«Escribe al ángel de la iglesia de Tiatira: Esto dice el Hijo de Dios, el que tiene ojos que resplandecen como llamas de fuego y pies que parecen bronce al rojo vivo: Conozco tus obras, tu amor, fe, servicio y perseverancia. Además, sé que tus últimas obras son más abundantes que las primeras. Sin embargo, tengo en tu contra que toleras a Jezabel, esa mujer que dice ser profetisa. Con su enseñanza engaña a mis siervos, pues los induce a cometer inmoralidades sexuales y a comer alimentos sacrificados a los ídolos. Le he dado tiempo para que se arrepienta de su inmoralidad, pero no quiere hacerlo. Por eso la voy a postrar en un lecho de dolor y a los que cometen adulterio con ella los haré sufrir terriblemente, a menos que se arrepientan de lo que aprendieron de ella. A los hijos de esa mujer los heriré de muerte. Así sabrán todas las iglesias que yo soy el que escudriña la mente y el corazón y a cada uno de ustedes lo trataré de acuerdo con sus obras. Ahora, al resto de los que están en Tiatira, es decir, a ustedes que no siguen esa enseñanza ni han aprendido lo que ellos llaman “profundos secretos de Satanás”, les digo que ya no impondré ninguna otra carga. Eso sí, retengan con firmeza lo que ya tienen, hasta que yo venga. Al que salga vencedor y cumpla mi voluntad hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones —así como yo la he recibido de mi Padre— y “él las gobernará con cetro de hierro; las hará pedazos como a vasijas de barro”. También le daré la estrella de la mañana. El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.» Apocalipsis 2:18-29
Cuando recibimos un mensaje, no lo ignoramos: lo abrimos, lo leemos, porque sabemos que alguien quiere decirnos algo. Por eso comenzamos una nueva serie llamada TENÉS UN MENSAJE, donde vamos a profundizar en Apocalipsis 2 y 3, un pasaje en el que vemos a Jesús hablar y dar siete mensajes a siete iglesias diferentes: a la iglesia de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Hoy es el mensaje a la iglesia de Tiatira.
Hay una frase muy conocida que dice que «no todo lo que brilla es oro». Y es que no todo lo que luce bien, está bien; no todo lo que entusiasma, conviene; no todo lo que crece, está sano y no todo resultado significa aprobación divina.
Es fácil confundir éxito con bendición, movimiento con vida y cantidad con fidelidad. Pero Jesús mira distinto, nosotros miramos lo que es visible pero Él mira lo profundo. En Apocalipsis 2:18, Jesús es quien habla y se presenta no como alguien débil, sino como quien tiene autoridad.
Jesús es el Hijo de Dios: el Eterno, el Señor, quien tiene toda autoridad; el Santo, el que venció a la muerte y quien ha recibido un nombre sobre todo nombre.
Él se describe a sí mismo como quien tiene «ojos que resplandecen como llamas de fuego» y «pies que parecen bronce al rojo vivo». Sus ojos todo lo ven, porque no solo observa lo externo o las obras de la iglesia de Tiatira, sino que conoce su corazón: sus motivaciones, intenciones y secretos. Él ve lo que nadie más ve; ve lo que realmente somos, no lo que aparentamos. Sus pies hablan de firmeza y autoridad, porque es un Señor cuyo juicio es justo y que pisa con autoridad (Apocalipsis 2:18).
JESÚS RECONOCE PERO NO IGNORA.
Jesús no comienza hablando a la iglesia señalando su error, sino haciendo una afirmación. Reconoce sus obras y lo que hacen: cómo aman, su fe, cómo sirven a los demás y su perseverancia (Apocalipsis 2:19).
Él ve y reconoce el esfuerzo y cómo están creciendo en sus obras, que son mayores que las primeras. Era una iglesia que crecía, estaba activa y comprometida. Pero el reconocimiento no cancela la corrección. Que Jesús celebre lo que hacemos bien no significa que apruebe todo lo que hacemos. Que Jesús reconozca lo bueno que hacemos no implica que pase por alto aquello que debe ser corregido o lo que necesita cambiar en nuestras vidas.
Él es quien escudriña la mente y el corazón, y a cada uno trata de acuerdo con sus obras. No podemos engañarnos creyendo algo que no es verdad ni pensar que, con buenas obras, podemos ocultar lo que está mal. Tampoco podemos engañarnos creyendo que es posible compensar el error con acciones de bien. Y esto no solo lo hacemos con Dios, sino que, al saber que hemos pecado, buscamos la manera de compensar (Gálatas 6:7).
