«Un hombre llamado Ananías, con su esposa Safira, también vendió una propiedad. En complicidad con su esposa, se quedó con parte del dinero y puso el resto a disposición de los apóstoles. —Ananías —le reclamó Pedro—, ¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno? ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres, sino a Dios! Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Y un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido. Entonces se acercaron los más jóvenes, envolvieron el cuerpo, se lo llevaron y le dieron sepultura. Unas tres horas más tarde entró la esposa sin saber lo que había ocurrido. —Dime —le preguntó Pedro—, ¿vendieron ustedes el terreno por tal precio? —Sí —dijo ella—, por tal precio. —¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? —le recriminó Pedro—. ¡Mira! Los que sepultaron a tu esposo están a la puerta y ahora te llevarán a ti. En ese mismo instante ella cayó muerta a los pies de Pedro. Entonces entraron los jóvenes y, al verla muerta, se la llevaron y le dieron sepultura al lado de su esposo. Y un gran temor se apoderó de toda la iglesia y de todos los que se enteraron de estos sucesos.» Hechos 5.1-11
Vivimos en una sociedad obsesionada con mostrar y aparentar. Todo se publica, todo se presume: comida, ropa, viajes, éxito y espiritualidad. Pero nos hemos olvidado de algo muy importante, Dios no mira lo que miran las personas; Él mira el corazón. Aunque podamos impresionar a otros, a Él no podemos engañarlo.
1 Samuel 16.7 nos recuerda que «la gente se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en el corazón». Proverbios 21.2 nos dice que «el Señor juzga los corazones», y Proverbios 24.12 afirma que nada queda escondido delante de Él. Y es que Dios conoce nuestras intenciones más profundas; Salmos 44.21 dice que Él conoce «los secretos del corazón». Y aun así, muchas veces vivimos tratando de aparentar algo que no es verdadero.
VIVIMOS APARENTANDO, PERO DIOS NOS CONFRONTA CON NUESTRA REALIDAD.
Vivimos como si pudiéramos esconder cosas. Pero Dios ve lo íntimo, lo profundo, lo que nadie conoce. Y aun sin cámaras o redes sociales, la humanidad siempre buscó aparentar y mostrar algo que no era real.
Por eso Dios, que mira el corazón, siempre nos confronta con nuestra realidad. Muchas veces creemos que podemos engañar al que todo lo sabe, pero ahí es donde Él nos llama a sinceridad. Isaías 29.13 lo muestra con claridad: «Este pueblo se acerca a mí con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; su adoración es solo un mandamiento humano». Nos damos cuenta de que podemos caer en costumbres, formas, hábitos vacíos… y perder el corazón verdadero.
Jesús también expuso y habló con fuerza a quienes querían demostrar algo que no era real en Mateo 23.1-37. Los llamó hipócritas: personas que fingen una cualidad que no tienen, que representan una imagen que no coincide con su vida. La hipocresía es justamente fingir algo que no vivimos; aparentar es crear una imagen falsa para que otros la crean. Él dice que los fariseos:
- BUSCAN SER VISTOS (Mateo 23.5): todo lo hacen para llamar la atención; incluso usaban adornos religiosos para ser notados.
- AMAN LOS PRIMEROS LUGARES (Mateo 23.6): quieren honor, importancia y protagonismo.
- DESEAN TÍTULOS Y RECONOCIMIENTO (Mateo 23.7-10): buscan saludos, admiración y trato especial.
- SE ENALTECEN A SÍ MISMOS (Mateo 23.12): buscan verse grandes, pero delante de Dios eso no sirve; el que se humilla es exaltado.
- CIERRAN LA PUERTA DEL REINO, IMPIDIENDO QUE OTROS LLEGUEN A DIOS (Mateo 23.13): no entran ellos y tampoco dejan entrar.
- HACEN DISCÍPULOS PEORES QUE ELLOS (Mateo 23.15): multiplican religiosidad, no vida.
- SON GUÍAS CIEGOS (Mateo 23.16): enseñan, pero sin ver lo esencial.
- VALORAN LO MATERIAL POR ENCIMA DE LO SAGRADO (Mateo 23.17-18): priorizan lo externo sobre lo eterno.
- CIEGOS PARA DISTINGUIR LO IMPORTANTE (Mateo 23.19-22): se pierden en detalles y descuidan lo que realmente vale.
- DIEZMAN LO MÍNIMO PERO DESCUIDAN JUSTICIA, MISERICORDIA Y FIDELIDAD (Mateo 23.23-24): cumplen reglas, pero no el corazón de Dios.
- LIMPIOS POR FUERA, SUCIOS POR DENTRO (Mateo 23.25-26): mantienen imagen, pero no integridad.
