«El SEÑOR dice: «Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir; yo te daré consejos y velaré por ti. No seas como el mulo o el caballo, que no tienen discernimiento, y cuyo brío hay que domar con brida y freno para acercarlos a ti». Muchos son los sufrimientos de los malvados, pero el gran amor del SEÑOR envuelve a los que en él confían ¡Alégrense, ustedes los justos; regocíjense en el SEÑOR! ¡canten todos ustedes, los rectos de corazón!» Salmos 32.8-11 NVI
Hay algo curioso que pasa cada año en el mes de diciembre, y es que sin que nadie nos pida o nos obligue, empezamos a mirar para atrás y hacer mentalmente un balance y evaluación de lo que fue nuestro año. Repasamos lo vivido: momentos, decisiones, logros, errores, pérdidas, asuntos y proyectos que quedaron pendientes.
Todos sabemos que empieza un nuevo año y la vida no cambia mágicamente: todo sigue igual, los problemas no desaparecen, las circunstancias siguen estando y hay situaciones que no cambian. Aunque comience un nuevo año, la vida todo sigue igual.
Y es cuando nos preguntamos por qué le damos tanta importancia al fin de año, y es porque funciona como un corte y cierre simbólico a un tiempo. Hacemos un balance, no porque cambia el calendario, sino porque como personas necesitamos cerrar ciclos, ordenar las experiencias y darle sentido a lo que vivimos. Y aunque a algunos les moleste esto o supongan que es el típico tema a predicar el último domingo del año, la mayoría hace un balance, aunque no todos lo reconozcan.
EL PROBLEMA NO ES HACER BALANCE, SINO EL TIPO DE BALANCE QUE HACEMOS.
Generalmente el balance se reduce a resultados, emociones y circunstancias, creemos que el éxito está en lo que logramos o el fracaso en lo que no se alcanzó. Y cuando toda nuestra atención está puesta en las circunstancias, el balance que hacemos no produce crecimiento, sino desgaste emocional que nos genera queja («si no fuera por…»), enojo («no fue justo…») y frustración («la vida es así, hay que aceptarla…»), y nos terminamos victimizando o justificando diciendo «hice lo que pude».
Y es que usualmente el balance se reduce solamente a lo que nos gustó o no, a lo que salió bien o no, y comparamos qué fue lo mejor y lo peor del año. Y es ahí donde nos sumamos a la queja colectiva que se da en esta época: «este año fue muy duro», «fue el año más difícil de mi vida», «no veo la hora de que se termine».
Muchas veces, al recordar lo que vivimos, nos cuesta creer que fue un buen año porque nuestra atención se enfoca solo en lo malo. Y eso nos lleva a no ver, no reconocer o disfrutar de las cosas buenas que Dios nos da. Sin darnos cuenta, terminamos el año con un corazón dolido (Proverbios 15.13).
Hacemos balance de nuestros resultados pero evitamos evaluar nuestras decisiones, actitudes, reacciones y obediencia. Y es importante entender dos cosas: la vida está llena de circunstancias, pero muchas de las cosas que vivimos son consecuencia de nuestras decisiones. En un año pasan muchas cosas buenas y malas, pero el problema es que las malas suelen tomar mayor importancia en nuestra memoria. Y aunque siempre queremos encontrar un culpable, muchas de las cosas que sufrimos son el resultado de nuestras decisiones (Gálatas 6.7-9).
Tal vez este año fue mejor o más duro de lo que esperábamos, pero una cosa es segura y no podemos dejar de recordar: Dios estuvo presente en cada momento, tanto en los buenos como en los malos. Pero aun cuando lo que vivimos fue nuestra responsabilidad y resultado de nuestras malas decisiones, Dios no nos dejó librados a la suerte ni abandonados al resultado de nuestros errores (Lamentaciones 3.21-24). Pero la pregunta que nos debemos hacer no es solo sobre lo que pasó durante el año, sino cómo estamos respondiendo a Dios.
UN BALANCE SIN REFLEXIÓN REAL Y SIN CAMBIOS, NO TRANSFORMA NADA.
