«Escribe al ángel de la iglesia de Esmirna: Esto dice el Primero y el Último, el que murió y volvió a vivir: Conozco tus sufrimientos y tu pobreza. ¡Sin embargo, eres rico! Sé cómo te calumnian los que se autodenominan judíos y no lo son, pues solo son una sinagoga de Satanás. No tengas miedo de lo que estás por sufrir. Te advierto que el diablo meterá a algunos de ustedes en la cárcel para ponerlos a prueba y sufrirán aflicciones durante diez días. Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que salga vencedor no sufrirá daño alguno de la segunda muerte.» Apocalipsis 2:8-11
Cuando recibimos un mensaje, no lo ignoramos: lo abrimos, lo leemos, porque sabemos que alguien quiere decirnos algo. Por eso comenzamos una nueva serie llamada TENÉS UN MENSAJE, donde vamos a profundizar en Apocalipsis 2 y 3, un pasaje en el que vemos a Jesús hablar y dar siete mensajes a siete iglesias diferentes: a la iglesia de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Hoy es el mensaje a la iglesia de Esmirna.
Hay una frase muy conocida que dice que «lo importante no es cómo se empieza, sino cómo se termina». Lo curioso es que podemos ver esta misma idea en la Palabra, en Eclesiastés 7:8 dice que «vale más el fin de algo que su principio. Vale más la paciencia que la arrogancia.». La verdad es que muchos empiezan bien, pero lo más difícil es seguir con el paso del tiempo. Y hoy más que nunca es difícil mantenerse fiel.
Vivimos en un tiempo lleno de voces, de opiniones y de pronósticos donde el miedo parece inundarlo todo. Pero en medio de tanto ruido y caos, hay una voz y un mensaje para nuestras vidas. Y esta no es una opinión o pronóstico humano, de un influencer ni de un charlatán: el que nos habla es Jesús, el Primero y el Último, él que murió y volvió a vivir. Y antes de comenzar su mensaje a la iglesia de Esmirna y hablarles de lo que va a suceder, Jesús les dice y recuerda quién es Él.
EL PROBLEMA NO ES LO QUE ENFRENTAMOS SINO QUE NO SABEMOS QUIÉN ES JESÚS.
Podemos creer y practicar una vida de fe: orar, asistir a la iglesia y sostener ciertos hábitos y conductas. Sin embargo, conocemos más nuestros miedos que a Jesús. Conocemos muy bien nuestros problemas, miedos y crisis pero no conocemos realmente a Aquel en quién decimos creer.
Cuando estamos en medio de las tormentas y problemas sin saber quién es Jesús sentimos que estamos solos, que no somos importantes, que Dios no nos ve o que no le importa lo que estamos viviendo. Nuestros miedos cobran fuerza y poder en nuestras vidas porque no conocemos a Jesús.
Esto mismo les pasó a los discípulos cuando iban en una barca en medio del mar. Siempre en medio de nuestras tormentas, el temor cobra poder y lo primero que sentimos es que vamos a morir. Hoy muchas personas viven con temor a la muerte, pero olvidan quién es Jesús.
Marcos 4:35-41 «Ese día al anochecer dijo a sus discípulos: Crucemos al otro lado. Dejaron a la multitud y se lo llevaron en la barca donde estaba. También lo acompañaban otras barcas. Se desató entonces una fuerte tormenta y las olas azotaban tanto la barca que ya comenzaba a inundarse. Mientras tanto, Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, así que los discípulos lo despertaron. ¡Maestro! gritaron, ¿no te importa que nos ahoguemos? Él se levantó, reprendió al viento y ordenó al mar: ¡Silencio! ¡Cálmate! El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo. ¿Por qué tienen tanto miedo? dijo a sus discípulos. ¿Todavía no tienen fe? Ellos estaban espantados y se decían unos a otros: ¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?»
CUANDO SABEMOS QUIÉN ES JESÚS, NUESTRA MANERA DE ENFRENTAR LO QUE VIVIMOS CAMBIA.
