«Escribe al ángel de la iglesia de Éfeso: »Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha y se pasea en medio de los siete candelabros de oro: Conozco tus obras, tu duro trabajo y tu perseverancia. Sé que no puedes soportar a los malvados y que has puesto a prueba a los que dicen ser apóstoles, pero no lo son; has descubierto que son falsos. Has perseverado y sufrido por mi nombre sin desanimarte. Sin embargo, tengo en tu contra que has abandonado tu primer amor. ¡Recuerda de dónde has caído! Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio. Si no te arrepientes, iré y quitaré de su lugar tu candelabro. Pero tienes a tu favor que aborreces las prácticas de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que salga vencedor le daré derecho a comer del árbol de la vida que está en el paraíso de Dios.» Apocalipsis 2:1-7 NVI
Cuando recibimos un mensaje, no lo ignoramos: lo abrimos, lo leemos, porque sabemos que alguien quiere decirnos algo. Por eso comenzamos una nueva serie llamada TENÉS UN MENSAJE, donde vamos a profundizar en Apocalipsis 2 y 3, un pasaje en el que vemos a Jesús hablar y dar siete mensajes a siete iglesias diferentes: a la iglesia de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Hoy es el mensaje a la iglesia de Éfeso.
Hay un dicho que dice «toda escoba nueva barre mejor». Este dicho hace referencia a que, cuando alguien o algo es nuevo, suele mostrar más entusiasmo, dedicación o eficacia al principio y con el paso del tiempo disminuye. Esto nos hace pensar que el verdadero desafío no es empezar bien, sino mantenerse fiel, constante y comprometido con el tiempo.
Apocalipsis 2:2-3 comienza diciendo «conozco tus obras». Y es que cuando Jesús habla, busca hacerlo de esta manera: ser bien especifico buscando captar nuestra atención. Él les dice que los conoce bien: sabe quienes son, lo que hacen y su esfuerzo; que continuan a pesar de las dificultades, que son celosos por hacer lo correcto, que saben distinguir entro lo bueno y malo y su perseverancia y sufrimiento sin desánimo.
LO QUE HACEMOS NO PASA DESAPERCIBIDO PARA DIOS.
Dios conoce todo, pero lo que nos puede pasar es que sintamos que lo que hacemos no es valioso o no tiene sentido. Cometemos el error de pensar que lo que hacemos nadie lo ve, que nadie lo toma en cuenta o no lo reconoce. Este pasaje de Apocalipsis 2 comienza con Jesús reconociendo todo lo que han hecho. Esto nos lleva a tener bien en claro: Dios jamás se olvida, tal vez las personas no lo reconozcan pero Dios si. Nada de lo que hacemos es en vano, aunque pensemos que no sirve para nada (1 Corintios 15:58), porque todo lo que hacemos para Dios da resultados y tiene recompensa (Gálatas 6:7-10, Colosenses 3:23-25).
Hebreos 6:10-12 «Porque Dios no es injusto como para olvidarse de las obras y del amor que en su nombre ustedes han demostrado sirviendo a los creyentes, como lo siguen haciendo. Deseamos, sin embargo, que cada uno de ustedes siga mostrando ese mismo empeño hasta la realización final y completa de su esperanza. No sean apáticos; más bien, imiten a quienes por su fe y paciencia heredan las promesas.»
El servicio es importante, pero no podemos olvidar de que Dios no solo nos conoce, sino que ve lo que hacemos. Pero muchas veces olvidamos que Dios mira nuestro corazón (1 Samuel 16:7). Podemos pensar que hacemos todo bien, pero olvidamos que Dios nos conoce más allá de lo que se ve. Pensamos que por hacer las cosas bien, nos ganamos o merecemos el cielo pero olvidamos algo esencial: no servimos o vamos a la iglesia para cumplir o merecer algo.
EL SERVICIO ES Y SIEMPRE DEBE SER EL RESULTADO DE NUESTRA RELACIÓN CON DIOS.
El esfuerzo, el servicio lo que hacemos no es el medio por el cual alcanzamos algo, no es para cumplir. Podemos estar activos, comprometidos y ser fieles, y aun así estar lejos del corazón de Jesús. Es por eso que cuando Jesús enseño a orar dijo «tu Padre que ve en lo secreto» (Mateo 6:5-8). Jesús no está diciendo que no oremos, que dejemos de servir o que lo que hacemos no vale o no tiene sentido. Lo que si está diciendo es que podemos hacer muchas cosas para Él, pero no estar con Él.
