«Escribe al ángel de la iglesia de Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el soberano de la creación de Dios: Conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca. Dices: “Soy rico, me he enriquecido y no me hace falta nada”; pero no te das cuenta de cuán infeliz y miserable, pobre, ciego y desnudo eres tú. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; además, colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo. Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono, como también yo vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias».» Apocalipsis 3:14-22
Cuando recibimos un mensaje, no lo ignoramos: lo abrimos, lo leemos, porque sabemos que alguien quiere decirnos algo. Por eso comenzamos una nueva serie llamada TENÉS UN MENSAJE, donde vamos a profundizar en Apocalipsis 2 y 3, un pasaje en el que vemos a Jesús hablar y dar siete mensajes a siete iglesias diferentes: a la iglesia de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Hoy es el mensaje a la iglesia de Laodicea.
Hay una frase muy conocida que dice que «el que no arriesga, no gana». Todos queremos ganar, ver resultados y bendición pero sin arriesgar nada. Queremos ganar pero sin esfuerzo ni sacrificio. Queremos resultados sin tomar decisiones. Queremos recompensa pero sin compromiso. Queremos todo pero no entregando nada. Y todos queremos al Jesús que bendice, pero pocos quieren al Jesús que confronta.
Todos quieren al Jesús que multiplica, que sana, que rescata y que prospera, pero no todos quieren al Jesús que te mira a los ojos y te dice la verdad. No porque no nos ama, sino porque nos ama demasiado como para dejarnos en la misma condición.
Todo el ministerio de Jesús estuvo marcado por un amor profundo hacia las personas pero también por una verdad que confronta, y hoy sigue haciendo lo mismo. Vivimos en una cultura donde todo debe ser validado y tolerado menos la verdad que expone al corazón. Y en ese contexto, Jesús no sería políticamente correcto porque lo que habla es incómodo, cuestionado y resistido. Jesús no encaja en una cultura de aprobación porque Él vino a transformar nuestras vidas.
HAY 7 COSAS QUE JESÚS CONFRONTÓ.
#1 JESÚS CONFRONTÓ EL PECADO OCULTO. En Juan 4:16-18 vemos que Jesús se acercó a una mujer samaritana que estaba buscando agua, pero estaba viviendo en pecado. Él no humillo a la mujer y no la expuso para avergonzarla, pero tampoco maquillo la verdad. La confrontó con precisión y fue directo al área que ella quería evitar.
Jesús no evita el tema incómodo y no rodea el problema. Él toca lo que nadie quiere tocar y habla lo que nadie quiere decir. Podríamos pensar que no hay amor, pero Jesús no vino a condenarnos. El amor verdadero no ignora el pecado, busca solucionarlo, perdonarnos y restaurarnos (Juan 3:16-21).
Hoy Jesús nos confronta con nuestro pecado, llevándonos a preguntarnos cuál es ese pecado que nos mantiene lejos de Él.
#2 JESÚS CONFRONTÓ LA CORRUPCIÓN. En Juan 2:13-17 vemos que cuando Jesús llega a Jerusalén para celebrar las Pascuas, encontró a personas que vendían dentro del Templo. Él entró e interrumpió el sistema y dijo «¡No conviertan la casa de mi Padre en un mercado!» (Juan 2:16).
Fue un acto violento contra la corrupción espiritual. Así también hoy Jesús nos confronta a nosotros llevándonos a preguntar si nos tomamos las cosas de Dios livianamente.
3# JESÚS CONFRONTÓ LA HIPOCRESÍA. En Mateo 23:27-28 y Juan 8:44 vemos que Jesús llamó a los religiosos «hipócritas» y «sepulcros blanqueados», porque lucían hermosos por fuera pero por dentro están muertos. Y es que la hipocresía es solo apariencia. Pero no solo eso, sino que los llamó «hijos del diablo». Jesús fue más duro con los religiosos que con los pecadores, porque el pecador sabe y reconoce que está mal, pero el hipócrita cree que está bien y se engaña a si mismo, pensando que puede engañar a Dios también.
Hoy Jesús nos confronta a nosotros preguntándonos si estamos siendo sinceros con Él y cómo está nuestro corazón delante de Él.
#4 JESÚS CONFRONTÓ LA AUTOSUFICIENCIA. En Marcos 10:17-22 vemos que un joven rico se acercó a Jesús preguntándole que debía hacer para heredar la vida eterna. Y es que este joven había cumplido con los mandamientos desde que era niño, estaba acostumbrado a hacer para merecer. Pero Jesús le toca lo que más le duele, le pide que venda todo lo que tiene para dárselo a los pobres y seguirlo a Él. Y es que el problema no era el dinero, porque Jesús lo confrontó con aquello que estaba en su corazón y lo que más amaba (Mateo 6:21).
