DIGNOS — Mensaje #13 | Serie «HECHOS»


«El sumo sacerdote y todos sus partidarios, que pertenecían a la secta de los saduceos, se llenaron de envidia. Entonces arrestaron a los apóstoles y los metieron en la cárcel común. Pero en la noche un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y los sacó. «Vayan —les dijo—, preséntense en el Templo y comuniquen al pueblo todo sobre esta nueva vida».» Conforme a lo que habían oído, al amanecer entraron en el Templo y se pusieron a enseñar. Cuando llegaron el sumo sacerdote y sus partidarios, convocaron al Consejo, es decir, a la asamblea general de los líderes religiosos de Israel, y mandaron traer de la cárcel a los apóstoles. Pero al llegar los guardias a la cárcel, no los encontraron. Así que volvieron con el siguiente informe: «Encontramos la cárcel cerrada, con todas las medidas de seguridad, y a los guardias firmes a las puertas; pero cuando abrimos, no encontramos a nadie adentro». Al oírlo, el capitán de la guardia del Templo y los jefes de los sacerdotes se quedaron perplejos, preguntándose en qué terminaría todo aquello. En esto, se presentó alguien que les informó: «¡Miren! Los hombres que ustedes metieron en la cárcel están en el Templo y siguen enseñando al pueblo». Fue entonces el capitán con sus guardias y trajo a los apóstoles sin recurrir a la fuerza, porque temían ser apedreados por la gente. Los llevaron ante el Consejo y el sumo sacerdote reclamó: —Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a nosotros de la muerte de ese hombre. —¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres! —respondieron Pedro y los demás apóstoles—. El Dios de nuestros antepasados resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero. Dios lo exaltó a su derecha como Príncipe y Salvador, para que diera a Israel arrepentimiento y perdón de pecados. Nosotros somos testigos de estos acontecimientos, y también lo es el Espíritu Santo que Dios ha dado a quienes le obedecen. Los que oyeron se enojaron mucho y querían matarlos. Pero un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la Ley muy respetado por todo el pueblo, se puso de pie en el Consejo y mandó que hicieran salir por un momento a los apóstoles. Luego dijo: «Hombres de Israel, piensen dos veces en lo que están a punto de hacer con estos hombres. Hace algún tiempo surgió Teudas, jactándose de ser alguien, y se le unieron unos cuatrocientos hombres. Pero lo mataron y todos sus seguidores se dispersaron y allí se acabó todo. Después de él surgió Judas el galileo, en los días del censo, y logró que la gente lo siguiera. A él también lo mataron y todos sus secuaces se dispersaron. En este caso aconsejo que dejen a estos hombres en paz. ¡Suéltenlos! Si lo que se proponen y hacen es de origen humano, fracasará; pero si es de Dios, no podrán destruirlos, y ustedes se encontrarán luchando contra Dios». Se dejaron persuadir por Gamaliel. Entonces llamaron a los apóstoles y, luego de azotarlos, les ordenaron que no hablaran más en el nombre de Jesús. Después de eso los soltaron. Así, pues, los apóstoles salieron del Consejo, llenos de gozo por haber sido considerados dignos de sufrir afrentas por causa del Nombre. Y día tras día, en el Templo y de casa en casa, no dejaban de enseñar y anunciar las buenas noticias de que Jesús es el Cristo.» Hechos 5.17-42

 

Todos alguna vez nos hemos sentido molestos por ver a alguien crecer, avanzar o lograr cosas en su vida. Y no precisamente porque esté haciendo algo mal, sino porque lo que causa nuestra molestia es que a nosotros nos está costando más o no estamos logrando lo mismo. Pero eso no es odio ni maldad, es envidia.

La envidia es ese sentimiento de tristeza y enojo porque uno no tiene o desearía tener para uno solo lo que otro posee. El peligro de la envidia no es solo querer lo que el otro tiene, sino, peor aún, querer que el otro no lo tenga. Esta es la manifestación del egoísmo puro, que antepone el interés propio al ajeno.