Cuando Jesús le habla a la iglesia de Esmirna, no empieza diciendo lo que va a pasar sino que recuerda quién es Él: el Primero y el Último, él que murió y volvió a vivir.
Jesús es EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO (El Alfa y la Omega), esto significa que nada empezó sin Él y nada terminará sin Él, porque nada escapa de sus manos. Jesús no es parte de la historia, Él es el Señor de la historia, por Él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra. Él no improvisa y jamás pierde el control, incluso cuando las cosas parecen estar fuera de control, Jesús sigue siendo Señor y Rey (Juan 1:1-3; Colosenses 1:15-20).
Jesús es EL QUE MURIÓ Y VOLVIÓ A VIVIR, y sobre esta verdad se fundamenta el mensaje que predicamos y en lo que creemos. No seguimos una idea, filosofía o una religión: creemos y seguimos a un Jesús vivo que venció la muerte. Hoy muchos siguen buscando o creyendo en un Jesús colgado de una cruz, pero la verdad es que la tumba de Jesús esta vacía. No buscamos entre los muertos al que vive, porque Él resucitó tal como lo había dicho. Esa es la base de nuestra fe (Romanos 10:8-11; Mateo 28:5-7; Lucas 24:5-7).
Él vive por los siglos de los siglos y tiene autoridad sobre la muerte. Jesús no evitó la muerte sino que la enfrentó y la venció. Cuando sabemos quién es Jesús, el miedo pierde autoridad. No significa que los problemas desaparezcan, pero si que el miedo deja de gobernarnos. Porque si Jesús venció a la muerte, entonces nada puede quitarnos esa esperanza. La muerte es lo que más tememos, pero Jesús ya la derrotó y resucitó, porque era imposible que la muerte lo retuviera. Jesús es la resurrección y la vida, y el que cree en Él vivirá (Juan 10:17–18; Hechos 2:23-24; Juan 11:25-26).
Apocalipsis 1:17-18 «Al verlo, caí a sus pies como muerto; pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: «No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último. Yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y sus dominios.»
POR SU ENTREGA, JESÚS ES SEÑOR DE TODAS LAS COSAS.
Al resucitar, Jesús declaró a sus discípulos que toda autoridad le ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por eso, Su nombre es sobre todo nombre, y llegará el día en que toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor. Él es Señor del tiempo, Señor de la historia, Señor de la vida y de la muerte (Mateo 28:16–20; Filipenses 2:8–11).
Conocemos las noticias, nuestra realidad y problemas pero no conocemos profundamente a Jesús. Muchas veces creemos que conocemos algo, pero la verdad es que no siempre lo conocemos en profundidad. Y cuando no sabemos quién es Jesús, somos como los discípulos en medio de la tormenta, pensando que a Él no le importa lo que estamos viviendo y olvidamos que Él es Señor de toda la creación. Nuestra oración es que podamos conocer mejor a Jesús, porque lo que define nuestra fe no es lo que creemos, sino a quién le creemos.
Efesios 1:17-23 «Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre pueblo santo, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque, no solo en este mundo, sino también en el venidero. Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo y lo dio como cabeza de todo a la iglesia. Esta, que es su cuerpo, es la plenitud de aquel que lo llena todo por completo.»
EL MIEDO PIERDE AUTORIDAD SOBRE NUESTRAS VIDAS CUANDO SABEMOS QUIÉN ES JESÚS.
La muerte ya no es un fin, porque sabemos en quién creemos. Jesús nos enseña a reconocer quién tiene verdadero poder sobre la vida y la muerte. Hay amenazas, situaciones y realidades que buscan destruirnos, pero no tienen la última palabra. Cuando le habla a la iglesia de Esmirna, les recuerda que vivían sufrimientos, que eran pobres y que eran perseguidos y calumniados. Él conoce nuestros sufrimientos y nuestra realidad: no mira el dolor desde lejos. Jesús se hizo hombre, padeció como nosotros y puede compadecerse de nuestras debilidades. Por eso, no es indiferente a nuestro dolor, sino que desea aliviar nuestro sufrimiento (Mateo 10:28–31; Lucas 12:4–7; Hebreos 4:14–16).