- SEPULCROS BLANQUEADOS (Mateo 23.27-28): hermosos por fuera, vacíos por dentro.
- HONRAN A LOS PROFETAS MUERTOS PERO RECHAZAN A LOS VIVOS (Mateo 23.29-32): honran el pasado, pero no escuchan lo que Dios quiere hacer ahora.
CUANDO LA APARIENCIA SE INSTALA, CUANDO LO IMPORTANTE ES LO QUE SE VE… TARDE O TEMPRANO LLEGA EL AUTOENGAÑO.
La Biblia también dice que nada escapa a la vista de Dios (Hebreos 4.13). Podemos engañar apersonas o incluso engañarnos a nosotros mismos, pero no al Espíritu Santo. Y Gálatas nos advierte que de Dios nadie se burla; cada uno cosecha lo que siembra (Gálatas 6.7-10), es decir, nuestras acciones siempre van a tener resultados.
El problema es que muchas veces hemos creído en un evangelio duro, condenador, el cual nos lleva a vivir una vida muy amarga, donde todo es pecado. Como también el otro extremo donde todo es valido, todo es permitido, y nos justificamos con que Dios es amor.
Dios es amor, sí, y quiere lo mejor para nosotros. Pero también es fuego consumidor (Hebreos 12.28-29; Deuteronomio 4.23-24). Y es que Jesús vino a salvarnos, no a condenarnos (Juan 3.16-21). Él nos rescató de la oscuridad, pero si elegimos quedarnos en lo oculto, no arrepentirnos o seguir actuando a medias, nos hacemos daño solos.
En Hechos 5, Ananías y Safira intentaron aparentar una entrega que no tenían. Vendieron un terreno, se quedaron con una parte y entregaron el resto como si fuera todo. El problema no fue el dinero. Pedro les dijo que el terreno era suyo y que no estaban obligados a vender ni a entregar todo (Hechos 5.4). El problema fue la mentira, la apariencia y la búsqueda de reconocimiento sin sinceridad.
CUANDO ALGO NO SURGE DE UN CORAZÓN GENUINO, NO SIRVE PARA NADA.
Jesús ya había enseñado que cuando damos, no lo hacemos para ser vistos (Mateo 6.1-4). Hacer algo sin el corazón correcto no sirve. Que Ananías y Safira se quedaran con una parte también mostraba un corazón que desconfía, un corazón que ya no tiene la seguridad en Dios, sino en algo que creo que tiene el poder para sostenernos.
PERO CUANDO CAMINAMOS CON DIOS, DESCUBRIMOS QUE DAR ES PARTE DE NUESTRA VIDA.
El dar, el compartir y el vivir provocando un corazón de generosidad, es parte de la vida del creyente. Por eso en nuestras reuniones aparte de cantar, tenemos un tiempo para dar, porque hemos entendido el corazón de Dios. Damos porque Dios dio primero.
Damos porque imitamos el corazón de Dios. No damos por obligación; damos porque Él se entregó por completo por nosotros.
Noviembre es el mes de Nuestra Causa, porque se puede dar sin amar pero no se puede amar sin dar. Creemos que el dar y ser parte de la causa de Jesús y del evangelio es un privilegio. No queremos ser una iglesia egoísta, sino que somos intencionales en dar por amor a otros.
Dar habla de confianza, de fidelidad, de prioridad, de adoración. Damos porque hacemos parte de algo más grande que nuestra vida individual: la causa de Jesús.
EL EVANGELIO SE TRATA DE OTROS.
2 Corintios 9.6-8 nos recuerda que Dios ama al que da con alegría. Y nosotros queremos vivir con esa actitud. No damos de lo que sobra; damos como prioridad. No damos para cumplir; damos para participar del propósito de Dios en la vida de otros. Otros dieron antes para que nosotros hoy estemos acá. Y ahora queremos entregar lo que somos y lo que tenemos para que muchos más conozcan el amor de Jesús.
DAR NO HABLA DE QUE ESTEMOS BIEN, PERO NO DAR HABLA DE QUE ALGO NO ESTÁ BIEN EN NOSOTROS.
Hay muchos que dan por costumbre y aun no entendiendo porque dan. Dar no habla de estar bien espiritualmente o que hemos comprendido todas las cosas, pero si, cuando alguien no da eso habla de que hay algo en el corazón que no esta funcionando bien. Es por eso que dice la palabra que cuando Ananías y Safira cayeron muertos, los jóvenes entraron en acción. Y nosotros vemos algo clave acá: los jóvenes siempre fueron fundamentales en lo que Dios quiere hacer en su iglesia. Creemos que los jóvenes son los que van a levantar, limpiar, sacar lo muerto, las apariencias y todo lo que no sirve, para que Dios pueda hacer mucho más.