La envidia es una emoción que todos sentimos alguna vez, pero que casi nadie confiesa, nace de la inseguridad y del miedo a perder el control. Cuando surge en nuestros corazones, siempre provoca tres cosas:

  1. Nos hace comparar, lo cual nos llena de amargura e inseguridad.
  2. Nos hace perder la alegría, porque vivimos midiendo los resultados ajenos.
  3. Nos hace querer frenar al otro, y es ahí donde comienzan nuestras malas decisiones.

En Hechos 5:17-18 vemos cómo esta era la realidad de los saduceos, la élite religiosa y política, ricos, poderosos e influyentes. Ellos se llenaron de envidia. Su molestia no radicaba en que los discípulos hicieran algo incorrecto, sino en que grandes multitudes acudían a ellos. Esta reacción impulsiva, alimentada por la envidia, los llevó a arrestar a los apóstoles y meterlos en la cárcel común, tratándolos como a delincuentes. Estaban desesperados por frenarlos, sintiendo que perdían el control sobre el pueblo.

CUANDO LA ENVIDIA CONTROLA EL CORAZÓN, TERMINA CONTROLANDO NUESTRAS DECISIONES.

Al igual que los saduceos, muchos hoy son movidos e influenciados por envidia y, sin darse cuenta, son llevados a actuar de manera equivocada. Nadie se levanta por la mañana queriendo envidiar y nadie quiere reconocer que tiene envidia. La envidia nos lleva a malas decisiones porque nos come por dentro (Proverbios 14.30).

Es fácil reconocer el enojo o la ira, pero la envidia actúa silenciosamente (Proverbios 27.4). En la envidia no hay sabiduría de Dios, sino que hay confusión y toda clase de maldad (Santiago 3.13-18). La envidia puede llevarnos a casi perder el rumbo, como le sucedió al salmista en Salmos 73, cuando su corazón se afligió al ver la prosperidad de los malvados.

El corazón del hombre, por naturaleza, está lleno de envidia. Como dice Tito 3.3-8, vivíamos tan confundidos y en perdición, éramos esclavos de pasiones y placeres, vivíamos en la malicia y la envidia, deseando incluso que al otro le fuera mal. La envidia nunca se sacia, nunca se acaba. Aun logrando lo que tiene el otro, vuelve a surgir, siempre buscando más. 

Pero la buena noticia es que Dios no nos dejó en esta condición. Tito 3.8 nos pide que lo recalquemos, que insistamos con firmeza, para que, en lugar de vivir en envidia y maldad, nos ocupemos en hacer el bien. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres (Tito 3:8).

CUANDO DIOS VIENE A NUESTRAS VIDAS, TRANSFORMA NUESTRA MANERA DE VIVIR.

Dios nos salvó, no por nuestras propias obras, sino por Su misericordia, mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo (Tito 3:4-7). El Espíritu Santo toma ese corazón lleno de envidia y nos da uno nuevo. Regenerar significa precisamente esto: poner algo deteriorado o gastado en buen estado, haciendo que abandonemos hábitos dañinos para ser reutilizados en un propósito puro.

Mientras la envidia nos hace perder el enfoque y nos lleva a pensar con egoísmo, la persona de Jesús, y el haber experimentado Su amor y Su libertad, nos mueve a pensar en otros y a bendecirlos.

Por envidia, los apóstoles fueron metidos en la cárcel. Pero el Señor, sacándolos de allí, los envió a comunicar al pueblo todo sobre esta nueva vida (Hechos 5:20). La orden fue: «vayan, preséntense y comuniquen».

#1 VAYAN: La orden de Dios a los apóstoles fue que se movieran hacia una dirección específica: de vuelta al Templo. Esta no era la primera vez que se les daba esta indicación, como dice Mateo 28:18-20. Esta instrucción venía acompañada de dos acciones bien claras.

#2 PRESÉNTENSE: Aún estando en la cárcel, los apóstoles no pensaron en su propio bienestar y no se escondieron pensando en ellos, porque hacer eso hubiera sido comportarse de la misma manera que los saduceos, que estaban llenos de envidia. Eso sería volver a la forma de vida de la cual fuimos rescatados: una vida en donde solo se piensa en uno mismo. Ellos fueron liberados para que todos los vean, para que se den a conocer y se hagan visibles.