Mateo 15:8-9 «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas».
Aunque Jesús reconoce lo que hace la iglesia de Éfeso, les dice que tiene en su contra que han abandonado el primer amor. Empezaron con fuego, con entrega y con pasión... empezaron amándolo con todo pero con el tiempo se acomodaron, se enfriaron, se conformaron y lo abandonaron. Y abandonar habla de dejar algo sin atención y sin cuidado.
El amor no se termina, como algunos afirman hoy en día. Nadie deja de amar de un día para el otro, sino que decide que algo ya no es valioso o importante, lo desatiende y deja de amarlo poco a poco. Y no es que perdieron el amor por Jesús, sino que lo dejaron, lo desatendieron y lo abandonaron. Perdieron ese fervor inicial no por el servicio, sino por el Señor a quién servían.
Podemos hacer muchas cosas para Dios pero olvidarnos de amar a Dios más que todas las cosas. En Marcos 12:28-34 vemos que Jesús le respondió al maestro de la ley diciéndole que amar a Dios es más importante que cualquier acción, servicio o entrega. Esto mismo fue lo que entendió David en el Salmos 51:16-17, que tenemos que presentarnos a Dios con un corazón rendido.
Salmos 51:16-17 «Tú no te deleitas en los sacrificios ni te complacen los holocaustos; de lo contrario, te los ofrecería. El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.»
En Mateo 10:37 y Lucas 14:26, Jesús nos pide amarlo a Él más que a nuestra familia o nuestra propia vida. Y podemos pensar en cómo puede pedirnos algo como esto. Y es que amar más habla de prioridades, uno termina rindiendo su vida adorando aquello que ama más y viviendo para eso. Nos convertimos en personas que hacen y olvidamos para quien lo hacemos. Finalmente, perdemos la razón y dejamos que se apague la pasión por quién lo hacemos.
NUESTRA RESPONSABILIDAD ES QUE NUESTRA PASIÓN NO SE APAGUE.
Si hay algo que no podemos descuidar, por encima del servicio y las responsabilidades, es nuestra relación con Dios. Hay una responsabilidad en cada uno de nosotros, y es la de cuidar que nuestro corazón no se apague ni pierda esa llama de lo que recibimos al creer en Él: esa pasión por servirlo, por adorarlo y por vivir para Él.
2 Timoteo 1:6-7 «Por eso te recomiendo que avives la llama del don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.»
Salmos 103:1-2 «Alaba, alma mía, al SEÑOR; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus beneficios.»
En el Antiguo Testamento había una orden para los sacerdotes, y era de que el fuego en el altar no debía apagarse nunca (Levítico 6:8-13). Esto nos habla de un cuidado continuo y la necesidad de limpiar el fuego, y sacar las cenizas: aquello que ayer sirvió para encender el fuego, tal vez hoy no sirve y necesita de nueva leña.
Levítico 6.8-13 «El SEÑOR dijo a Moisés que ordenara a Aarón y a sus hijos: «Esta es la ley respecto al holocausto: El holocausto se dejará arder sobre el altar toda la noche hasta el amanecer y el fuego del altar se mantendrá encendido. El sacerdote, vestido con su túnica y su ropa interior de tela de lino, removerá las cenizas del holocausto consumido por el fuego sobre el altar y las echará a un lado del altar. Luego se cambiará de ropa y sacará del campamento las cenizas, llevándolas a un lugar ritualmente puro. Mientras tanto, el fuego se mantendrá encendido sobre el altar; no deberá apagarse. Cada mañana el sacerdote pondrá más leña sobre el altar, y encima de este colocará el holocausto para quemar en él la grasa del sacrificio de comunión. El fuego sobre el altar no deberá apagarse nunca; siempre deberá estar encendido.»
Nuestro amor y búsqueda de Dios necesita ser cuidada cada mañana. No alcanza solamente con el domingo o cuando nos toca hacer algo en nombre de a Dios: necesitamos volver a amar a Dios por encima de todas las cosas. Y es que el amor es el motor de todo: sin amor la obediencia se vuelve pesada, el servicio se vuelve rutina y la verdad se vuelve dureza. Como dice 1 Corintios 13:1-13, si no hay amor en todo lo que hacemos, solo es ruido. Y nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero aun cuando estábamos perdidos (1 Juan 4:10).
