«Todos ellos vivieron por la fe y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las miraron y les dieron la bienvenida desde la distancia. También confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria.» Hebreos 11:13-14
Qué difícil se nos hace esperar: en el banco, en el súper y hasta para que se caliente la comida. Vivimos en modo automático, todo lo queremos ya. Sin darnos cuenta, esa ansiedad del «todo ya» la trasladamos a nuestra relación con Dios. Oramos hoy y esperamos que el milagro llegue mañana. Y si no pasa rápido, nos frustramos y dudamos… hasta sentimos que Dios se olvidó.
Esperar no solo duele, también incomoda y nos complica. Porque entre la promesa y la respuesta puede pasar tiempo… días, meses o incluso años. Nos ha pasado: oramos por un milagro y no vemos nada, pedimos sanidad y el dolor sigue ahí. Esa espera no es pasiva ni tranquila; muchas veces viene con lágrimas, crisis y preguntas que nos rompen el alma. Como dice el Salmo 13: «¿Hasta cuándo, Señor , me tendrás en el olvido?»
LA ESPERA NOS COMPLICA Y NOS DUELE.
Sentirse cansados en la espera no es señal de debilidad. Es parte de ser humanos. Hay momentos en que sentimos que ya no podemos más, que fue demasiado, y terminamos resignándonos a vivir así: sin expectativas, sin fe, sin esperar nada de parte de Dios.
La Biblia nos muestra un patrón claro: muchas personas recibieron promesas de Dios, pero entre recibirlas y verlas cumplidas, atravesaron tiempos de espera, dolor y crisis. Y eso no es muy distinto a lo que vivimos nosotros hoy.
Hebreos 11 arranca con una definición poderosa: «la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». A partir de ahí, el autor nos lleva por un recorrido de personas que vivieron por esa fe: Noé construyó un arca sin ver lluvia. Abraham salió sin saber adónde iba, solo porque confiaba en lo que Dios había dicho. Sara creyó en un milagro cuando ya parecía demasiado tarde. José fue traicionado, vendido, olvidado… pero siguió creyendo.
Todos ellos y otros más que están en ese capitulo vivieron creyendo en promesas que no se cumplieron en vida, pero no dejaron de avanzar porque tenían la mirada puesta en lo que Dios había dicho Hebreos 11:13 dice «Más bien, las miraron y las saludaron desde lejos…»
LA FE NO NECESITA VER PARA CREER. CREE, Y POR ESO VE DISTINTO.
Los héroes de la fe no tenían las promesas en sus manos, pero las veían con los ojos de la fe. No se enfocaban en lo que faltaba, sino en lo que Dios ya había dicho que iba a hacer. Caminaron en fe, vivieron en fe y murieron en fe, porque su mirada no estaba puesta en lo que pasaba alrededor, sino en el Dios que todo lo puede.
Nuestro enfoque necesita estar en mirar con ojos de fe, y no en lo que nos falta o en lo que pudo ser, si no más bien en que Dios está con nosotros. Que aun cuando veamos o no veamos la promesa, Él sigue teniendo el control y sigue siendo fiel.
MUCHAS VECES CONFUNDIMOS ESPERAR CON QUEDARNOS QUIETOS.
Los héroes de la fe esperaron, pero no se quedaron quietos ni se desesperaron. La Biblia dice que «saludaron las promesas desde lejos», y eso no es resignación: es esperanza, pero también es acción.
Esperar no es quedarnos de brazos cruzados, es avanzar aunque no veamos resultados. Es seguir orando por nuestro milagro aunque nada cambie. Es orar por otros aunque nuestra respuesta no haya llegado. Es creer por otros, caminar con otros, abrazar incluso cuando somos nosotros quienes necesitamos el abrazo.
Caminar en la promesa no es caminar solos, es caminar con Dios y también con personas que creen con nosotros en este Dios real y fiel, más allá de la circunstancia. Noé no construyó el arca solo, Abraham no salió solo. Necesitamos caminar juntos, sosteniéndonos, ayudándonos a creer (Eclesiastés 4.9-12)
Los héroes de la fe vivieron como si la promesa pudiera cumplirse en cualquier momento. Porque confiaban en quién se las había dado. No se aferraban solo a la promesa, se aferraban al Dios que la dio.
Porque la verdadera esperanza no se apoya en un resultado, se apoya en el carácter de Dios. En el Dios todopoderoso, el que creó los cielos y la tierra, el que está presente y atento a cada una de nuestras necesidades.
Romanos 4:21 dice que Abraham estaba «plenamente convencido de que Dios tenía poder para cumplir lo que había prometido». Y para llegar a esa convicción, lo primero que necesitamos hacer es conocer a Dios. Solo así vamos a poder confiar de verdad, incluso cuando no vemos nada.
NECESITAMOS CONOCER A DIOS.
Para conocer a Dios, el primer paso es aceptarlo en nuestra vida y en nuestro corazón. Pero no se trata solo de un momento, sino de seguir creyendo, seguir permaneciendo en Él. Recordar que envió a su Hijo, Jesucristo, que murió y resucitó al tercer día para darnos vida, esperanza y eternidad.
Los héroes de la fe conocían a Dios. Sabían quién era. Sabían que no miente, no se olvida y no falla. Por eso no necesitaban ver para seguir creyendo. Números 23:19 lo dice claro: Dios no miente ni cambia de parecer, Él cumple lo que promete.
No alcanza con vivir de lo que otros dicen de Dios. Necesitamos conocerlo por nosotros mismos. Y eso lleva tiempo y una relación genuina con Él. Porque no vamos a tener una fe firme sin una relación real con Él. La buena noticia es que su amor y su verdad están disponibles las 24 horas. Solo necesitamos un corazón abierto y dispuesto.
