JUNTOS SOMOS IGLESIA


«Por eso yo, que estoy preso por la causa del Señor, les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos.» Efesios 4:1-6

 

 

Hoy está mal visto hablar de una sociedad. Cualquiera que alguna vez haya formado una, seguramente escuchó algún comentario negativo al respecto. Hay varios que han tenido malas experiencias, y otras veces somos nosotros mismos quienes las generamos.

Muchas sociedades empiezan con un plan en común y un objetivo claro, pero cuando aparece el riesgo o las cosas no salen como se esperaba, ese acuerdo se rompe y cada uno actúa por su cuenta.

En el pasaje de Efesios 4:1-6, Pablo no está hablando de una sociedad, sino de unidad. Es muy interesante cómo estas cosas pueden parecer casi iguales, pero son muy distintas.

Una sociedad es creada por dos o más personas que se organizan para llegar a un interés común. Personas que quizás no se conocen y son socios accionistas que compran partes de una misma empresa, pero no se conocen las caras.

La sociedad se rompe con facilidad cuando se pierde el acuerdo, cuando cada uno empieza a buscar su propio interés, cuando se rompe la confianza, cuando aparecen conflictos que nadie quiere resolver y cuando ya no hay un propósito en común.

Pero la unidad de la que Pablo habla es mucho más que una simple sociedad. Es ser uno, de un solo sentir, una sola forma. Es compartir la misma vida y no solo un proyecto. Es que Jesús sea el único centro. Es pertenecer a algo más grande que uno mismo, la iglesia.

LA UNIDAD NO ES ALGO QUE PODAMOS PROVOCAR O FORZAR.

La unidad es algo sobrenatural que no se crea con acuerdos ni intereses parecidos. No proviene de nosotros, sino que es algo que provoca Jesús.

Si la unidad tuviera que nacer de nosotros, estaríamos en problemas. Porque todos tenemos intereses distintos y diferentes maneras de hacer las cosas… y todos pensamos que lo hacemos mejor que el otro.

Somos muy buenos y rápidos en detectar todo lo que no nos gusta del otro. La realidad es que a nadie le gusta la idea de estar al lado de alguien que piensa, habla, actúa distinto o incluso que viva una etapa de la vida diferente a la nuestra.

Pensamos que la única posibilidad de «soportar» la unidad es rodeándonos de personas que estén en acuerdo con todo lo que decimos, hacemos o pensamos. Porque si no es así, «no es de Dios».

Cuando algo no nos gusta y confronta nuestro carácter, sentimos incomodidad. Nos hacemos los espirituales y empezamos a pedir dirección a Dios. Pero la única dirección que queremos es estar muy lejos de esa persona.

Vivimos el día a día, el trabajo, la familia, y cada ámbito donde estamos seleccionando con quién sí y con quién no. Y es ahí donde hay más de media familia con la que no compartimos porque sus formas no son como la nuestra.

Imponemos nuestra manera y estamos dispuestos a morir en nuestras formas y opiniones, estemos o no en lo correcto. Bloqueamos a personas en nuestras redes sociales, renunciamos a trabajos y dejamos de compartir con familiares.

Creemos que los demás tienen que amoldarse a nosotros. Pero no se trata de formas, sino de cómo Dios quiere que seamos.

NUESTRA TAREA ES MANTENER LA UNIDAD.

No somos nosotros quienes decidimos con quién, pero tenemos la tarea de esforzarnos en mantenerla. Es necesario ser humildes y reconocer lo bueno en los demás (Filipenses 2:3). Somos amables, porque de esta forma mostramos el amor que Dios tiene por nosotros (Efesios 4:32). Cuando somos pacientes con otros, estamos teniendo la misma paciencia que recibimos de Dios (1 Corintios 13:4). Cuando somos tolerantes en amor, hablamos de que el amor sobrepase el error (Romanos 12:10).

Actuar de esta manera por nuestras fuerzas es una tarea imposible. Poder actuar de la manera que describe Pablo es posible si dejamos nuestra manera de pensar, nuestro orgullo, ego y humanidad de lado para disponernos a que Jesús controle nuestras vidas y emociones.

SIN ESTAR ALINEADOS CON JESÚS, JAMÁS PODREMOS VIVIR EN UNIDAD.

El Espíritu Santo provoca el deseo eterno en nosotros de vivir de esa manera. La unidad me habla de la importancia de no estar solo, de buscar personas que me acerquen a Jesús y con las que pueda compartir vida.

Eclesiastés 4:9-10 «Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante!»

Siempre hablamos que estar solo es una muy mala decisión. Podemos estar rodeados de muchas personas pero no estar en unidad, y en realidad estar solo.

El ir acompañado no es la cantidad de personas con las que hablas o los seguidores en redes sociales. Tiene que ver con con cuántas personas hoy estamos abriendo el corazón, en cuántas personas nos apoyamos para levantarnos y cuántas conocen nuestras luchas más íntimas y reales.

Es fácil compartir cosas superficiales, pero las importantes cuestan. Vivir en unidad nos deja disfrutar de confianza porque podemos abrir nuestra vida sin miedo. Vivimos en seguridad porque sabemos que no nos van a soltar. Somos edificados y crecemos porque otros nos empujan a Cristo. Somos restaurados porque cuando caemos, no nos descartan.

Vivimos en paz porque no hay tensión ni competencia constante. Hay un compromiso, porque dejamos de pensar en nosotros mismos. Tenemos pertenencia porque no somos un invitado más. Vivimos en libertad porque podemos ser tratados y transformados sin escondernos.

EL PROBLEMA NO ES CONFIAR EN LAS PERSONAS, SINO EN APARTAR NUESTRO CORAZÓN DEL SEÑOR.