En Apocalipsis 2:6, Jesús reconoce a la iglesia que rechaza las prácticas de los nicolaítas. No eran una secta, sino creyentes que habían distorsionado el evangelio al promover una falsa libertad: una fe que justificaba el libertinaje, la inmoralidad y la mezcla con prácticas paganas. Buscaban encajar en la cultura sin confrontar el pecado, queriendo seguir a Jesús sin dejar de vivir como todos, querían una fe sin incomodidad. Pero Jesús no nos llamo a encajar en la cultura, nos llamo a transformarla. A ser luz en medio de tanta oscuridad.
Mateo 5:14-16 «Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una montaña no puede esconderse. Tampoco se enciende una lámpara para cubrirla con una vasija. Por el contrario, se pone en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos.»
Podríamos pensar en que los de la iglesia de Éfeso no eran tan malos como los nicolaítas. Pero Jesús les dice «¡Recuerda de dónde has caído! Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio.» (Apocalipsis 2:5). Y esto mismo nos pide a nosotros hoy: volver a cuando orábamos con fervor, cuando buscábamos a Dios, cuando íbamos a la iglesia porque había un deseo de adorarlo y aprender de Él. Lo adorábamos porque lo amábamos y habíamos descubierto la verdad. Servíamos con entusiasmos sabiendo para quien lo hacíamos. Dábamos con alegría nuestro tiempo, vida y recursos. Hacíamos todo esto no para cumplir, quedar bien o ser visto. Pero con el paso del tiempo todo eso se convirtió en rutina sin entusiasmo ni dedicación.
JESÚS NOS ESTÁ LLAMANDO A VOLVER A AMARLO MÁS QUE A TODO.
No porque tengamos que cumplir una rutina o costumbre. es un llamado de atención no para volver al pasado sino para reordenar el presente. En el momento que Jesús resucita y se encuentra con Pedro, el que había fallado y lo había negado, Jesús solamente le pregunta si lo ama (Juan 21:15-19).
Cuando Jesús le dice a la iglesia de Éfeso que abandonaron el primero amor, no les esta diciendo que deben portarse mejor, hacer más cosas o servir más... les está diciendo que vuelvan a Él. No les habló desde el juicio sino desde el amor, porque Él no vino a condenar sino a buscar lo que se había perdido (Lucas 19:10).
Pedro había fallado y negado a Jesús, y Él no le reprendió o echo en cara el error, le preguntó si lo amaba. Antes de confiarle una misión y una tarea, Jesús restauró la relación con él. Tal vez nunca empezamos una relación con Jesús o quizás si pero la abandonamos, pero hoy Jesús no nos pide que hagamos más sino que volvamos a amarlo a Él más que a todo.
¡SEGUÍ VINIENDO!
La iglesia es una experiencia que se construye domingo a domingo. Creemos en la importancia de permanecer y caminar juntos. Cada domingo se basa en el siguiente y es una oportunidad única para crecer en nuestra fe y para comprobar cómo Dios cambia nuestra vida.
REFLEXIÓN
¿ESTOY SIRVIENDO A DIOS COMO RESPUESTA A SU AMOR O POR COSTUMBRE?
El servicio es importante, pero no podemos olvidar de que Dios no solo nos conoce, sino que ve lo que hacemos. Pero muchas veces olvidamos que Dios mira nuestro corazón (1 Samuel 16:7). Podemos pensar que hacemos todo bien, pero olvidamos que Dios nos conoce más allá de lo que se ve. Pensamos que por hacer las cosas bien, nos ganamos o merecemos el cielo pero olvidamos algo esencial: no servimos o vamos a la iglesia para cumplir o merecer algo.
¿ESTOY MANTENIENDO VIVA MI PASIÓN POR JESÚS?
Si hay algo que no podemos descuidar, por encima del servicio y las responsabilidades, es nuestra relación con Dios. Hay una responsabilidad en cada uno de nosotros, y es la de cuidar que nuestro corazón no se apague ni pierda esa llama de lo que recibimos al creer en Él: esa pasión por servirlo, por adorarlo y por vivir para Él.
¿ESTOY AMANDO A DIOS MÁS QUE A TODO?
No alcanza solamente con el domingo o cuando nos toca hacer algo en nombre de a Dios: necesitamos volver a amar a Dios por encima de todas las cosas. Y es que el amor es el motor de todo: sin amor la obediencia se vuelve pesada, el servicio se vuelve rutina y la verdad se vuelve dureza. Como dice 1 Corintios 13:1-13, si no hay amor en todo lo que hacemos, solo es ruido. Y nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero aun cuando estábamos perdidos.
