«12 Jesús entró en el templo y echó de allí a todos los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas. 13 «Escrito está —les dijo—: “Mi casa será llamada casa de oración”; pero ustedes la están convirtiendo en “cueva de ladrones”». 14 Se le acercaron en el templo ciego y cojos, y los sanó.» Mateo 21:12-14 NVI
¿Escuchaste alguna vez sobre el “síndrome de la ventana rota"? Es una teoría que indica que todo el caos de una casa venida abajo, comenzó con una pequeña rotura en la ventana o algún detalle menor al que no se le prestó demasiada atención. De la misma forma, en nuestras vidas comenzamos a naturalizar situaciones que nada tienen que ver con lo que Dios tiene para nosotros.
El templo siempre fue un lugar más que solemne para los judíos, porque simbolizaba el lugar en el que habitaba Dios, sin embargo cuando Jesús entra en esta ocasión, se encuentra con que lo habían convertido en un centro lucrativo, nada tenía que ver este caótico mercado con el sentido original de aquel lugar, pero eso no sucedió de la noche a la mañana, comenzó con buenas intenciones de facilitar a los fieles que venían de lejos los animales que ofrendarían a Dios, pero terminaron olvidando a Dios mismo en medio de sus negocios.
De pronto nos encontramos cargando heridas, hábitos, rencores, un modo de vida que nada tienen que ver con el diseño de Dios para nosotros, que nada tienen que ver con nuestra relación con Dios, pero fue solo cuestión de tiempo para que aquellas pequeñas irregularidades tomaran lugar en nosotros y nos desvíen de nuestro propósito. Hay “mesas” que se establecieron en nuestro corazón que necesitamos que hoy Jesús pueda derribar. La mesa del orgullo, la crítica, el juicio, la mentira. La mesa del rencor, el miedo, la ansiedad, la incredulidad, cuantas mesas necesitaría volcar Jesús en tu corazón. ¿El desinterés?, la mediocridad, la frustración, el vicio, lo inmoral, lo que le escondes a tu esposa/o, lo que te robas, lo que miras en tu celular. Es una buena oportunidad para reflexionar en qué condiciones encuentra hoy Jesús mi corazón.
La vehemencia con la que Jesús derriba todo en aquel lugar tiene un sentido, su corazón se dolía por ver la condición de las personas en aquel lugar, su corazón se afligía por aquellos que no estaban pudiendo encontrar a Dios y tener paz.
«Cuando se acercaba a Jerusalén, Jesús vio la ciudad y lloró por ella. 42 Dijo: —¡Cómo quisiera que hoy supieras lo que te puede traer paz! Pero eso ahora está oculto a tus ojos.» Lucas 19:41-42
Fuimos creados y rescatados por Jesús con el fin de ser un templo en el cual Dios pueda habitar, para poder vivir en comunión con Dios y disfrutar en plenitud de lo que él tiene para nosotros. (1 Corintios 3:16-17) Por eso Jesús se duele al vernos padecer por aquellas cosas que dejamos entrar en nuestro corazón, sufriendo y viviendo una vida limitada por todo aquello que ocupa el lugar de Dios en nuestras vidas.
Podemos pensar que la actitud de Jesús fue demasiado, pero él actuó rápido, al igual que con nosotros, vino a rescatarnos de la muerte y no dudó aun cuando eso implicó entregar su vida, no fué tibio al respecto. (2 Timoteo 1:9) Esta acción fuerte que vimos, fue uno de los actos más amoroso de Dios con su pueblo, con los suyos, con nosotros mi casa, tu corazón mi casa será llamada casa de oración. Tu vida será llamada casa de oración. Todo lo que haces, todo lo que dices, todo lo que escuchas, todo lo que vez, todo lo que está a tu alcance todo será llamado casa de oración, de conexión con Dios.
Juan 2:18-22 «… Jesús les contestó: —Destruyan este templo, y en solo tres días volveré a construirlo». Esa herida, esa raíz de amargura, ese mal hábito que por años se fue construyendo en tu corazón, a Jesús le costó una cruz destruirlo, y hacer de vos, de tu vida, su casa. (1 PEDRO 2.4-5) Hoy necesitamos reconocer nuestra condición, y pedirle a Jesús que limpie todo lo que no nos pertenece y tome su lugar en nuestras vidas. (Jeremías 7.11) Luego de que Jesús limpiara el templo, se hizo lugar y los enfermos pudieron acercarse, la biblia relata que todos ellos fueron sanados.
¡Cuando podemos sacar de nuestras vidas todo lo que quiere ocupar el lugar de Dios, damos lugar a que los milagros sucedan, la vida de Dios y su bendición comienza a tomar lugar en nosotros!
REFLEXIÓN:
¿QUÉ COSAS NECESITO QUE JESÚS LIMPIE DE MI VIDA? Naturalizar aquello que no pertenece a lo que Dios pensó para nosotros solo nos limita. Reconocerlo es el primer paso.
¿ESTOY VIVIENDO COMO TEMPLO DE DIOS? Nuestra vida y cuerpo fueron diseñados para que Dios habite en nosotros. Dios nos salvó para que vivamos en plenitud con él porqué nos ama.
¿ESTOY DEJANDO QUE JESÚS LIMPIE MI VIDA? Quitar de nosotros todo lo que no viene de Dios hará lugar en nuestras vidas para recibir todo lo que el tiene para nosotros. ¡Los milagros comienzan a suceder!


