«No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre. Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros.» Juan 15:16-17
¿Cuánto no proyectamos al comenzar el 2025? Teníamos la expectativa de que muchas cosas pasarían. Dijimos con entusiasmo: «¡Éste va a ser mi año!» Sin embargo hoy, ya estando a más de la mitad del año, surge una pregunta: «¿Qué cosas realmente hemos concretado?», «¿Qué fue lo que perdimos de vista debido a las dificultades del día a día?».
A esta altura del año, es posible que simplemente estemos dejando que la vida siga su curso por inercia, sin detenernos a revisar si realmente estamos concretando lo que nos propusimos en enero. Nos cuesta prestar atención o, quizás, nos conformamos con no sumarnos más problemas. Pero las cosas sin resolver se van sintiendo cada vez más pesadas, porque siguen ahí, aunque intentemos ignorarlas.
Cantar de los Cantares 2:15 menciona la problemática de las «zorras pequeñas que arruinan la viña». Aunque este pasaje se refiere al ámbito de las relaciones, el principio que enseña es aplicable a muchas áreas de la vida. Sin darnos cuenta, vamos dejando situaciones sin resolver que, silenciosamente, pueden dañar nuestra vida: la falta de perdón, evitar conversaciones incómodas, postergar lo importante, el uso excesivo de redes sociales, la falta de tiempo en familia o la desatención a las cosas esenciales.
«¿Sé qué es lo verdaderamente importante?», «¿En qué estoy perdiendo fuerzas y qué cosas están ocupando mi atención?», «¿Qué me tiene pensando día y noche porque aún no lo he podido resolver?» «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6:21).
En Juan 15:16, Jesús nos da claridad sobre lo que Él considera importante y prioritario en nuestra vida. Dios tiene un plan definido para nosotros: Él nos escogió, nos dio una tarea y nos otorgó autoridad para cumplir su propósito. Hemos sido enviados a salir y hacer discípulos (Mateo 28:19-20).
EL INTERÉS DE DIOS ESTÁ EN QUE ACERQUEMOS A LAS PERSONAS A JESÚS. Pero muchas veces estamos distraídos y desgastados por situaciones no resueltas del día a día, que terminan robándonos la fuerza, las ganas y la felicidad.
El «fruto» del que habla Juan 15:16 también se refiere al carácter: nuestra manera de pensar, sentir y actuar frente a la vida. Ese fruto refleja nuestra fortaleza interior, coherencia y forma de ser. No es solo un resultado momentáneo, sino algo que perdura en el tiempo, producto de una vida entregada a Dios.
¿Cuánta atención le estoy dando a lo que estoy construyendo con Dios? Mateo 7:24-27 nos describe que aquel que escucha las palabras de Dios y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. En cambio, el que no lo hace, es como un hombre insensato que edificó sobre la arena. Ambas casas enfrentaron lluvias, crecientes y vientos, pero solo la que estaba sobre la roca permaneció firme.
Es necesario construir sobre bases sólidas si queremos resultados duraderos. Sin embargo, en ocasiones buscamos soluciones rápidas. Ahí recordamos el dicho: «Lo barato sale caro». Tendemos a tomar el camino fácil: aparentar una vida cristiana sin buscar realmente a Dios, tapar carencias con «buenas acciones», postergar lo incómodo, ignorar lo que nos confronta, evitar responsabilidades o esperar que otros hagan la tarea que Dios nos ha encomendado.
Nos frustramos porque no vemos resultados. Queremos los beneficios, sin sacrificio.
Dios nos está llamando a ir más profundo. Él tiene claridad sobre quiénes somos y cuál es Su propósito para nuestra vida. Nos lleva más allá, a producir frutos que permanezcan, a trabajar nuestro carácter, a hacernos cargo de las situaciones, a enfrentar la realidad, hablar y resolver a tiempo, pedir perdón y perdonar, dar la milla extra. En definitiva: a producir fruto verdadero, como amor constante, paciencia y una influencia positiva hacia quienes nos rodean.
Este fruto es evidencia de una vida conectada y transformada por Dios.
«Y así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre. Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros» (Juan 15:16-17).
En la oración encontramos todo lo que necesitamos. Por eso, es nuestra primera opción y no el último recurso. Jesús mismo nos asegura que, si buscamos hacer la voluntad de Dios, Él nos acompañará y mostrará el camino correcto.
¡Necesitamos prepararnos! Preparar nuestro corazón para ser enseñable y estar dispuesto (Salmo 86:11). Un corazón enfocado en Jesús y en Su propósito. No guiado por intenciones egoístas o vanidad, sino lleno de humildad, considerando a los demás como superiores a nosotros, no preocupándonos solo por nuestros propios intereses, sino también por los de los demás (Filipenses 2:3-4).
El enfocarnos en lo que realmente Dios quiere para nosotros vemos que eso siempre tiene que ver con los demás: que ellos puedan ver el carácter de Jesús reflejado en nuestra vida, a través del amor mutuo (Juan 15:17). Preparar nuestro corazón para buscar a Dios y dar fruto que permanezca, sin dejarnos llevar por las emociones o las rutinas, sino sabiendo administrar nuestras emociones y avanzar.
Buscar día a día la guía de Dios. No conformarnos y no postergar, pidiendo constantemente que nos examine y nos muestre si vamos por buen camino (Salmo 139:23-24).
REFLEXIÓN
¿QUÉ COSAS ESTOY POSTERGANDO O IGNORANDO QUE NECESITAN SER RESUELTAS?
A esta altura del año, es posible que simplemente estemos dejando que la vida siga su curso por inercia. Pero las cosas sin resolver siguen ahí, aunque intentemos ignorarlas. Estas pueden llegar a ser como las «zorras pequeñas que arruinan la viña» (Cantares 2:15). Sin darnos cuenta, vamos dejando situaciones sin resolver y si no le prestamos atención y no las resolvemos, éstas pueden silenciosamente dañar nuestra vida y desviando nuestro enfoque hacia lo que Dios nos aconseja.
¿ESTOY CONSTRUYENDO MI VIDA ALINEADO AL PROPÓSITO DE DIOS?
Es necesario construir sobre bases sólidas si queremos resultados duraderos (Mateo 7:24-27). Sin embargo, en ocasiones buscamos soluciones rápidas. Dios nos está llamando a ir más profundo. Él tiene claridad sobre quiénes somos y cuál es Su propósito para nuestra vida. Nos lleva más allá, a producir frutos que permanezcan, a trabajar nuestro carácter, a hacernos cargo de las situaciones, a enfrentar la realidad, hablar y resolver a tiempo, pedir perdón y perdonar, dar la milla extra. En definitiva a producir fruto verdadero que perdura en el tiempo.
¿MI CARÁCTER REFLEJA A JESÚS Y PRODUCIENDO FRUTO QUE PERDURE?
El «fruto» del que habla Juan 15:16 también se refiere al carácter: nuestra manera de pensar, sentir y actuar frente a la vida. Ese fruto refleja nuestra fortaleza interior, coherencia y forma de ser. No es solo un resultado momentáneo, sino algo que perdura en el tiempo, producto de una vida entregada a Dios. ¡Necesitamos prepararnos! Preparar nuestro corazón para ser enseñables y estar dispuestos a que Dios nos guíe (Salmo 86:11). Un corazón enfocado en Jesús y en Su propósito para que los demás puedan ver Su el carácter reflejado en nuestra vida, a través del amor mutuo (Juan 15:17).