Todos hacemos balances a fin de año, pero cuando no reflexionamos o buscamos cambios reales al hacerlo, ese balance no sirve más que para un desahogo emocional. El balance nos tiene que llevar a crecer, pero si no buscamos cambios, no sirve como una herramienta de crecimiento. El problema no es hacer balance, es olvidar que somos responsables de todo lo que tenemos en nuestras manos y no rendir cuentas.
SOMOS ADMINISTRADORES Y DEBEMOS RENDIR CUENTAS.
Somos responsables y administradores de nuestra vida, tiempo, decisiones, recursos y relaciones. Nada de esto nos pertenece, todo lo que somos y tenemos nos fueron confiados (Salmo 24.1).
La Biblia está llena de ejemplos de personas que tenían que administrar y dar cuentas: la parábola de los talentos (Mateo 25.14-30) nos hace recordar que no somos dueños, Job entendió que nada es nuestro y nada nos llevamos (Job 1.21), Pablo habló de esto mismo a los ricos (1 Timoteo 6.7-10), y en Lucas 12.13-21, Jesús da una parábola de alguien que hizo planes, acumuló y creyó asegurase el futuro, pero que nunca contó con Dios.
El balance, evaluación o análisis de nuestro año tiene que ser con la actitud de alguien que entiende que lo que ha recibido no es propio, sino que tiene una responsabilidad y que rendir á cuentas por eso.
TODOS RENDIMOS CUENTAS, PERO LA PREGUNTA ES A QUIÉN.
El problema es que no nos gusta rendir cuentas, pero tenemos que saber que todos lo hacemos. Rendir cuentas es exponer nuestra vida, decisiones y acciones delante de alguien que tiene derecho a conocerlas.
A nadie le gusta exponerse ni que otros tengan conocimiento de nuestras acciones. Y es ahí donde muchos dicen: «yo no le rindo cuentas a nadie», «nadie me dice qué hacer», «mis acciones son mías y no le hago daño a nadie».
Pero Hebreos 4.13 nos dice que nosotros le rendimos cuentas a Dios. El Salmos 32.8-11 nos muestra la respuesta de Dios a David, que supo que tenía que rendir le cuentas a Él, y vemos el deseo de Dios de instruirlo, darle conocimiento, habilidades y mostrarle por dónde caminar. Muchos ven la rendición de cuentas como una forma en la que el otro busca controlarnos, pero no se dan cuenta de que el rendir cuentas nos hace libres.
EL BALANCE SIN RENDICIÓN DE CUENTAS NO PROVOCA CAMBIOS.
Año tras año, muchos hacen sus análisis y esperan un año diferente, pero vuelven a repetir las mismas cosas. Pero el análisis nos tiene que llevar a entender que tenemos una responsabilidad. Es por eso que la rendición de cuentas nos confronta y nos lleva a ver cómo estamos en verdad, y es que el balance sin rendición no transforma.
Nos cuesta rendir cuentas porque amamos el control, tenemos miedo a quedar expuestos y nos toca nuestro orgullo. Rendir cuentas implica ceder autonomía porque mientras nosotros tengamos el control, no necesitamos explicar nada a nadie. No tememos tanto al consejo, sino al juicio, al qué dirán y a volver a ser heridos. Aceptar rendir cuentas es reconocer que no lo sabemos todo, que podemos equivocarnos y que necesitamos ayuda, lo que hace que choque con nuestro orgullo porque no queremos mostrar nuestras debilidades.
CUANDO RENDIMOS CUENTAS, YA NO VIVIMOS SEGÚN LO QUE NOS CONVIENE SINO SEGÚN LO QUE DIOS QUIERE DE NOSOTROS.
La rendición desenmascara si vivimos para agradarnos a nosotros mismos o para honrar a Dios. La rendición de cuentas no es algo que nos limita sino que nos libera y protege, porque es donde Dios nos promete que va a poner sus ojos sobre nuestra vida. El rendir cuentas no es para controlarnos, sino para cuidarnos y nos ayuda a llegar más lejos.