Jesús no solo busca alentarnos en medio de los problemas sino que también nos advierte, no para despertar temor, sino para que estemos atentos y no seamos sorprendidos. No nos deja librados a la suerte, porque Él es el Alfa y el Omega. Así como le dice a la iglesia de Esmirna que no tenga temor por lo que está por sufrir, también habla hoy a nuestras vidas. En medio de las tormentas podemos confiar y no temer, porque nada escapa a su poder ni a su conocimiento. El temor limita, frena y paraliza, pero conocer quién es Jesús nos da la seguridad de que nada puede separarnos de Él (Romanos 8:28; Romanos 8:35–39).
Hay otras maneras de sufrir, como consecuencia de malas decisiones, y ese es otro tipo de dolor. Sin embargo, la iglesia de Esmirna estaba sufriendo a causa de su fe en Jesús. Hoy muchos no quieren sufrir por Su causa, porque seguir a Jesús implica tomar decisiones que para quienes no creen parecen locura y van en contra de lo que el mundo considera normal. Pero quienes creemos en Él, vivimos con la confianza de que somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Nuestra condición del momento no define nuestro éxito o fracaso, porque en Él tenemos la victoria asegurada (Romanos 8:37).
Si Jesús no nos abandonó ni nos soltó la mano cuando no creíamos en Él y estábamos perdidos en nuestros pecados, tampoco lo hará ahora. Aunque surjan dudas y la fe sea puesta a prueba cuando enfrentamos situaciones de dolor que no entendemos, recordamos que Jesús ya nos advirtió que en este mundo atravesaríamos aflicciones, y aun así prometió estar con nosotros en medio de ellas. Ninguna tormenta, prueba o dificultad es eterna: todo tiene un fin y sucede por un tiempo (Juan 16:33; Mateo 28:20).
LAS PRUEBAS NO SON UN OBSTÁCULO PARA NUESTRA FE, SON LA OPORTUNIDAD DONDE LA FE SE FORTALECE Y SE AFIRMA.
La oportunidad de los discípulos para conocer el poder de Jesús fue en la barca, en medio de la tormenta. Así también, en las pruebas se revela si realmente lo conocemos y creemos, porque nuestra fe es probada como el oro en el fuego. Ningún sufrimiento es para siempre: Dios viene a nuestro rescate. Jesús no promete evitar el dolor, pero sí estar presente en medio de él. Por eso, cuando sabemos quién es Jesús, podemos seguir adelante aun en la tormenta, no porque todo esté bien, sino porque Él es fiel y venció la muerte (1 Pedro 1:6–9; 1 Pedro 5:8–11).
Saber en quién creemos lo cambia todo, porque creer en medio del proceso habla de que tenemos un Dios digno de confianza. Muchas veces no vemos lo mejor, nos sentimos sufridos, pobres o perseguidos. Pero en medio de todo esto, aun cuando la realidad nos dice que no tenemos nada, hay una voz que nos está diciendo que lo tenemos todo y que somos ricos (2 Corintios 6:4-10).
La iglesia de Esmirna estaba enfrentando la muerte, y no de manera simbólica, sino real: había persecución, cárcel y amenaza de muerte. Y Jesús no les dice que escapen, que nieguen su fe o bajen el perfil, sino algo mucho más profundo y desafiante: que sean fieles hasta la muerte, y Él les dará la corona de la vida.
Ser fiel no es ser perfecto o no equivocarse: es permanecer, seguir adelante, no dejar de creer aun cuando duele, no abandonar cuando se hace difícil, mantenerse firme en lo que se cree y ser constante. Ser fiel hasta la muerte no significa vivir sin luchas, sino no rendirse aun en medio de ellas. Porque la fe no se demuestra cuando todo está bien, sino cuando cuesta seguir, y aun así decidimos permanecer fieles a Jesús.