Jesús lo miró y lo amó, porque la confrontación de Jesús siempre viene desde el amor. Pero este joven se fue triste, porque muchos quieren a Jesús pero no quieren soltar lo que los ata. Y con esto nos confronta Jesús hoy, preguntándonos qué es lo que estamos amando más que nos está atando para seguir a Jesús.
#5 JESÚS CONFRONTÓ EL EGOÍSMO. En Mateo 16:21-23 vemos que Pedro intentó evitar la cruz, diciéndole a Jesús que eso jamás le pasaría, pero Él reprendió a la influencia detrás de esa mentalidad. Jesús confrontó pensamientos que parecían buenos, pero que eran de tropiezo porque solo buscaban un beneficio personal.
A veces lo que nos frena no es un pecado evidente sino una mentalidad cómoda y falta de visión. Priorizamos nuestra vida y perdemos de vista a Jesús y la salvación de otros. Hoy Jesús nos confronta preguntándonos si estamos pensando egoístamente o estamos dando nuestra vida por Jesús y para que otros lo conozcan (Santiago 4:4-6; Mateo 16:25).
#6 JESÚS CONFRONTÓ A QUIENES LO SEGUÍAN POR CONVENIENCIA. En Lucas 14:25-35 vemos que la multitud lo seguía y Jesús les dijo que el que no toma su cruz, el que no renuncia a todo, no puede ser su discípulo. Jesús no bajo el estándar para retener a las personas, sino que lo elevó para filtrar el compromiso.
Jesús no estaba interesado en tener seguidores, fans o likes. Lo que Él busca es formar discípulos que tomen la decisión de seguirlo. Hoy Jesús nos confronta preguntándonos si estamos siguiendo a Él o somos simples espectadores que miran de lejos sin compromiso.
#7 JESÚS CONFRONTÓ LA TIBIEZA. En Apocalipsis 3:14-16 vemos que Jesús confronta a la iglesia de Laodicea. Jesús se presenta como el «Amén, el testigo fiel y verdadero, el soberano de la creación de Dios». Él es la verdad, el que tiene autoridad absoluta, no es un ser creado sino el origen de todas las cosas, es digno de confianza, ve y habla con verdad.
Si los mensajes a las iglesias de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis y Filadelfia son fuertes, el mensaje a la iglesia de Laodicea es el más fuerte de todos, porque su error era el más peligroso.
Jesús les dice que no eran ni fríos ni calientes, sino tibios. No eran ni una cosa ni la otra. El «frío» es el que está lejos de Dios y lo sabe. No finge, no aparenta y no se disfraza porque es honesto y no hay hipocresía en él. El «caliente» es el que es apasionado, lleno de fe y coherente. Su corazón arde, vive rendido, depende, busca y tiene hambre de Dios, sus acciones están alineadas con su creencia.
Pero el «tibio» es el que está cerca pero no entregado ni rendido. No es rebelde, no es apasionado sino indiferente, y eso es lo que más peligroso que tiene, porque el frío puede arrepentirse y el caliente permanece. Por eso dice el Señor en Apocalipsis 3:16 «(…) estoy por vomitarte de mi boca», porque le produce rechazo porque el tibio cree que está bien y el que cree que está bien… no cambia.
EL MAYOR ENEMIGO DE NUESTRAS VIDAS ES SENTIRNOS AUTOSUFICIENTES.
La iglesia de Laodicea era tibia porque creían que no necesitaban nada y que podían solos. Confiaban en quienes eran ellos, se sentían fuertes en sus capacidades y ricos porque contaban con recursos. Pero el mayor enemigo en nuestras vidas no es el pecado, sino el sentirnos autosuficientes y que no tenemos ninguna necesidad (Apocalipsis 3:17; Jeremías 17:5-8).
Cuando dejamos de sentir necesidad, dejamos de depender. Cuando creemos que podemos solos, dejamos de buscar. Cuando nos alcanza con lo que tenemos, dejamos de arder. Y esta es la raíz del problema, que no era falta de Dios, era exceso de «yo».
El problema de la iglesia de Laodicea nunca fue que no creían en Dios, el problema es que querían a Dios pero sin perder ellos el control. Querían vida eterna pero no querían rendirse, querían todo pero sin dejar nada. Y es que el problema de la autosuficiencia es creer que podemos vivir y hacer todo sin Dios.
