«En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.» Hebreos 11.6 

 

Qué linda es la vida cuando todo sale fácil y rápido, cuando todo fluye sin problemas y todo encaja perfectamente. Pero estamos tan acostumbrados a que las cosas sean difíciles que, en lugar de disfrutarlo, muchos sienten ansiedad, pensando que algo malo debe estar por suceder.

Y ahí es cuando nos encontramos con la realidad: lo normal es que todo cueste, que haya trabas y que, muchas veces, todo se complique más de lo necesario.

Nos encontramos con obstáculos que nos impiden avanzar, que hacen que nuestros objetivos parezcan inalcanzables. Y muchas veces, ante la más mínima dificultad, nos cansamos y abandonamos.

Y cada persona reacciona de manera diferente: algunos lloran, otros se enojan, otros se quejan. Pero lo triste no es solo la reacción, sino que muchas veces terminamos aceptando que «no se puede».

En Lucas 19.1-10, encontramos la historia de Zaqueo, un hombre que también enfrentó impedimentos que intentaban frenarlo. Zaqueo era un recaudador de impuestos, rico y despreciado por su pueblo. Era considerado un traidor porque trabajaba para el imperio romano, y además cobraba de más para su propio beneficio, haciéndose así rico. 

Cuando Jesús llegó a Jericó, Zaqueo quiso verlo, pero se encontró con tres grandes impedimentos:

#1 IMPEDIMENTOS EXTERNOS: La multitud se interponía entre Zaqueo y Jesús, bloqueando su vista y su camino. No importaba cuánto lo intentara, su acceso estaba limitado.

#2 IMPEDIMENTOS INTERNOS: Además de la multitud, enfrentaba el rechazo de quienes lo despreciaban. No era cualquier cobrador de impuestos, era el jefe, y su riqueza se había construido a costa de su propio pueblo. Todos lo sabían y no lo querían ahí.

#3 IMPEDIMENTOS PERSONALES: Su baja estatura, aunque parecía un detalle menor, era un obstáculo real. No podía cambiarlo, y en medio de la multitud, le impedía ver a Jesús.

Y muchas veces vivimos como Zaqueo, enfrentando obstáculos que nos impiden ver quién es Jesús, conocerlo de verdad y ver su poder obrando en nuestra vida. Nos encontramos con impedimentos que nos limitan, nos detienen y nos hacen creer que no hay salida.

NUESTROS IMPEDIMENTOS PUEDEN SER REALES, GRANDES Y VERDADEROS, PERO POR MÁS CIERTOS QUE SEAN, NO SON UNA EXCUSA PARA ACEPTARLOS Y DEJAR QUE NOS LIMITEN.

Nuestros impedimentos no tienen el poder de impedirnos ver y descubrir lo que Dios tiene para nuestra vida. Cuando Zaqueo se encontró con obstáculos, no se quedó atrapado en el problema ni se resignó diciendo «no se puede». En lugar de aceptar la situación, se adelantó y corrió, porque su deseo de ver a Jesús era más grande que cualquier impedimento.

Muchas veces hacemos lo contrario. Vemos las dificultades, las aceptamos como definitivas y no hacemos nada para superarlas. Nos hemos confundido creyendo que esperar en Dios es lo mismo que quedarnos pasivos. 

CONFUNDIMOS ESPERAR EN DIOS CON PASIVIDAD.

Pero la pasividad no es fe. Ser pasivo significa no moverse, no actuar, quedarse en el mismo lugar esperando que las cosas cambien solas. Esperar en Dios no es sentarse a ver qué pasa. Si queremos ver cambios en nuestra vida, necesitamos dar pasos de fe, actuar y movernos.

La Biblia está llena de versículos que hablan de esperar en Dios, pero muchas veces hemos malinterpretado su significado.

Lamentaciones 3.25 nos dice «Bueno es el Señor con quienes esperan en él, con todos los que lo buscan.» Esperar no significa sentarse sin hacer nada y decir «que sea lo que Dios quiera». 

En la Biblia, «esperar» siempre está ligado a una acción: confiar y buscar. Buscar implica movimiento, intención, hacer todo lo necesario para provocar un cambio.  Pero hemos escuchado tantas veces la frase «espera en el Señor» que, sin darnos cuenta, la hemos convertido en sinónimo de pasividad.

En Éxodo 14.13-16, cuando Dios le dice a su pueblo «estén quietos», no les está diciendo que no hagan nada. En ese contexto, el pueblo estaba en posición de combate y el mensaje no era sobre pasividad, sino sobre no huir por miedo. Dios les dice que permanezcan firmes y confíen, pero inmediatamente después les da una instrucción clara: avanzar.

