«Temer a los hombres resulta una trampa, pero el que confía en el Señor sale bien librado.» Proverbios 29:25
Cuando comenzamos a ir a la iglesia, alguna vez hemos recibido algún comentario como «mira lo que sos y te haces el pastor», «ahí lo tenés al cristianito» o «¿eso te enseñan en la iglesia?».
Estas frases están comúnmente en la boca de muchas personas que no pueden aceptar un error de nuestra parte. Piensan que, por ir un domingo a la iglesia, ya somos santos y perfectos, y nos ponen en un estándar donde no podemos errar.
Se horrorizan si se enteran de que tuvimos una discusión en nuestro matrimonio o si nuestros hijos no son perfectos… y ni hablar si nos enojamos y reaccionamos de una manera incorrecta. Son tantas las presiones que sentimos por evitar fallar.
Y es que temer a los hombres resulta una trampa de querer ser lo que la presión nos hace sentir. Porque nos empezamos a creer que esa realidad es para nosotros, donde el error no es una opción y lo vemos como algo imposible en nuestras vidas.
Es obvio que a nadie le gusta equivocarse, porque el error trae vergüenza. Pero la realidad es que no somos perfectos, y hay personas a nuestro alrededor esperando perfección de nosotros, colocando expectativas muy altas sobre nuestra forma de ser o actuar (1 Juan 1:8).
Eso nos lleva a buscar parecernos a otras personas que muestran o aparentan «perfección» y nos provoca más frustración porque sabemos que no estamos cumpliendo con las expectativas, sean puestas por otros o por nosotros mismos.
LA AUTOEXIGENCIA NO SOLO NOS CANSA, SINO QUE TAMBIÉN NOS ALEJA DE VIVIR POR GRACIA.
Hay personas que no se permiten tener un error. En el afán de ser perfectos, no nos damos cuenta de lo peligroso que puede ser correr una carrera que jamás vamos a ganar.
Muchos sienten que solo a través de la perfección o de sus buenas acciones van a conseguir el favor de Dios o de las personas. Pensamos que son nuestras acciones las que nos sostienen y buscamos seguridad en lo que aprendimos a hacer y olvidamos que es Dios quien está en control de todo.
Pero cuando llega el error o la decepción, nos sentimos y nos vemos lejos de la gracia. Pensamos que el caminar con Jesús es un camino de perfección y que solo las personas perfectas lo pueden caminar.
La meritocracia está instalada en nuestra sociedad. Los méritos son la base de todo lo justo que conseguimos, porque sin ellos no es justo que alguien pueda tener algo.
No es justo que alguien que no es bueno tenga algo bueno. Entonces tenemos que mostrarnos siempre buenos y perfectos. Nos convertimos en grandes simuladores pensando que el evangelio se trata de eso, de ser personas que aprenden a vivir con formas correctas y sin errores.
Pero en la Biblia, vemos que Jesús entra a comer en casa de pecadores. Su estatus y deidad no lo alejan de nosotros, sino que nos acercan. Cuando Jesús llama a Mateo, Él sabía a quién estaba llamando, a qué se dedicaba y sabía de sus errores (Mateo 9:9-13).
Jesús sabe quiénes somos, sabe de nuestros errores y todo lo que hacemos. Pero vemos que aun así no se sorprende y sigue estando interesado en nosotros. Y es que Jesús es un rey perfecto dispuesto a caminar con personas imperfectas.
Su perfección no se discute; la Biblia entera habla y describe sobre Él y su perfección. Como siendo Dios, vino al mundo en forma de un hombre y caminó entre nosotros como si fuera uno más.
Aun teniendo la posibilidad de ponerse por encima de todos, eligió ponerse al servicio de nosotros. La perfección no lo alejó de una mesa llena de pecadores; no se asustó de la imperfección, sino que se compadeció.
Tuvo compasión de vernos incapaces por nuestros propios medios de acercarnos a Dios. Y aun cuando el mundo le daba la espalda, tomó la decisión de venir al mundo y entregarse para tomar nuestro lugar en la cruz.
Cargó con nuestros pecados pasados, pero aún también con los futuros. Jesús decidió ir a la cruz aun sabiendo que nos íbamos a seguir equivocando. Aun sin que lo merezcamos, se entregó por nosotros… y eso se llama gracia, un regalo inmerecido.
Efesios 2:8-9 «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe. Esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios y no por obras, para que nadie se jacte.»
Todo lo que recibimos de Dios es un regalo. No hay obras o acciones que nos hagan merecerlas. Pero fácilmente nos damos cuenta cuando una persona quiere vivir por obras, porque no solo se limita a no disfrutar de la gracia, sino que no quiere que otros la disfruten.
Los fariseos, que eran religiosos maestros de la ley, eran opositores de la idea de un Mesías como Jesús. Ellos se sentían con la autoridad de reclamar que Jesús no se podía sentar con pecadores. Su concepto de santidad era no mezclarse con personas «impuras».