No queremos reconocer lo que Jesús dijo en Juan 15:5, de que separados de Él no podemos hacer nada. Porque Dios puede trabajar con el frío, porque sabe que necesita de Él. Dios puede trabajar con el caliente porque es aquel que su corazón arde por Él. Pero el tibio cree que está bien, y ese es el problema.
Cuando alguien cree que está bien y que no necesita nada, deja de buscar de Dios. No se deja corregir, guiar ni enseñar. El tibio cree que está bien con Dios porque va a la iglesia o es buena persona, y esa autosuficiencia es un muro impenetrable para la gracia.
LA AUTOSUFICIENCIA PRODUCE INDIFERENCIA.
Ser indiferentes es adoptar una postura de apatía voluntaria frente a algo que en realidad si es importante. No es ignorancia o duda, es saber… pero no darle valor. En lo espiritual, la indiferencia es más peligrosa que la rebeldía, porque el que se opone por lo menos reacciona. Pero el indigente no responde, no lucha contra Dios sino que simplemente vive como si Dios no fuera necesario.
La indiferencia es una fe sin dependencia, una relación sin búsqueda y una verdad revelada que dejó de afectar nuestra vida. Sabemos que Jesús murió por nosotros, que nos rescató del pecado, que nos compró con su sangre, que Él es el Señor y Rey. Lo sabemos, porque no hay un rechazo a Dios, pero tampoco hay hambre de Él. Y uno va endureciendo su corazón a Dios y a su presencia. Nos acostumbramos y perdemos el valor de lo santo haciéndonos peor que un incrédulo o ateo (2 Pedro 2:21-22).
Donde ya no hay necesidad, la gracia y la salvación deja de ser valorada. Hay más esperanza para un frío que para un tibio, porque el frío sabe que está lejos, pero el tibio tiene tanta religión como para adormecer la conciencia con una falsa seguridad, pero no suficiente como para salvar el alma.
«SÉ FERVOROSO».
La confrontación no es rechazo, es amor. Hay quienes ven la confrontación com algo malo o negativo. Pero si Jesús nos habla, es porque todavía hay esperanza. Si nos incomoda, es porque todavía quiere transformarnos y porque su Espíritu Santo está obrando en nuestras vidas (Juan 16:8-11).
Apocalipsis 3:19 «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y arrepiéntete.»
En otra versión, en vez de «fervor» se usa «diligente». Y es que habla de intensidad, entusiasmo, dedicación, interés o empeño con que buscamos a Dios. No habla de emociones, que duran un momento, nos habla de una pasión y decisión sostenida en el tiempo. Es vivir rendido con un corazón apasionado y entregado a Dios.
A pesar de ser un mensaje que puede ser tomado como duro o confortativo, Jesús termina su mensaje diciendo que está a la puerta y nos extiende una invitación con el fin de recuperar la relación con nosotros. Él no quiere una relación tibia o protocolar, sino la máxima amistad y comunión (Apocalipsis 3:20).
¡SEGUÍ VINIENDO!
La iglesia es una experiencia que se construye domingo a domingo. Creemos en la importancia de permanecer y caminar juntos. Cada domingo se basa en el siguiente y es una oportunidad única para crecer en nuestra fe y para comprobar cómo Dios cambia nuestra vida.
REFLEXIÓN
¿CON QUÉ ME ESTÁ CONFRONTANDO JESÚS HOY?
Todos quieren al Jesús que multiplica, que sana, que rescata y que prospera, pero no todos quieren al Jesús que te mira a los ojos y te dice la verdad. No porque no nos ama, sino porque nos ama demasiado como para dejarnos en la misma condición.
¿ESTOY SIENDO AUTOSUFICIENTE?
El problema de la iglesia de Laodicea nunca fue que no creían en Dios, el problema es que querían a Dios pero sin perder ellos el control. Querían vida eterna pero no querían rendirse, querían todo pero sin dejar nada. Y es que el problema de la autosuficiencia es creer que podemos vivir y hacer todo sin Dios.
¿ESTOY SIENDO FERVOROSO EN MI RELACIÓN CON DIOS?
Jesús termina su mensaje diciendo que está a la puerta y nos extiende una invitación con el fin de recuperar la relación con nosotros. Él no quiere una relación tibia o protocolar, sino la máxima amistad y comunión (Apocalipsis 3:20).