La «corona de la vida» habla de la vida eterna y de una esperanza futura. Jesús nos recuerda que no todo termina acá: la fe no se trata solo del presente ni de sobrevivir, y creer en Él no es únicamente el perdón de los pecados, sino una realidad eterna. Si todo se limitara a esta vida, el sufrimiento no tendría sentido; pero si hay vida eterna, entonces nada de lo que vivimos es en vano. La corona no es para el que empieza bien, sino para el que permanece fiel hasta el final; no es para el que corre rápido, sino para el que no abandona la carrera.
Apocalipsis 2:11 nos dice que «el que salga vencedor no sufrirá daño alguno de la segunda muerte». Existe una muerte física pero también hay una muerte eterna. El que confía y permanece en Jesús sin rendirse, no será vencido por la muerte.
LA FIDELIDAD NO ES AUSENCIA DE PROBLEMAS, ES SABER QUE CUENTO CON LA PRESENCIA DE DIOS EN MEDIO DEL PROBLEMA.
Tal vez no estamos enfrentando persecución como la iglesia de Esmirna, pero si enfrentamos cansancio, desanimo, decepción, dolor, ganas de bajar los brazos... y este en el mensaje para nosotros hoy: ¡no nos rindamos! No nos rindamos en nuestra fe, no nos rindamos en nuestra relación con Dios, no nos rindamos con nuestra familia, no nos rindamos con nuestro llamado, no nos rindamos en nuestro proceso ni en nuestra oración.
Jesús no está diciendo que todo va a ser fácil, sino que Él está y estará con nosotros hasta el final. Tenemos que seguir creyendo, caminando, confiando, amando, y firmes... porque el que persevera recibe la corona de la vida (Gálatas 6:7-10; Hebreos 6:11-12).
Hoy podemos decidir seguir adelante aun en medio del cansancio o con ganas de rendirnos, porque sabemos que Jesús está con nosotros.
REFLEXIÓN
¿REALMENTE SÉ QUIÉN ES JESÚS?
Podemos practicar una vida de fe, orar, asistir a la iglesia y sostener ciertos hábitos, y aun así conocer más nuestros miedos y problemas que a Jesús. Cuando atravesamos tormentas sin saber realmente quién es Él, sentimos soledad, creemos que no somos importantes o que a Dios no le importa lo que vivimos, y nuestros temores toman fuerza. Muchas veces conocemos bien la realidad, las noticias y las crisis, pero no conocemos en profundidad a Aquel en quien decimos creer; y cuando no sabemos quién es Jesús, somos como los discípulos en la tormenta, olvidando que Él es Señor de toda la creación. Por eso, lo que define nuestra fe no es solo lo que creemos, sino a quién le creemos, y nuestra oración es conocer cada vez más a Jesús.
¡SEGUÍ VINIENDO!
La iglesia es una experiencia que se construye domingo a domingo. Creemos en la importancia de permanecer y caminar juntos. Cada domingo se basa en el siguiente y es una oportunidad única para crecer en nuestra fe y para comprobar cómo Dios cambia nuestra vida.
¿MI FE PERMANECE AÚN CUANDO CUESTA SEGUIR?
Ser fiel no es ser perfecto o no equivocarse: es permanecer, seguir adelante, no dejar de creer aun cuando duele, no abandonar cuando se hace difícil, mantenerse firme en lo que se cree y ser constante. Ser fiel hasta la muerte no significa vivir sin luchas, sino no rendirse aun en medio de ellas. Porque la fe no se demuestra cuando todo está bien, sino cuando cuesta seguir, y aun así decidimos permanecer fieles a Jesús.
¿TENGO PUESTA MI MIRADA EN LA VIDA ETERNA?
Jesús nos recuerda que no todo termina acá: la fe no se trata solo del presente ni de sobrevivir, y creer en Él no es únicamente el perdón de los pecados, sino una realidad eterna. Si todo se limitara a esta vida, el sufrimiento no tendría sentido; pero si hay vida eterna, entonces nada de lo que vivimos es en vano. La corona no es para el que empieza bien, sino para el que permanece fiel hasta el final; no es para el que corre rápido, sino para el que no abandona la carrera. Hoy podemos decidir seguir adelante aun en medio del cansancio o con ganas de rendirnos, porque sabemos que Jesús está con nosotros.