«Preséntense» habla de ser intencional, una acción de ofrecerse voluntariamente, de provocar algo y no esperar a que suceda. Porque lo que Dios hace en nuestras vidas no es para que quede guardado o escondido. Cuando Dios llega a nuestras vidas, nos da libertad pero para que ahora esa libertad en nosotros sea vista por muchos.

Mateo 5.13-16 habla de que somos la sal y la luz de este mundo. Y no es que sea una meta o expectativa, es nuestra identidad. La sal da sabor, preserva, sirve cuando se mezcla. El mundo necesita conocer lo que Dios hizo en nuestras vidas. Hoy nos toca a nosotros hacer brillar esa luz delante de todos. Una fe que no se vive, que no se nota, que no transforma pierde impacto. Nuestra vida es un mensaje claro a este mundo. Los apóstoles obedecieron, porque al otro día cuando los buscaron ya no estaban en la cárcel, sino que estaban a la vista de todos y seguían enseñando al pueblo (Hechos 5.22-25).

#3 COMUNIQUEN: No solo era presentarse, sino también hacer saber todo sobre esta nueva vida. Hemos creído que solo con nuestro ejemplo es más que suficiente. Es claro que nuestra vida, ejemplo, conducta y modo de vivir es parte del mensaje que damos a este mundo, porque somos cartas vivas (2 Corintios 3:3). Pero no alcanza solo con eso, tenemos un mensaje para dar.

Nuestro testimonio es importante, pero lo importante es el mensaje que tenemos para dar. El problema que los saduceos tenían con los apóstoles no era lo que habían visto o como vivían: el problema era con el mensaje que enseñaban (Hechos 5.27-28).

El enemigo no se asusta con creyentes que solo tienen un buen comportamiento que van a la iglesia, lo que el no quiere es que prediquemos. El mensaje que tenemos para dar no es un estilo de vida, teorías o filosofías: son buenas noticias que tienen el poder para dar vida, para transformar, para abrir los ojos y para dar libertad (Romanos 1.16).

En 2 Timoteo 4.1-5 nos habla de que todo creyente tiene un encargo: predicar la palabra. Predicar de Jesús es importante porque hoy hay muchos que están siendo engañados por quienes se hacen llamar maestros, que por medio de mentiras, filosofías, cuentos, fábulas y meditación, se presentan como la verdad y prometen soluciones mágicas.

Pedimos perdón porque en la mesa no se habla de fútbol, política o religión. Pero nuestro mensaje es Jesús, no una religión. Dios sacó a los apóstoles para que sus vidas fueran un testimonio de Su poder. Dios no nos liberó para que tengamos una vida buena y próspera logrando todo lo que envidia nuestro corazón.

LA ENVIDIA NOS HACE PENSAR EN NOSOTROS MISMOS, PERO LA NUEVA VIDA QUE TENEMOS EN JESÚS SIEMPRE NOS IMPULSA A PENSAR EN OTROS.

Cuando compartimos el mensaje de Jesús, estamos viviendo y practicando el verdadero amor, el cual no es envidioso ni egoísta (1 Corintios 13:4-7). Es el amor de Cristo moviéndonos a amar a otros.

Los apóstoles recibieron solamente amenazas, sino que fueron azotados. Recibieron 39 latigazos, que era la manera de castigo que usaban los religiosos de aquel tiempo (Deuteronomio 25.3). Pero lo que llama la atención no es el castigo, porque no se puede esperar otra cosa de personas llenas de envidia. Lo que llama la atención es que los apóstoles salieron llenos de gozo por haber sido considerados dignos y merecedores de sufrir por causa del nombre de Jesús (Hechos 5:41).

Y esto no es algo normal, porque a nadie le gusta sufrir. Pero ellos no vieron el sufrimiento como castigo, sino como confirmación de que estaban siguiendo a Jesús. Por creer, habían sido avergonzados. Pero hoy hay muchos que viven con temor al sufrimiento. Para muchos, las amenazas son más que suficientes para temer, porque solo piensan en lo malo que puede pasar. Sin embargo, la mayoría de nuestros temores nunca suceden.

