.27-31, Él no escogió lo sabio o lo fuerte… sino lo débil, lo bajo, lo despreciado de este mundo y lo que no tenía valor alguno.
No hay ninguna capacidad o seguridad en nosotros mismos de ser salvos. Somos salvos por gracia, pero siempre estamos buscando sentirnos capaces, seguros y confiados en nosotros mismos. Pero la salvación no es por nuestra capacidad, sino por nuestra dependencia de Dios.
En 2 Corintios 12:7-10 vemos que el apóstol Pablo, en medio de luchas y debilidades, oró tres veces para ser librado de algo que se sentía como un aguijón en su carne, que provocaba y buscaba llevarlo a actuar de determinada manera. Pero la respuesta de Dios fue «mi gracia es suficiente» (2 Corintios 12:9).
Pero aun así, buscamos sentirnos fuertes y confiados. No queremos reconocer nuestras debilidades y hasta buscamos ocultarlas. Y cuando nos sentimos fuertes, dejamos de depender de Dios. Pero en el fondo, vivimos con inseguridades, falta de confianza… y eso nos destruye, nos daña y nos roba fuerzas. Pero cuando reconocemos nuestra debilidad, es cuando Dios puede obrar con poder en nosotros.
DIOS NO BUSCA PERSONAS PERFECTAS, SINO CORAZONES DISPUESTOS A CREER Y CONFIAR EN SU PODER.
Olvidamos que Dios es quien pesa, conoce y juzga los corazones, no lo que tratamos de mostrar o aparentar. La Palabra está llena de ejemplos donde Dios llamó y escogió personas comunes que no se destacaban por nada especial, que uno los llamaría «personas normales u ordinarias»: escogió mujeres estériles para levantar una nación; llamó a ancianos, débiles y con limitaciones para guiar a Su pueblo; ungió jóvenes sin experiencia para vencer gigantes y a los enemigos; levantó a un joven inseguro de sí mismo, que se sentía un niño, para dar un mensaje poderoso y ser una voz de Dios en medio de tanta confusión; escogió y llamó a hombres sin estudio ni preparación para que, a través de ellos, todos vieran que habían estado con Jesús, que Sus palabras tenían autoridad, y Sus obras tenían poder para impactar a muchos. Todos ellos eran personas ordinarias, pero Dios vio sus corazones dispuestos para poder llevar a cabo su plan extraordinario.
Hoy en día hay una gran cantidad de creyentes que luchan en sus sentimientos porque no se sienten seguros, capaces o confiados. La realidad es que no somos ni los primeros ni seremos los últimos en sentirnos así. Pero el error no solo es esconder nuestras debilidades y dejarlas que nos consuman por dentro, sino el intentar esconderlas aparentando ser fuertes. Viviendo de esta forma, olvidamos de que Dios es quien quiere actuar en nuestras vidas para mostrar su poder.
AUN SIENDO IMPERFECTOS, DIOS SIEMPRE BUSCÓ SUMAR A PERSONAS A SU PLAN.
Él podría hacerlo solo, pero aun así Dios puso su atención en nosotros y decidió obrar por medio de personas comunes, con temperamentos, con historia, con carácter, con pasados rotos y complicados, con defectos y debilidades… pero que a pesar de todo eso, creyeron y tuvieron un corazón disponible a Dios.
Pero nosotros somos los que idealizamos a las personas y las ponemos en pedestales. Pero estos hombres, a quien Dios escogió y sumo a su plan, eran personas con errores y quienes Dios no buscó ocultar sus debilidades. Él los escogió para avergonzar a los fuertes, a aquellos que se sienten sabios, fuertes y capaces.
DIOS SIEMPRE HA BUSCADO OBRAR POR MEDIO NUESTRO.
Como dice Hechos 5.12-16 «Por medio de los apóstoles ocurrían muchas señales y prodigios (…)». Dios usó a personas para bendecirnos y para que el mensaje de salvación llegue a nuestras vidas. A pesar de ser personas comunes con defectos, inseguridades, temores, Dios encontró el corazón dispuesto para que su poder y su gracia sean más que suficientes.
Pero nos cuesta creer que Dios pueda obrar por medio nuestro porque estamos poniendo nuestra atención en nuestras debilidades. Nuestro mayor error es darle más credibilidad y poder a nuestras debilidades y limitaciones que al poder de Dios, que busca actuar en nosotros y por nosotros.
DIOS NO DEPENDE DE NUESTRAS CAPACIDADES, SINO QUE BUSCA CORAZONES DISPUESTOS Y RENDIDOS A ÉL.
No es solo un error que nuestras inseguridades nos priven de vivir su poder, sino también creer que el resultado o el éxito es a causa de nuestras capacidades, dones, talentos o seguridad en nosotros mismos. Porque es ahí donde nuestro corazón se equivoca y se olvida de Dios, y pensamos que somos nosotros quienes logran los resultados. Y es en este momento cuando dejamos de depender de Dios y caemos en vanagloria, el orgullo de valer por nosotros mismos. Y volvemos a ser personas que creen que no necesitan a Dios y que se pueden valer por si mismos.