BUSCAMOS CUBRIR O ENMENDAR NUESTROS ERRORES SIN ENTENDER QUE JESÚS BUSCA NUESTRO CORAZÓN.
Podemos vernos como personas de éxito, pero olvidamos que lo que Dios mira es el corazón. Cuando empezamos a negociar la verdad o no nos mostramos reales, deja de ser oro aunque siga brillando (1 Samuel 16:7).
Pensamos que «Dios es amor», y claro que lo es: Dios es compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en amor y fidelidad. Sin embargo, no tendrá por inocente al culpable. Él cambia de parecer en favor nuestro y no destruye. Dios, pudiendo condenarnos por nuestros pecados, no nos trata conforme a ellos; por su misericordia no fuimos consumidos (Éxodo 34:4–7; Jonás 4:2; Salmos 103:10–11; Lamentaciones 3:22–23).
Salmos 103:8-12 «El SEÑOR es compasivo y misericordioso, lento para la ira y grande en amor. No sostiene para siempre su querella ni guarda rencor eternamente. No nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras iniquidades. Tan grande es su amor por los que le temen como alto es el cielo sobre la tierra. Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente.»
NO CONFUNDAMOS AMOR CON TOLERANCIA.
Dios es misericordioso y compasivo, pero no tendrá por inocente al culpable. Su amor no anula su santidad, su justicia ni su verdad. Jesús le dice a la iglesia de Tiatira que tiene en su contra que toleran a Jezabel.
Cuando Jesús menciona a Jezabel, no se refiere a una persona en particular ni a la Jezabel mencionada en 1 y 2 de Reyes, sino a un patrón espiritual. Se refiere a su manera de actuar y de operar, que formó parte de la historia de Israel. La menciona porque aquello mismo que operó en Jezabel estaba moviéndose, operando e influyendo en la iglesia de Tiatira.
En 1 Reyes 16–31 encontramos que Jezabel fue la esposa del rey Acab, quien reinó sobre Israel en Samaria durante 11 años. Acab hizo lo malo ante los ojos del Señor, aquel que todo lo ve (1 Reyes 16:29-33).
Acab cometió los mismos pecados que Jeroboán, quien llevó a Israel a la idolatría al levantar dos becerros de oro, uno en Betel y otro en Dan. Creó un sistema religioso alternativo para que el pueblo no fuera a Jerusalén a adorar a Dios. El templo estaba en la capital, Jerusalén, en territorio de Judá y Benjamín, ya que Israel tenía doce tribus y diez se separaron de Judá y Benjamín.
Entonces Acab levantó sacerdotes que no eran hijos de Leví e instituyó fiestas solemnes semejantes a las que Dios había establecido para el pueblo de Israel. Creó una alternativa más fácil, a mitad de camino, que competía con lo que Dios había establecido. De esta manera, desvió el corazón del pueblo y los hizo pecar (1 Reyes 12:28–30).
Y como si todo esto hubiera sido poco, Acab se casó con Jezabel, hija de Et-Baal, rey de los sidonios. Jezabel era fenicia, no pertenecía al pueblo de Israel, y sedujo al débil Acab. Ella llegó con una cultura profundamente pagana y se dedicó a servir y adorar a Baal y a Astarté (1 Reyes 21:25–26).
Baal era un ídolo cuyo nombre significa «señor» o «amo». Era el dios cananeo de la lluvia, la tormenta, la fertilidad y la productividad de la tierra y del ganado. Tiatira era una ciudad de trabajo, y servir a Baal implicaba creer que la provisión venía de este ídolo y no de Dios.
En la Biblia encontramos el nombre «Baal» unido a otras palabras porque se trataba del mismo ídolo con distintas identidades locales. El culto variaba según la región, aunque las prácticas se repetían: se lo adoraba en altares y lugares altos, en colinas o santuarios abiertos, donde se realizaban sacrificios de animales, ofrendas de comida y rituales públicos. No era algo privado, sino cultural y visible. A través de estos rituales se practicaba la sexualidad, porque creían que de ese modo se traería fertilidad a la tierra.
El pecado se volvía parte de la religión y la inmoralidad se justificaba espiritualmente. No se trataba de obedecer ni de amar, sino de obtener resultados. En algunos períodos también practicaron sacrificios humanos, especialmente de niños. La lógica era entregar lo más valioso para alcanzar prosperidad.
Astarté, llamada así por los griegos y también conocida como Astoret, era una diosa de los fenicios, cananeos y otros pueblos de la región. Comúnmente estaba asociada al culto a Baal. Uno de los nombres que se le daba en hebreo era Asera, que significa «la feliz», «la afortunada» o simplemente «fortuna».