Pero cuando el sufrimiento es real, cuando las cosas se ponen difíciles, es cuando hay crisis. Nos llenamos de inseguridad, perdemos nuestra fe y nos preguntamos en dónde está Dios y por qué permite estas situaciones. Y comenzamos a compararnos con otros volviendo al comienzo, a la envidia, a ver por qué otros no sufren.

Pero Jesús fue claro al decir que en este mundo viviríamos todo tipo de situaciones de dolor. Él no prometió ausencia de dolor sino que nos promete que Su presencia está en medio del dolor (Juan 16:33).

Hay dos tipos de crisis y dolores:

  • Uno que es por causa de nuestras malas decisiones. Si sufrimos por ellas, no es culpa de Dios, aunque nos molestemos con Él. Nuestras decisiones tienen consecuencias (Proverbios 19:3).
  • Pero si sufrimos por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios (1 Pedro 3:17). Para esto fuimos llamados, porque Cristo sufrió por nosotros y nos ha dado ejemplo para que sigamos sus pasos (1 Pedro 2:20-21).

Gálatas 6.7-10 es claro: cada uno cosechará lo que haya sembrado. Toda la vida hemos sufrido por nuestras malas decisiones. Pero los apóstoles estaban entendiendo lo que Jesús les había dicho en Mateo 5.10-12 «Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece. Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes.»

CREER EN DIOS NO NOS LIBRA DE LAS CRISIS O DIFICULTADES, PERO NOS GARANTIZA SU PAZ Y SU VICTORIA, ENTENDIENDO QUE ÉL NO NOS VA A DEJAR.

Hay creyentes que no quieren sufrir por causa de Jesús y por eso esconden lo que han recibido, no quieren ser discriminados por su fe. Los apóstoles no se alegraron por el dolor, lo cual sería masoquismo. Muchos han pensado que el sufrimiento es ser más espiritual, pero para el creyente, las pruebas son una oportunidad de comprobar a Dios (Santiago 1.2-8). En lugar de quejarnos, necesitamos aprender a pedir a Dios sabiduría para el momento que estamos viviendo.

Aún ante la envidia, ante los azotes y las amenazas, nada puede frenar que se sigan anunciando las buenas noticias (Hebreos 13:6). 

Hechos 5:42 nos muestra su perseverancia y que no cesaron de anunciar la verdad día tras día. Lo hacían tanto en el Templo (en público, siendo visibles y presentándose) como de casa en casa (en privado, en sus entornos cotidianos). No dejaban de presentarse y no dejaban de comunicar las buenas noticias de Jesús. Cuando la misión es de Dios, absolutamente nada podrá detener Su obra.

¡NADA PUEDE DETENER EL AVANCE DEL EVANGELIO!

 

 


REFLEXIÓN

¿ESTOY DEJANDO QUE LA ENVIDIA CONTROLE MIS DECISIONES?
Es fácil reconocer el enojo o la ira, pero la envidia actúa silenciosamente en nuestro corazón, llevándonos a la confusión y a la maldad. Aunque por naturaleza vivíamos en esta condición, la gran noticia es que el amor y bondad de Dios nos impulsan a ocuparnos en hacer buenas obras.  Cuando Dios viene a nuestras vidas, transforma nuestra manera de vivir.

 

¿ESTOY PENSANDO SOLO EN MÍ O EN OTROS?
Mientras la envidia nos hace perder el enfoque y nos lleva a pensar con egoísmo, la persona de Jesús, y el haber experimentado Su amor y Su libertad, nos mueve a pensar en otros y a bendecirlos. Fuimos liberados para cumplir con esta orden: ir, presentarnos y comunicar esta verdad, porque el mundo necesita conocer lo que Dios hizo en nuestras vidas.

 

¿CUÁL ES MI ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO?
Los apóstoles fueron azotados, pero salieron llenos de gozo. Entendieron que el sufrimiento por causa de Jesús no es un castigo, sino una confirmación de que estamos siguiendo Sus pasos. Las pruebas son una oportunidad de comprobar a Dios, este gozo en la prueba es lo que nos da la perseverancia para no detenernos en nuestra misión: acercar a las personas a Dios.