Repetimos ciertas cosas sin entender el contexto de lo que es esperar, porque esperar no tiene nada que ver con ser pasivo. Esperar en Dios es tener la certeza de que algo va a suceder y confiar en que Él tiene el poder para hacerlo. No significa rendirse ni bajar los brazos, sino permanecer firmes, sabiendo que Dios está obrando, aunque todavía no lo veamos. 

Es aprender a darle tiempo, a tener paciencia, porque las cosas no siempre pasan como queremos ni cuando queremos. Esperar en Dios nos enseña a confiar. Pero muchas veces, nos desesperamos y queremos todo ya, olvidando que Dios siempre actúa en el momento justo.

NECESITAMOS RECORDAR QUE LA RECOMPENSA ES CUANDO UNO EN FE, CREYENDO EN DIOS, SE MUEVE Y LO BUSCA.

Por eso, en Hebreos 11.6, la Biblia nos dice claramente: «Sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.» Y en Hebreos 11.1 nos recuerda: «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.»

La fe no se basa en sentimientos, en fábulas o en historias inventadas, sino en lo que Dios ha prometido. Creer en Él es confiar en su palabra, en lo que ha dicho y en lo que es capaz de hacer. Nuestra fe se alimenta y se potencia cuando sabemos lo que Dios nos ha prometido, pero la fe sin una acción es muerta como dice Santiago 2.26 «Pues, como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.»

Si no le creemos a Dios, es imposible agradarlo. Y todo lo que no le agrada es pecado, Hebreos 11:6 nos recuerda que los que se acercan a Él deben creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan.

Dios es un Dios que recompensa a quienes se mueven, buscan y salen de su comodidad. Él quiere hacernos bien, bendecirnos y darnos recompensa por nuestra fe y obediencia.

Sin embargo, quienes no creen, no buscan y no se mueven, tampoco ven la recompensa. Y muchas veces, en lugar de alegrarse por las bendiciones de otros, reaccionan con celos y envidia.

Esto ha llevado a muchos a callar lo que Dios hace en su vida, por miedo a la reacción de los demás.

ZAQUEO VIO UN IMPEDIMENTO, PERO SU DESEO DE VER A JESÚS FUE MÁS GRANDE Y POR ESO SE ADELANTÓ, CORRIÓ Y SE SUBIÓ A UN SICOMORO.

Al igual que Zaqueo, nos encontramos con un sin fin de impedimentos, que intentan frenarnos, limitarnos y que nos impiden ver a Jesús y recibir su recompensa.

El primer impedimento de Zaqueo era externo: La multitud se interponía entre él y Jesús.

Y vivimos así con impedimentos externos como: la falta de trabajo, de tiempo, de dinero o de recursos parecen barreras imposibles de superar. Pero lo que vemos es temporal, incluso las dificultades que atravesamos son pasajeras y momentáneas, como dice 2 Corintios 4.17-18.

El problema es cuando ponemos nuestra atención en los impedimentos y dejamos que tomen el control de nuestra vida. Terminamos dándoles más poder del que realmente tienen, y esto afecta nuestras decisiones y a nuestra fe, y lo que no hacemos con fe es pecado como afirma Romanos 14.23 Muchas veces hay cosas que no suceden porque no hay personas con fe que estén haciendo algo. El que no cree, no se mueve. Pero cuando hay fe, hay acción, y cuando hay acción, Dios responde.

El segundo impedimento de Zaqueo era interno: se sentía rechazado por todos.

Muchas veces, no son las circunstancias externas las que nos frenan, sino lo que cargamos dentro. El rechazo, los errores del pasado, la opinión de los demás o la comparación nos hacen creer que no somos suficientes o que no merecemos el amor de Dios.

Sin darnos cuenta, nos limitamos con pensamientos como «no puedo», «no valgo», «hasta acá llegué». Pero nuestro valor no lo define nuestro pasado ni lo que otros dicen, sino lo que Dios dice de nosotros.

El tercer impedimento de Zaqueo era personal: su baja estatura no le permitía ver a Jesús.

A simple vista, podría parecer un detalle menor, pero la Biblia lo menciona porque era un obstáculo real. No era su culpa ni algo que pudiera cambiar, simplemente una condición con la que debía vivir. Así como Zaqueo, muchas veces nos enfrentamos a limitaciones personales. Puede ser una condición física, la salud, la personalidad, la falta de preparación, la edad o incluso nuestra situación de vida. Son realidades que no podemos modificar, pero sí podemos decidir qué hacer con ellas.