Era considerada la diosa de la fertilidad, la sexualidad y el amor, y en algunos contextos también de la guerra. Se la veía como una divinidad poderosa que prometía prosperidad, descendencia y éxito. Su culto se basaba en ritos sexuales vinculados a templos, prostitución ritual y ceremonias para pedir fertilidad de la tierra y de las personas, así como prosperidad y placer inmediato.
En tiempos de los jueces y de los reyes, Israel fue tentado a servir a Baal y a Astarté. Estos ídolos simbolizaban cambiar la confianza en Dios por sistemas humanos que prometían resultados inmediatos. Esto implicaba un cambio total de valores y de lealtad espiritual.
Jezabel no vino a adaptarse a la fe de Israel, sino a imponer su sistema. La Escritura muestra tres acciones concretas:
#1 Introdujo oficialmente la idolatría: Levantó un templo a Baal en Samaria, sostuvo a 450 profetas de Baal y a 400 de Astarté, e institucionalizó el culto pagano desde el poder político. No fue una idolatría privada, sino legitimada, financiada y normalizada.
#2 Persiguió a los profetas de Dios: Jezabel no solo promovió otros dioses, sino que persiguió a los profetas del Señor y mandó a matarlos, intentando silenciar la voz de Dios.
#3 Manipuló mediante mentiras y abuso de poder: Organizó un juicio falso con testigos falsos para quedarse con el viñedo de Nabot, quien se negó a venderlo por obediencia a la ley que Dios había establecido. Nabot fue declarado culpable, apedreado y asesinado; de esta manera, Acab se quedó con el viñedo. Además, enfrentó y amenazó de muerte al profeta Elías después de que este confrontara a los 450 profetas de Baal y Dios lo respaldara con fuego del cielo. Jezabel, ante la evidencia del poder de Dios, prefirió destruir al mensajero antes que rendirse a la verdad (1 Reyes 21; 1 Reyes 18:16–19:3).
Jezabel no es solo una mujer del pasado; representa un sistema, una influencia y una forma de pensar que intenta convivir dentro de la iglesia, del pueblo de Dios y en la vida del creyente. Representa todo aquello que mezcla verdad con error, espiritualidad con pecado, fe con conveniencia personal y adoración con la cultura de este mundo.
No llega diciendo que dejemos a Dios, sino que podemos tenerlo sin cambiar nuestra vida. Hoy se manifiesta como una voz que seduce, una enseñanza que suaviza lo que Dios llamó pecado, una espiritualidad que promete beneficios sin obediencia y una fe que busca aprobación cultural. Intenta instalar la idea de que no hace falta ser tan radical, de que Dios nos entiende, de que no tenemos que exagerar y de que debemos adaptarnos al mundo en el que vivimos.
Jezabel es el arte de pecar sin sentir culpa. Es convertir lo prohibido en normal, llamar libertad a lo que esclaviza y mantener una apariencia de fe mientras el corazón se enfría. Por medio de la seducción induce al error; y cuando alguien es seducido, baja la guardia y se entrega.
Jezabel hoy no saca a Jesús de la iglesia, sino que lo sienta a la mesa con los ídolos. No elimina la fe, la mezcla. Jezabel promueve la idolatría, normaliza la inmoralidad, persigue la voz profética, manipula estructuras y busca silenciar a quien confronta, porque la verdad molesta, el arrepentimiento incomoda, la santidad se considera fanatismo y la tibieza se presenta como madurez.
LO QUE NO CONFRONTAMOS SE INSTALA Y NOS GOBIERNA.
Jezabel no quiere que dejes de creer, sino que no quieras cambiar. Por eso Jesús le dice a la iglesia de Tiatira: «ustedes toleran», porque habían permitido que este espíritu se instalara entre ellos. Jezabel se instaló y terminó gobernando una nación entera, aun siendo alguien ajena al reino de Israel. Este espíritu viene a imponer su sistema.
Pero Jesús, el que todo lo ve, que tiene ojos que resplandecen como llamas de fuego y pies que parecen bronce al rojo vivo, les da tiempo para que se arrepientan, porque es paciente y misericordioso. Él los llama al arrepentimiento, porque escudriña la mente y el corazón.
No debemos dejarnos engañar, porque no todo lo que brilla es oro. Hay una presión constante sobre nuestras vidas para imponer sistemas y llevarnos a aceptar el mal. Sin darnos cuenta, comenzamos a tolerar cosas en nuestra vida que nos conducen a buscar resultados fuera de Jesús y nos hacemos esclavos de lo que nos domina. Si Dios juzgó a este sistema en el pasado, no podemos pensar que hoy va a aplaudirlo o dejar pasar nuestra falta de definición.