Algunos, ante esto, piensan que es imposible vivir en unidad por el versículo de Jeremías 17:5 «Así dice el Señor: «¡Maldito aquel que confía en los hombres, que se apoya en fuerzas humanas y aparta su corazón del Señor!».

El peligro de malinterpretar este pasaje es muy alto, porque nuestra mirada no está en la persona en sí, sino en lo que Dios hace por medio de nosotros. El error sería que pongamos a las personas en el lugar que le corresponde a Dios.

No queremos poner nuestra confianza en las personas, pero Dios usa a personas para sostenernos. Esto no es simplemente lo que otros tienen que hacer conmigo, porque la unidad se mantiene entre todos.

Juan 15:5-6 «Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada. El que no permanece en mí es desechado como rama inútil y se seca. Todas esas ramas se juntan en un montón para quemarlas en el fuego»

Jesús nos llamó a vivir en unidad con Él, no en sociedad. Juntos somos mejores si permanecemos en Él. Cuando dejamos de lado nuestros intereses, formas y permitimos que nuestro corazón sea el de Jesús, todo cambia por completo y empezamos a ver distinto.

JUNTOS SOMOS IGLESIA.

Cuando nos juntamos, caminamos juntos, hablamos y pasamos tiempo con Jesús, siendo Él el centro. Cuando Jesús está en el centro, cuando dirige nuestros pasos, cuando podemos escucharlo y cuando juntos nos alineamos a su plan y nos esforzamos en mantener la unidad, porque eso nos convierte en iglesia.

La iglesia no la define el edificio o estructura que tenga, sino que somos cada uno de nosotros en Jesús. Somos parte del cuerpo porque estamos en Jesús. El permanecer en Él nos alienta y sostiene nuestro cuidado de la unidad. Necesitamos de la unidad para funcionar como un mismo cuerpo (Romanos 12:5).

El cuerpo acciona con ordenes directas de la cabeza. Como iglesias tenemos que actuar y vivir de una misma manera. No son nuestros intereses individuales los que nos unen ni mucho menos nuestras capacidades. Es su amor que nos invita. Es su misión de salvación que le da sentido a nuestra existencia.

Por eso es tan importante mantenernos en unidad como iglesia, porque es la misión de Jesús dada a la iglesia.

Efesios 1:22-23 «Dios ha puesto todo bajo la autoridad de Cristo, a quien hizo cabeza de todas las cosas para beneficio de la iglesia. Y la iglesia es el cuerpo de Cristo; él la completa y la llena, y también es quien da plenitud a todas las cosas en todas partes con su presencia.»

A veces nos equivocamos, nos desenfocamos y perdemos el rumbo; sin embargo, incluso en medio de esos errores, somos llevados a confiar más en Jesús, porque es Él quien completa, llena y da plenitud en su presencia.

NUESTRO ENFOQUE FUE, ES Y SERÁ JESÚS.

No nos reunimos cada domingo para «hacer» iglesia, nos reunimos porque somos la iglesia y necesitamos de Él. Nos reunimos porque hay un deseo por Jesús y porque solo en Él hay salvación. En Jesús vemos gracia y solo en Él hay esperanza.

Nos hace parte y tiene paciencia con nosotros. Jesús no nos descalifica, sino que nos da oportunidades. Se entregó por completo porque Él quiere caminar con nosotros aunque no lo merezcamos.

La iglesia de Jesús no juzga, no rechaza, no guarda rencor, no limita a nadie y no es egoísta. La iglesia se abraza, se ama y se disfruta. Fuimos llamados a edificar la iglesia. La iglesia no es nuestra, es de Jesús porque Él se entregó por todos nosotros (1 Tesalonicenses 5:11; Efesios 5:25-27).

Con humildad soportó todo por nosotros. Fue amable, correcto y santo. Con paciencia caminó entre nosotros y toleró todas las acusaciones injustas por amor a nosotros. Más allá de nuestras imperfecciones y errores.

CUANDO VIVIMOS LA IGLESIA EN UNIDAD, EL MUNDO VE A JESÚS.

Que todos sepan que Jesús está dispuesto a caminar con nosotros. En Juan 17:21-23 vemos que Jesús ora al Padre y pide por unidad, para que el mundo lo conozca a Él a través de nosotros. El mantener la unidad, es mantener a Jesús en el centro de nuestros corazones.

No nos guardemos la gran noticia que tenemos para compartir con otros, ¡juntos somos mejores, juntos somos iglesia!

Juan 17:21-23 «para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí.»

 

 

REFLEXIÓN

¿ESTOY VIVIENDO EN UNIDAD?
La sociedad se rompe cuando se pierde el acuerdo, cuando cada uno busca su propio interés o cuando deja de haber propósito en común. Pero la unidad es ser uno, un solo sentir, una sola forma, con Jesús como centro. No se trata de compartir un proyecto, sino de compartir vida y pertenecer a algo más grande: la iglesia.

 

¿QUÉ ESTOY HACIENDO PARA MANTENER LA UNIDAD?
No decidimos con quién, pero sí somos responsables de sostenerla. Se nos llama a vivir con humildad, amabilidad, paciencia y tolerancia en amor. No es algo que podamos lograr por nosotros mismos, sino cuando dejamos de lado el orgullo y permitimos que Jesús gobierne nuestras actitudes y relaciones.

 

¿JESÚS ES REALMENTE EL CENTRO DE MI VIDA Y DE MIS RELACIONES?
La unidad no proviene de nosotros, sino de Jesús. Separados de Él no podemos hacer nada. Cuando permanecemos en Él, dejamos de lado intereses propios y empezamos a vivir como un solo cuerpo. No son nuestras formas las que nos unen, es su amor y su misión lo que nos convierte en iglesia.