¿Quién no desea vivir una vida feliz y plena? (Salmos 34:11-14)
Como seres humanos perseguimos la felicidad. Buscamos aquello que nos hace bien y satisfaga ese deseo de ser felices. Pero vivimos en un mundo que distorsiona el amor propio y lo convierte en egoísmo. El egoísmo es amor propio en exceso y nos coloca en una posición por encima de los demás. El egoísmo nos termina aislando y llevándonos a mirar a las personas solo con el fin de obtener un beneficio personal.
Y aunque queremos el bien para nuestras vidas, sin ayuda de nadie, tomamos decisiones egoístas que nos hacen vivir mal y no ser felices.
«El egoísta busca su propio bien; contra todo sano juicio se rebela.» Proverbios 18:1
En medio de una generación egoísta donde cada uno mira para sí mismo, amando más el placer de este mundo que a Dios (2 Timoteo 3:1-5), Jesús comenzó su ministerio anunciando un nuevo tiempo (Marcos 1:15).
Y llamó a hombres que estaban ocupados en sus propios negocios y asuntos, pero que al ver a Jesús y ser llamados a seguirlo, inmediatamente dejaron todo lo suyo y le siguieron (Mateo 4:18).
El error de muchos que, aunque siguen a Jesús siguen aferrados a sus cosas. Hemos vivido toda la vida siendo egoístas y pensando en nosotros mismos. Pero el gran amor de Dios nos vio y nos alcanzo cuando aún estábamos perdidos en una vida absurda y sin sentido (1 Pedro 1:17-21).
Y ahora nos equivocamos esperando que Jesús cumpla todos nuestros anhelos y deseos. Ahora creemos en Dios, pero seguimos siendo egoístas, cristianos egoístas. Y cuando nuestros deseos no se cumplen, nos enojamos y nos frustramos aún pensando que Dios no nos ama (Santiago 4:1-10).
En el momento que ponemos nuestra atención en nosotros mismos, es el momento donde perdemos nuestro enfoque y es muy fácil entrar en crisis. Seguir a Jesús demanda un compromiso que implica dejar de aferrarnos a lo nuestro, dejar nuestra vida egoísta para hacernos sus discípulos.
Jesús no nos llama por nuestras habilidades o aptitudes sino una “actitud correcta”. Necesitamos abrir nuestros corazones, ser enseñables y saber oír. Un corazón que se rinde y se entrega al Señor para poder vivir y comprobar lo que Dios tiene para nuestras vidas. (Romanos 12:1, 2)
Fuimos llamados por Dios para ser sus discípulos y para llevar a otros a que también lo sean. Aceptar el llamado de Jesús es dejar nuestra vida egoísta y vivir para PENSAR EN OTROS y llevar a otros a encontrarse con Él (Mateo 28:18-20).
REFLEXIÓN
¿Estoy siendo yo el centro de mi vida?
El amor propio es sano, pero cuando es en exceso se convierte en egoísmo. El egoísmo nos lleva a vivir solos.
¿Estoy dejando que el llamado de Dios sea más importante que mis propios deseos?
¡Seguir a Jesús implica dejar de vivir para nosotros mismos!
¿Estoy pensando en otros?
Fuimos llamados para ser discípulos de Jesús y llevar a otros a que lo sean.