2 Pedro 2:19 «Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción, ya que cada uno es esclavo de aquello que lo ha dominado.»
En Apocalipsis 2:25, Jesús le habla a la iglesia y les dice que retengan con firmeza lo que ya tienen, hasta que Él venga. No les pide algo nuevo, no les agrega cargas ni les da nuevas estrategias sino que les piden que retengan. Esto no implica innovar o inventar cosas nuevas.
Hoy existe una gran necesidad de encontrar, descubrir o introducir novedades; muchos buscan algo nuevo o una revelación diferente. Pero Eclesiastés 1:9-10 nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol. La presión actual es adaptarnos y negociar con lo que creemos. Retener significa cuidar lo que ya hemos recibido y lo que ya se nos ha hablado.
CUANDO SUMAMOS O SACAMOS ALGO A LO QUE CREEMOS LO ESTAMOS CAMBIANDO, NO MEJORANDO.
Lo que se nos pide a nosotros es permanecer firmes, porque la presión es grande. Vivimos en un tiempo donde no se quiere oír, y el corazón busca solo escuchar lo que quiere. (2 Timoteo 3:14-17; 2 Timoteo 4:1-8).
Cuando el ambiente cambia y los tiempos avanzan, la tentación es actualizar el mensaje. Necesitamos retener: no se trata de algo nuevo, sino de cuidar lo que Jesús ya nos habló. No basta por un tiempo; la orden es retener hasta el final. No importa qué ni cómo, ni lo que surja a nuestro alrededor. Nuestra responsabilidad es mantener con firmeza lo que tenemos.
JESÚS NOS HABLA PORQUE QUIERE NUESTRO BIEN.
La promesa que Jesús nos hace es enorme. Apocalipsis 2:26 dice que el vencedor es quien no se deja gobernar, no permite ser seducido ni inducido por el mal y cumple la voluntad de Dios hasta el fin, no solo por un tiempo. Debemos aferrarnos a la verdad, no negociar nuestra fe, no adaptarnos a la cultura y cuidar nuestra salvación. El que vence es quien permanece, no quien se adapta (Juan 14:23).
Jesús promete que quien sale vencedor recibirá autoridad, gobierno y la estrella de la mañana, que es Jesús mismo. Esto significa una relación estrecha y personal con Él, para ser transformados y conocer su voluntad (Romanos 12:1–2).
¡SEGUÍ VINIENDO!
La iglesia es una experiencia que se construye domingo a domingo. Creemos en la importancia de permanecer y caminar juntos. Cada domingo se basa en el siguiente y es una oportunidad única para crecer en nuestra fe y para comprobar cómo Dios cambia nuestra vida.
REFLEXIÓN
¿ESTOY BUSCANDO CUBRIR MIS ERRORES EN LUGAR DE RENDIR MI CORAZÓN?
Jesús ve y reconoce el esfuerzo y cómo la iglesia de Tiatira estaba creciendo en sus obras, que eran mayores que las primeras. Era una iglesia que crecía, estaba activa y comprometida. Pero el reconocimiento no cancela la corrección. Que Jesús celebre lo que hacemos bien no significa que apruebe todo lo que hacemos. Que Jesús reconozca lo bueno que hacemos no implica que pase por alto aquello que debe ser corregido o lo que necesita cambiar en nuestras vidas.
¿QUÉ ESTOY PERMITIENDO QUE ME GOBIERNE?
No debemos dejarnos engañar, porque no todo lo que brilla es oro. Hay una presión constante sobre nuestras vidas para imponer sistemas y llevarnos a aceptar el mal. Sin darnos cuenta, comenzamos a tolerar cosas en nuestra vida que nos conducen a buscar resultados fuera de Jesús y nos hacemos esclavos de lo que nos domina. Si Dios juzgó a este sistema en el pasado, no podemos pensar que hoy va a aplaudirlo o dejar pasar nuestra falta de definición.
¿ESTOY PERMANECIENDO O ADAPTÁNDOME?
La promesa que Jesús nos hace es enorme. Apocalipsis 2:26 dice que el vencedor es quien no se deja gobernar, no permite ser seducido ni inducido por el mal y cumple la voluntad de Dios hasta el fin, no solo por un tiempo. Debemos aferrarnos a la verdad, no negociar nuestra fe, no adaptarnos a la cultura y cuidar nuestra salvación. El que vence es quien permanece, no quien se adapta. Jesús promete que quien sale vencedor recibirá autoridad, gobierno y la estrella de la mañana, que es Jesús mismo. Esto significa una relación estrecha y personal con Él, para ser transformados y conocer su voluntad.