La multitud ya era un problema, pero su estatura lo hacía aún más difícil. Sin embargo, Zaqueo no puso excusas ni se detuvo. Buscó la manera de ver a Jesús y lo logró. Nos toca hacer lo mismo. No podemos permitir que nuestras limitaciones nos frenen. Nos toca adelantarnos, actuar y buscar la manera de acercarnos a Jesús.

Todos queremos recompensas y premios, pero no todos estamos dispuestos a hacer lo necesario para recibirlos. Zaqueo se adelantó, corrió y buscó una solución. No aceptó sus impedimentos como una excusa, encontró la manera de ver a Jesús.

Hoy, muchos no pueden verlo porque simplemente aceptan los obstáculos y no hacen nada. Pero no se trata solo de actuar, sino de saber qué hacer. Zaqueo tomó una decisión: se adelantó, corrió y se subió a un sicomoro. No se conformó, encontró la forma de superar sus impedimentos.

UNA ACCIÓN ES LO QUE HACE LA DIFERENCIA.

Zaqueo se subió a un árbol y eso transformó su vida, trajo cambio y salvación para su casa. La Biblia nos dice que Jesús, aun rodeado de la multitud, se fijó en quien hizo algo diferente. Y que no solo lo miró, sino que lo llamó por su nombre y le dijo: «Zaqueo, baja enseguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.» Lucas 19.5

Hoy, muchos pierden oportunidades porque siguen postergando decisiones y dejando pasar el momento de actuar. La Biblia nos habla de personas que, en medio de la multitud, fueron vistas por Jesús. 

Había muchos enfermos, pero no todos los ciegos vieron, ni todos los cojos caminaron, ni todos los leprosos fueron sanados. Solo aquellos que tomaron acción y actuaron con fe fueron recompensados. Zaqueo decidió devolver lo que había tomado injustamente, porque las decisiones generan cambios, y buscar a Dios siempre nos lleva a buscar el bien (Lucas 19.8).

Una acción diferente es lo que hace la diferencia. Cuando encontramos la manera de acercarnos a Jesús, a pesar de nuestros impedimentos, es ahí cuando Él nos ve. Porque Dios recompensa a los que lo buscan (Hebreos 11.6).

Un simple árbol se convirtió en el medio para que Zaqueo se encontrara con Jesús. Porque una acción de fe hace la diferencia frente a cualquier impedimento.

No le demos más lugar a las excusas. Nuestra condición puede ser real, pero no puede impedirnos encontrarnos con Jesús.

Y no hay nada, ni nadie que pueda impedirnos acercarnos a Él.

 

 



¿ESTOY DEJANDO QUE MI ENTORNO O REALIDAD CONDICIONE MI VIDA?
Muchas veces, ponemos nuestra atención en lo que nos falta en lugar de enfocarnos en lo que podemos hacer. Nos convencemos de que la falta de dinero, de oportunidades o de tiempo es un límite definitivo, cuando en realidad Dios puede obrar más allá de nuestras circunstancias. La Biblia nos recuerda que lo que vemos es temporal y pasajero (2 Corintios 4.17-18). Pero si solo nos enfocamos en los impedimentos, les damos más poder del que realmente tienen y terminamos condicionando nuestra fe. Dios no nos llama a vivir limitados por lo que falta, sino a confiar en lo que Él puede hacer.

 

¿MIS LIMITACIONES ME ESTÁN DETENIENDO O ESTOY BUSCANDO UNA FORMA DE ACERCARME A DIOS?
Zaqueo no podía cambiar su estatura, pero sí podía decidir qué hacer con ella. Podía haberse quedado en la multitud, resignado a no ver a Jesús, pero eligió encontrar una solución: adelantarse, correr y subirse a un árbol. Muchas veces, nuestras limitaciones pueden parecer barreras inquebrantables. La edad, la salud, o nuestras circunstancias pueden hacernos sentir que no tenemos posibilidad de avanzar. Pero lo que no podemos cambiar no es excusa para quedarnos quietos. Lo que define el resultado es la decisión que tomamos frente a esas limitaciones.

 

¿QUÉ DECISIÓN DEBO TOMAR PARA HACERME VER?
Zaqueo tomó una decisión que lo llevó a encontrarse con Jesús. No esperó que todo se acomodara a su favor, sino que actuó. Jesús, aun rodeado de una multitud, se fijó en él porque hizo algo diferente. Si queremos que Dios obre en nuestra vida, necesitamos movernos en fe. No se trata solo de esperar, sino de actuar, de buscarlo, de tomar una decisión concreta para acercarnos a Él. Tal vez hoy la decisión es dejar las excusas, tomar un paso de fe, buscar más de Dios y no quedarnos estancados. Porque Dios recompensa a los que lo buscan.