SACRIFICIO VIVO


«Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta.» Romanos 12:1-2

 

Hoy muchos quieren los beneficios, pero sin sacrificio. Quieren resultados, pero sin compromiso. Quieren las bendiciones, pero sin entrega.

Es por eso que es normal ver que hoy muchos buscan relaciones sin compromiso o trabajos sin responsabilidades. Nadie quiere sentirse atado a nada, ni a responsabilidades, ni al matrimonio, ni a contratos o nada que nos haga perder libertad.

TODO LO QUE REALMENTE VALE LA PENA EXIGE UN SACRIFICIO.

Un estudiante sacrifica horas de descanso, un deportista sacrifica su tiempo y un padre sacrifica su comodidad por sus hijos. Y es que uno por amor sacrifica todo.

Para disfrutar de los frutos o resultados, primero hay un sacrificio que hacer. Porque todos hacemos sacrificios por aquello que consideramos valioso.

Y es entonces cuando nos preguntamos qué estamos dispuestos a sacrificar por Jesús. Porque ser cristiano no es solo creer en Jesús, es entender que Jesús nos llamó a ser sus discípulos.

2 Timoteo 2:3-7 «Comparte nuestros sufrimientos, como buen soldado de Cristo Jesús. Ningún soldado que quiera agradar a su superior se enreda en cuestiones civiles. Así mismo, el atleta no recibe la corona de vencedor si no compite según el reglamento. El labrador que trabaja duro tiene derecho a recibir primero parte de la cosecha. Reflexiona en lo que te digo y el Señor te dará una mayor comprensión de todo esto.»

Jesús nos llamó a seguirlo y el mandato fue que vayamos y hagamos discípulos. Ser discípulo habla de alguien que decide seguir a un maestro para aprender de él, para imitar su forma de vivir y llegar a ser como su maestro y poder continuar con la misión del maestro (Mateo 28:18-20).

Pero en Lucas 14:25-35 vemos que Jesús explica que ser discípulo tiene un costo. Grandes multitudes seguían a Jesús. Hoy, con tal de mantener o retener seguidores, hacen cualquier cosa. Pero mientras muchos seguían a Jesús, Él se detiene y empieza a hablar del costo.

Jesús nunca escondió lo que significaba seguirlo, porque él no buscaba admiradores o curiosos, sino que buscaba discípulos. Jesús les dice tres cosas sobre lo que significaba ese costo.

#1 ABORRECER / AMAR MENOS. Ninguna persona puede ocupar el lugar que le corresponde a Jesús (Lucas 14:26; Mateo 10:37-39).

#2 LLEVAR LA CRUZ. Significa que ya no vivimos para hacer nuestra voluntad. No somos los dueños de nuestras decisiones, sino que vivimos para hacer lo que Jesús nos dice (Gálatas 2:20).

Hemos vivido nuestra vida para nosotros mismos… pero cuando entendemos que Jesús entregó su vida por nosotros, nos lleva a vivir para Él y seguirlo (2 Corintios 5:15).

#3 RENUNCIAR A TODO. Es abandonar voluntariamente a todo aquello por lo cual vivimos y que ocupaba el primer lugar por entender de que ahora le pertenecemos a Jesús (1 Pedro 1:18).

Seguir a Jesús implica dejar de ser el dueño de nuestra vida. Para explicarlo, Jesús usa dos ejemplos, el de un hombre que construye una torre y el del rey que va a la guerra.

En ambos casos, los dos hacen lo mismo. Se sientan, calculan y evalúan el costo. Esto es porque el problema no es cuánto cuesta seguir a Jesús, el verdadero problema es comenzar a seguirlo sin haber entendido lo que cuesta.

Ser discípulo no es ser alguien que simpatiza con Jesús, sino alguien que le entrega su vida y lo sigue (Lucas 5:11).

Todos en algún momento vamos a estar frente a la decisión de elegir lo que debemos hacer. Dios va a probar nuestro corazón, pero Él no prueba los corazones porque necesite descubrir algo, porque Él ya lo sabe todo y nos conoce mejor que nadie (Proverbios 17:3; Salmos 139:1-6).

DIOS PRUEBA LOS CORAZONES PARA QUE QUEDE EN EVIDENCIA QUIÉN OCUPA EL PRIMER LUGAR EN NUESTRA VIDA.

En Génesis 12:1-3 podemos ver cómo Dios habla a Abram y le da una promesa de hacer de él una gran nación, pero en ese momento él tenía 75 años y su esposa Sara tenía 65 años y era estéril.

La pregunta que se hacía Abram era cómo haría Dios esto a través de él cuando ni siquiera tenía hijos. Pero Dios esperó hasta que Abram tuviera 99 años y su esposa Sara había perdido toda esperanza de procrear.

Y cuando todo parecía imposible, Dios prometió que en un año tendrían a Isaac, el hijo de la promesa (Génesis 18:10-14).