JESÚS NO SE CONTAMINA CAMINANDO CON NOSOTROS, PERO SOMOS NOSOTROS LOS QUE NOS SANTIFICAMOS.
Lo que realmente les molestaba a los fariseos era ver la gracia y misericordia de Dios, no cuán pecadoras eran las personas. Esto los exponía, y les mostraba una característica de Dios que ellos no podían mostrar.
Ellos fundamentaban su estatus, imagen y cercanía a Dios en base a sus acciones. Y ver que personas que «no se merecían» estar en la misma mesa que Jesús, les parecía una locura porque Jesús no era el Mesías que esperaban.
Las verdades sobre los fariseos nos provocan rechazo, pero muchas veces hemos reaccionado como ellos. Cuando nos enojamos o reaccionamos frente a alguien que se equivoca, que lucha con su carácter y que todavía no puede cambiar.
Muchas veces no mostramos gracia ni misericordia. Cuidamos una imagen de santidad, porque muchas veces lo mismo que nos exigimos a nosotros mismos, se lo exigimos a otros.
En el libro de Jonás, vemos que el profeta prefería morir antes de ver la misericordia de Dios actuando en otros. Disfrutaba de una gracia que no estaba dispuesto a compartir (Jonás 3:1-10; Jonás 4:1-11).
Y es que muchas veces nos sentimos dueños del perdón, de la gracia y misericordia de Dios. Y esta actitud no es la de Jesús, porque Él vino a salvar al mundo entero, incluso a aquellos que consideramos que no lo merecen.
LA GRACIA ES PARA TODOS.
Jesús no está buscando personas perfectas. Él vino a salvar a un mundo perdido, sin rumbo y agotado de buscar ser perfectos y calificar. Jesús vino a transformar corazones que necesitan misericordia.
Su gracia viene sobre nuestras vidas para cambiarlo todo, desde nuestro interior hacia nuestro exterior. Su gracia no es para unos pocos ni para personas selectas (Romanos 2:11).
Hay un solo requisito para poder recibir esa gracia y es tener necesidad de un salvador. Hay personas que no terminan de acercarse a Dios porque la culpa las frena y creen que su error es más grande que la gracia.
Hay personas que no disfrutan la gracia porque todavía quieren afirmarse en sus propias capacidades. Siguen pensando que Dios las ama más cuando hacen todo bien. Y eso no es gracia, eso es mérito.
Muchas personas no se entregan por completo a Dios porque siguen mirando sus errores, pero no están mirando el amor de Dios. Y es que no entra en nuestra cabeza la idea de un Dios perfecto buscando personas imperfectas para amar y transformar (Romanos 5:20).
En un mundo que constantemente está dispuesto a juzgarnos y condenarnos, hay una buena noticia que debemos tener presente. Y es saber que Jesús es el único que podría condenarnos, pero Él eligió perdonarnos.
Pero este no puede ser un perdón que quede solo en nosotros, sino que es algo para compartir y hacer correr la voz para poder llegar a todo el mundo y hacer la diferencia como Jesús.
Hay personas que necesitan ser abrazadas más que juzgadas, y caminan en este mundo como si estuvieran solas. Nos limitamos a hablar a otros por mirar nuestra condición.
Mateo tenía solo minutos de ser llamado por Jesús, pero eso no lo limitó a invitar a que otros pecadores como él se sentaran en la mesa con Jesús.
La gracia de Dios no se puede limitar en nosotros solamente. Incluso hay personas que hablan de perdón y gracia, pero no lo aplican a sus vidas, porque sienten que el «saber» de más años los coloca en una exigencia mayor. Y en vez de descansar en la gracia, viven sostenidos en su experiencia, conducta o imagen.
Pero el tiempo que llevemos en el evangelio no nos hace menos dependientes de la gracia, sino más conscientes de cuánto la necesitamos.
REFLEXIÓN
¿ESTOY VIVIENDO POR GRACIA O POR MIS PROPIOS MÉRITOS?
Todo lo que recibimos de Dios es un regalo. No hay obras o acciones que nos hagan merecerlas. Pero fácilmente nos damos cuenta cuando una persona quiere vivir por obras, porque no solo se limita a no disfrutar de la gracia, sino que no quiere que otros la disfruten.
¿DESCANSO EN LA GRACIA DE DIOS?
Jesús sabe quiénes somos, sabe de nuestros errores y todo lo que hacemos. Pero vemos que aun así no se sorprende y sigue estando interesado en nosotros. Y es que Jesús es un rey perfecto dispuesto a caminar con personas imperfectas.
¿COMPARTO CON OTROS LA GRACIA QUE DIOS ME DIO?
La gracia de Dios no se puede limitar en nosotros solamente. Incluso hay personas que hablan de perdón y gracia, pero no lo aplican a sus vidas, porque sienten que el «saber» de más años los coloca en una exigencia mayor. Y en vez de descansar en la gracia, viven sostenidos en su experiencia, conducta o imagen. Pero el tiempo que llevemos en el evangelio no nos hace menos dependientes de la gracia, sino más conscientes de cuánto la necesitamos.