La falta de rendición de cuentas no es madurez, es soberbia disfrazada de libertad. Dios nos llama a rendir cuentas, porque aun Él conociéndolo todo, lo que busca es un corazón que lo reconoce, que aun sabiendo que Él todo lo sabe, se acerca con total seguridad (Salmos 139.23-24).
RENDIR CUENTAS NOS HACE VER EL FUTURO CON ESPERANZA.
Cuando hacemos un balance delante de Dios y rendimos cuentas, no nos quedamos atados al pasado sino que nos preparamos para el futuro. Dios no solo evalúa el pasado, sino que Él quiere guiarnos en el futuro. Dios no es solo fiel para sostenernos en lo que pasó, sino que también es fiel para guiarnos hacia lo que viene. Pero Él nos dice que no actuemos como quien no tiene discernimiento, como alguien que es terco, que no quiere aprender o comprender las cosas (Salmos 32.8-11).
Dios no es distante, Él no solo nos mira sino que nos acompaña activamente. El problema no es el futuro, sino cómo lo enfrentamos. El futuro no es peligroso como Dios nos guía, el peligro es avanzar sin rendirnos o escucharlo a Él. Cuando hablamos de futuro, surgen inquietudes o preguntas sobre lo que va a pasar, si vamos a poder lograrlo o si vamos a poder no equivocarnos.
EL FUTURO SE DEFINE POR DECISIONES.
Un nuevo año no cambia la vida, pero una vida guiada por Dios cambia el año. Lo que transforma nuestro futuro son las decisiones que tomamos: de reconocer (hacer el balance para saber dónde estamos parado), rendir cuentas (poder exponernos a Dios), escuchar la voz de Dios (dejar que Él nos guíe) y caminar bajo su dirección (avanzar sin temor porque sé que Él está conmigo).
Tal vez este año fue mejor o más duro de lo que esperábamos, pero una cosa es segura y no podemos dejar de recordar: Dios estuvo presente en cada momento y también nos guiará en lo que viene.
Como dice el Salmos 65.11 «Tú coronas el año con tus bondades y tus carretas se desbordan de abundancia.». Y coronar habla de llegar al final o a la culminación de una cosa, normalmente de manera satisfactoria o exitosa. Jeremías 29.11 nos recuerda de que Dios tiene planes de bien para nuestra vida.
¡NO ENTRAMOS A UN NUEVO AÑO SOLOS, ENTRAMOS TOMADOS DE LA MANO DE UN DIOS FIEL!
REFLEXIÓN
¿ME ESTOY ENFOCANDO EN LOS RESULTADOS O EN LA ACTITUD DE MI CORAZÓN?
Generalmente evaluamos el año solo por lo que logramos o perdimos, permitiendo que nuestra atención se enfoque solo en lo malo y nos impida disfrutar de las bondades de Dios. Sin embargo, el éxito real no está en las circunstancias, sino en nuestra obediencia y respuesta ante Dios. Ya sea que el año fuera mejor o más duro de lo esperado, debemos recordar que Dios estuvo presente en cada momento y que, más allá de los resultados, Él busca transformar nuestra actitud y nuestras decisiones frente a lo vivido.
¿ESTOY RINDIENDO CUENTAS A DIOS O BUSCO TENER EL CONTROL?
El rendir cuentas no es para controlarnos, sino para cuidarnos y nos ayuda a llegar más lejos. Dios nos llama a rendir cuentas, porque aun Él conociéndolo todo, lo que busca es un corazón que lo reconoce, que aun sabiendo que Él todo lo sabe, podemos acercarnos con total seguridad.
¿CÓMO QUIERO COMENZAR EL AÑO?
Un año nuevo no cambia la vida, pero una vida guiada por Dios cambia el año. Lo que transforma nuestro futuro son las decisiones que tomamos. Ésta es nuestra oportunidad para reconocer, rendir cuentas, escuchar la voz de Dios y caminar bajo su dirección, sabiendo que Él siempre tiene planes de bien para nuestras vidas.