Cuando todo parecía perfecto, luego de esperar más de 25 años para ver el cumplimiento, Dios pone a prueba a Abraham (Génesis 22:1-19).

Dios prueba los corazones porque todo sacrificio revela lo que más amamos, y lo que más amamos se convierte en nuestro tesoro, en aquello que consideramos más valioso (Mateo 6:19-24).

Lo que más nos cuesta entregar es lo que más controla nuestro corazón. Muchas veces Dios toca aquello que más valoramos, no para quitárnoslo, sino para que podamos ver si Él sigue siendo el primero.

Abraham había llegado hasta el monte, preparó el altar, colocó la leña, ató a Isaac y levantó el cuchillo para sacrificarlo. Pero Dios lo detuvo, porque Dios nunca quiso la vida de Isaac, sino el corazón de Abraham.

En ese momento, Abraham levantó la mirada y vio que Dios había provisto de un carnero para el sacrificio. No tuvo que entregar a su hijo porque Dios proveyó un sacrificio en su lugar.

Isaac bajó vivo del monte porque otro ocupó su lugar sobre el altar. Y esta historia nos estaba mostrando algo mucho más grande, porque muchos años después Dios volvió a proveer de un cordero. Pero esta vez no era uno atado en un matorral, sino que fue Jesús (Juan 1:29).

Abraham no tuvo que entregar a su hijo, pero Dios sí entregó al suyo. Jesús tomó nuestro lugar, cargó con nuestro pecado, pagó nuestra deuda y fue el sacrificio que nosotros nunca podíamos ofrecer (Juan 3:16).

Por eso, la salvación no se consigue por esfuerzo, no se compra con sacrificios, no se merece con buenas obras y no se alcanza portándonos mejor.

LA SALVACIÓN ES POSIBLE POR EL SACRIFICIO DE JESÚS.

Nosotros no vamos a Dios para pagar el precio, porque el precio ya fue pagado. No vamos a Dios para ganarnos su amor, porque Él ya nos amó. No entregamos nuestra vida para que Jesús entregue la suya; entregamos nuestra vida porque Él ya entregó la suya por nosotros (Efesios 2:8-9).

Romanos 12:1-2 «Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta.»

Primero viene su misericordia, gracia, sacrificio y después viene nuestra respuesta. Nuestra entrega no es el precio de la salvación, es la respuesta a la salvación.

Dios no está buscando que paguemos lo que Jesús ya pagó. Dios no está buscando que suframos para merecer su amor. Dios no está buscando simplemente más esfuerzo. Dios está buscando nuestro corazón.

Salmos 51:16-17 «Tú no te deleitas en los sacrificios ni te complacen los holocaustos; de lo contrario, te los ofrecería. El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.»

Dios no necesita lo que tenemos, sino que quiere lo que somos. Busca un corazón rendido que lo pone a Él primero. Un corazón que no busca vivir para sí mismo y que quiera seguirlo a Él.

Por eso, ser un sacrificio vivo no significa que tenemos que pagar algo. Significa que, porque Jesús ya pagó todo, ahora le entregamos todo a Él.

Jesús no murió para que sigamos viviendo para nosotros mismos. Jesús murió para que ahora vivamos para Él (2 Corintios 5:15).

1 Juan 4:10 «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados.»

Dios nos amó primero. Él entregó a su hijo. Él proveyó el cordero. Él pagó el precio. Ahora nuestra respuesta es entregar nuestra vida porque fuimos amados. Dios no quiere sacarnos algo, pero si Él no tiene nuestro corazón, no puede bendecirnos. Porque la bendición nos termina alejando de Él.

 

REFLEXIÓN

¿QUÉ LUGAR OCUPA JESÚS EN MI VIDA?
Dios prueba los corazón para que quede en evidencia quien ocupa el primer lugar en nuestra vida. Dios va a probar nuestro corazón, pero Él no prueba los corazones porque necesite descubrir algo, porque Él ya lo sabe todo y nos conoce mejor que nadie (Proverbios 17:3; Salmos 139:1-6).


¿ESTOY DISPUESTO A ENTREGARLO TODO A JESÚS?
Dios no necesita lo que tenemos, sino que quiere lo que somos. Busca un corazón rendido que lo pone a Él primero. Un corazón que no busca vivir para sí mismo y que quiera seguirlo a Él. Por eso, ser un sacrificio vivo no significa que tenemos que pagar algo. Significa que, porque Jesús ya pagó todo, ahora le entregamos todo a Él. Jesús no murió para que sigamos viviendo para nosotros mismos. Jesús murió para que ahora vivamos para Él (2 Corintios 5:15).

 

¿VIVO COMO RESPUESTA A SU SACRIFICIO?
Dios no está buscando que paguemos lo que Jesús ya pagó. Dios no está buscando que suframos para merecer su amor. Dios no está buscando simplemente más esfuerzo. Dios está buscando nuestro corazón.