LA FE Y EL MIEDO NOS PIDEN LO MISMO: CREER.
La fe actúa, no se queda en la pasividad (Santiago 2.17). El problema es que muchas veces nos paralizamos frente al miedo, la duda y el temor, pero vivir en fe no es pasividad. Porque la fe y el miedo nos piden lo mismo, que creamos en algo que todavía no sucede, pero solo que cambia el enfoque, la fe se aborda desde la esperanza y el miedo desde la duda.
TENER FE NO QUIERE DECIR QUE TENEMOS QUE RECIBIR TODO LO QUE DESEAMOS.
Muchas veces esperamos cosas que solo son deseos nuestros, no promesas de Dios. Y ahí es donde nos confundimos: condicionamos nuestra fe según lo que queremos, no según lo que Dios dijo. Pero la fe verdadera no se basa en lo que vemos, se basa en quién es Dios.
Aun cuando no veamos lo que esperamos, Dios sigue siendo real, sigue siendo fiel y sigue siendo poderoso. Y su promesa más grande no es una solución rápida, sino su presencia constante. Jesús dijo: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).
Incluso en las peores situaciones, Él está con nosotros. Y cuando la espera se hace larga o el dolor se vuelve fuerte, nuestra esperanza se puede alimentar de algo real: la memoria de lo que ya vivimos con Él, como dice el Salmo 77:11.
Dios nos dejó herramientas poderosas para sostenernos en la espera: la lectura, la oración y la comunión.
Leer la Biblia aviva nuestra esperanza cuando sentimos que todo se apaga, porque ahí está todo lo que Dios prometió, todo lo que hizo y todo lo que hará (Romanos 15:4). La oración es un acto de fe; es donde hacemos la diferencia. Nos recuerda que Dios tiene el control de nuestra vida. No importa lo que digamos, sino a quién le hablamos: al Dios Todopoderoso. Y la comunión, el caminar con otros, es vital. Por eso insistimos en los grupos de conexión: ahí nos animamos, compartimos la vida y muchas veces creemos con y por otros.
LOS HÉROES DE LA FE VIVIERON COMO SI EL CIELO REAL, Y LO ES.
Hebreos 11.13-14 continua diciendo «también confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria.»
Los héroes de la fe se llamaban a si mismos «peregrinos y extranjeros», es decir, que carecían de una ciudadanía, que estaban en un lugar que no era el propio, que estaban en tierras extrañas y vivieron creyendo en que el cielo era real, y lo es.
Nosotros también necesitamos vivir así, reconociendo y creyendo que nuestra identidad no está condicionada en lo pasajero, ni en lo momentáneo, si no que está en mirar mucho mas allá, en mirar futuro y mirar eternidad.
Aunque no entendamos todo y las respuestas tarden en llegar, Dios sigue siendo real y fiel. No perdamos la esperanza. La Biblia nos dice que Jesús sufrió la cruz por la alegría que tenía delante: la eternidad, la promesa cumplida (Hebreos 12:2).
ES SABER QUE SOMOS PEREGRINOS Y EXTRANJEROS DE ESTE MUNDO Y QUE HAY UNA ETERNIDAD QUE NOS ESPERA.
Si enfocamos la mirada en lo que pasa acá, en lo bueno o lo malo, no hallaremos paz. Esta vida es inestable, cambia de un momento a otro. Pero si levantamos los ojos hacia lo eterno, todo cambia. El sufrimiento presente no se compara con la gloria venidera (Romanos 8:18).
Cuando entendemos que la eternidad nos espera, vivimos seguros de que esta vida es pasajera. Dejamos de exigir a Dios que cumpla nuestros deseos y empezamos a pedir que cumpla su voluntad, su promesa, su propósito. Nuestra esperanza está en lo eterno.
La respuesta que esperamos no condiciona nuestra fe, porque Dios sigue siendo Dios, fiel, real y justo con nuestras vidas. Hoy recordamos esto: la fe es seguir creyendo cuando no hay respuesta, aun cuando duela. Es saber que Dios está en control, haya milagro o no. Es mirar más allá de lo que pasa hoy. Es vivir con los ojos puestos en la eternidad.
¡No perdamos nuestra esperanza, sigamos creyendo!
REFLEXIÓN
¿CONOZCO A DIOS DE VERDAD O SOLO HE OÍDO HABLAR DE ÉL?
A veces creemos que conocemos a Dios porque hemos escuchado mucho sobre Él, pero la verdad es que eso no basta para mantener una fe firme y viva. Conocer a Dios de verdad significa tener una relación personal con Él, algo que se construye cada día. No se trata solo de saber quién es Dios por lo que otros dicen, sino de experimentarlo, sentir su amor constante y su fidelidad que nunca falla.
¿ESTOY CREYENDO POR FE O POR MIEDO?
La fe y el miedo nos piden lo mismo: creer en algo que no vemos aún. Pero la diferencia está en dónde ponemos nuestra atención. El miedo nos paraliza, nos lleva a la duda y a la resignación. La fe nos impulsa a avanzar, a confiar y a esperar con esperanza. Enfrentar nuestras situaciones con fe significa elegir creer en el Dios que es fiel y poderoso, aunque no veamos aún la respuesta.
¿DÓNDE ESTÁ PUESTA MI ATENCIÓN?
Cuando nos enfocamos en los problemas y la falta de respuestas, perdemos la paz y crece la ansiedad. Pero si ponemos los ojos en Jesús y sus promesas, la esperanza renace y encontramos fuerzas para seguir. Él está con nosotros siempre y nos recuerda que somos peregrinos con una vida eterna esperándonos. Esa promesa nos sostiene y cambia cómo vivimos el presente, dándonos paz y confianza cada día.