Pero cuando nuestra confianza está puesta en quien es Dios podemos ver como Él nos usa con poder, más allá de nuestras limitaciones o recursos… pero nuestra desconfianza nos lleva a no creer. Y no solo nos limitamos o nos perdemos de comprobar a Dios por nuestra cuenta, sino que aun personas que podrían ser bendecidas a través nuestro pierden.
LO QUE LIMITA A DIOS NO SON NUESTRAS DEBILIDADES O INSEGURIDADES, SINO NUESTRA INCREDULIDAD.
Dios podría hacerlo sin nosotros, pero Él eligió hacerlo por medio nuestro para demostrar su poder actuando a través medio de personas imperfectas. Somos personas ordinarias pero que Dios quiere usarnos de manera extraordinaria.
Estas obras extraordinarias son la prueba inequívoca de la presencia y el poder de Dios, con el fin de darse a conocer a la humanidad. Por medio de sucesos extraordinarios y maravillosos y que desafían la explicación natural, Dios manifiesta su poder de tal manera que provoca admiración y asombro. Un claro ejemplo de esto se encuentra en Hechos 5:15, donde el poder de Dios era tan evidente en Pedro que aun su sombra era suficiente para sanar a los enfermos.
No solo la inseguridad que traemos dentro nos ha limitado toda la vida, sino que nos hemos acostumbrado a vivir naturalmente. Somos de carne y hueso, vivimos en un mundo que se rige por normas y leyes naturales, no estamos abiertos y mucho menos acostumbrados a lo sobrenatural porque nos hemos acostumbrados a vivir conforme a lo que conocemos, lo que vemos. A vivir limitados por nuestras inseguridades y temores al punto que, como creyentes, no creemos en milagros o en el poder de Dios, pero Él está interesado en mostrar su poder.
EL FIN DE LAS SEÑALES Y PRODIGIOS ES QUE MÁS PERSONAS CREAN EN DIOS, ¡ÉSTA ES NUESTRA CAUSA!
Por eso Jesús dijo en Mateo 28.18 que toda autoridad le fue dada tanto en el cielo como en la tierra. En Marcos 16.15-18 Él nos dice que las señales «acompañarán» a los que creen, en la versión Reina Valera 1960 dice que le «seguirán». Esto significa que las señales van a estar y van a ir junto con los que creen: Jesús no nos está hablando de que nosotros vamos a seguir las señales o que ellas van por delante nuestro.
Nos equivocamos al esperar una señal para creer o avanzar, pero somos nosotros los que vamos a provocar y habilitar el poder de Dios. Muchas veces queremos ver para actuar y creer, porque queremos estar seguros, tener garantías y sentirnos confiados. Y es cuando decidimos que vamos a avanzar, pero ese día nunca llega.
Muchos, aun habiendo visto señales y milagros, no creen, no avanzan y no provocan nada. Pero la Palabra es clara: por medio nuestro las señales se darán a conocer. Las señales acompañarán a los que creen, y el «seguir» nos habla de que van a ir detrás nuestro, no delante.
No es por nuestras capacidades, por nuestros talentos o porque tengamos confianza en nosotros mismos. Salmos 20.7-8 nos dice que hay personas que quieren confiar en sus fuerzas, pero sabemos muy bien que maldito el hombre que confía en sus fuerzas (Jeremías 17.5).
NUESTRA CAPACIDAD VIENE DE DIOS.
La Palabra dice en 2 Corintios 3.4-6 que nuestra capacidad viene de Dios. Hay personas a nuestro alrededor que no están viviendo el poder de Dios porque somos nosotros quienes limitamos a Dios. Pero la realidad es que no hay milagros sin acción, no hay señales sin obediencia y no hay prodigios sin pasos de fe. Las señales acompañan y siguen a los que creen, los que van a Dios con un corazón rendido, que confían y que dependen de Él, no en sus propias fuerzas o seguridad.
Por eso hoy elegimos tener un corazón rendido que cree y avanza con fe para provocar el mayor milagro de todos: que muchos crean.
REFLEXIÓN
¿ESTOY DEJANDO QUE MI INSEGURIDAD ME LIMITE?
La inseguridad es universal, pero la diferencia es que algunos aprendieron a esconderla, y esa seguridad es solo una coraza para esconder su inseguridad. Nuestro problema no es nuestra autoestima, sino el buscar sentirnos fuertes sin depender de Dios, no querer reconocerlo a Él ni darle la gloria. La verdad es que no podemos salvarnos por nosotros mismos, es por eso que necesitamos de un Salvador.
¿ESTOY CONFIANDO MÁS EN MI MISMO QUE EN SU GRACIA?
Somos salvos por gracia, pero siempre estamos buscando sentirnos capaces, seguros y confiados en nosotros mismos. Pero la salvación no es por nuestra capacidad, sino por nuestra dependencia de Dios. Cuando reconocemos nuestra debilidad, es cuando Dios puede obrar con poder en nosotros.
¿ME CUESTA CREER QUE DIOS PUEDE USARME?
Nos cuesta creer que Dios pueda obrar por medio nuestro porque estamos poniendo nuestra atención en nuestras debilidades. Necesitamos dejar de darle más credibilidad y poder a nuestras debilidades y limitaciones que al poder de Dios, que busca actuar en nosotros y por nosotros. Porque Dios no depende de nuestras capacidades, sino que busca corazones dispuestos y rendidos a Él.