UN GRAN TEMOR SE APODERÓ DE TODOS.
Ananías y Safira no murieron por no dar todo, sino por mentir a los hombres y a Dios. Y al ver esto, un gran temor se apoderó de todos. El temor de Dios no es miedo o pánico; es reconocer quién es Él y vivir en consecuencia. Habla de reverencia, respeto y profunda admiración. La Biblia lo dice así: el temor del Señor es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina (Proverbios 1.7).
Muchas veces no nos damos cuenta, pero podemos estar jugando con Dios, pensando que podemos engañarlo. Toleramos lo que está mal, hacemos cosas a medias, seguimos en oscuridad, participamos y permitimos cosas que no son buenas. Nos acostumbramos a vivir con eso y creemos que no pasa nada porque «Dios es amor». Pero cuando la iglesia vio que Ananías y Safira cayeron muertos, todos entendieron que Dios es un Dios de misericordia y amor, pero que no podemos jugar con su presencia.
NECESITAMOS ENTENDER QUE LA IGLESIA NO SON APARIENCIAS, DIOS BUSCA CORAZONES SINCEROS.
Ananías y Safira murieron porque Dios necesitaba dejar claro que Él es bueno, pero aborrece el pecado. Sí, Dios nos ama… pero ama al pecador y aborrece el pecado.
Seguir a Jesús no es algo secundario. No es costumbre ni apariencia. Seguirlo demanda decisiones y prioridades. El problema no son nuestros errores, el problema es cuando los ocultamos y mostramos algo que no es real. Dios no busca nuestra perfección: busca todo nuestro corazón.
David entendió esto. Él sabía que había fallado gravemente: lastimó a una familia, tomó decisiones desde el orgullo y trató de encubrirlo. Pero cuando Dios lo confrontó, él no mintió. No maquilló nada. No se justificó.
David dijo: «Contra ti he pecado… tú amas la verdad en lo íntimo… purifícame y quedaré limpio… crea en mí un corazón limpio… renueva un espíritu firme dentro de mí… no me quites tu Santo Espíritu… devulveme la alegría de tu salvación» (Salmos 51.3-12).
Esa sinceridad es lo que Dios busca. David también dijo: «El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú no desprecias al corazón arrepentido» (Salmos 51.17).
Esa es la diferencia entre David y Ananías y Safira: cuando fueron confrontados, ellos mintieron; David reconoció. Él pidió perdón y ser limpiado. Y cuando Dios encuentra un corazón así, ese corazón no puede dejar de entregarse.
Eso es lo que Dios valora: sinceridad, humildad y un corazón real. Y Dios, que todo lo sabe, nos conoce de principio a fin. Así lo expresa la Palabra en Salmos 139. Él conoce nuestros pensamientos, nuestros caminos, nuestra historia y cada rincón de nuestra vida. Y nos invita a dejar que Él examine nuestro corazón.
Por eso hoy elegimos darle toda nuestra vida a Jesús. No queremos vivir desde la apariencia. Queremos vivir desde la verdad, con un corazón íntegro y sincero delante de Dios.
REFLEXIÓN
¿QUÉ ESTOY MOSTRANDO QUE NO ES REAL?
A veces vivimos sosteniendo una imagen que no representa lo que realmente somos. Nos preocupamos por cómo nos ven, pero Dios mira más profundo: mira el corazón. Cuando tratamos de aparentar algo espiritual que no vivimos, nos vaciamos por dentro. Lo que necesitamos es volver a la verdad, porque Dios no quiere una versión editada de nosotros… quiere lo real, lo sincero, lo que nace del corazón.
¿EN QUÉ ÁREA DE MI VIDA ME ESTOY AUTOENGAÑANDO?
Nos autoengañamos cuando justificamos actitudes que sabemos que no están bien, cuando hacemos lo justo para cumplir, o cuando pensamos que nadie nota lo que escondemos. Podemos engañar a otros y hasta engañarnos a nosotros mismos, pero Dios ve lo que pasa adentro, y su verdad siempre busca liberarnos, no acusarnos. Reconocer dónde nos estamos mintiendo es el primer paso para recuperar fuerza, claridad y dirección.
¿QUÉ DECISIONES NECESITO TOMAR PARA VIVIR CON COHERENCIA Y VERDAD?
Lo que realmente hace la diferencia no es hacer todo perfecto, sino ser sinceros delante de Dios. Necesitamos dejar de esconder lo que nos pasa y hablar con Él con la misma honestidad que tuvo David. No honramos a Dios por miedo, sino porque vivimos conscientes de quién es Él y queremos caminar de manera real, con un corazón dispuesto a cambiar y a dejar que Él trabaje en nosotros.
