LA IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN Y EL AYUNO


Desde el primer día en VIVILO iglesia entendimos la importancia de la oración y tomamos la decisión de que en todo lo que hacemos priorizar nuestra búsqueda de Dios a través de la oración y el ayuno. Es por eso que en cada actividad, grupo de conexión y especialmente en nuestras reuniones de domingo, tomamos un tiempo para orar juntos.

Pero entender lo importante que es orar, no es suficiente. Queremos que la oración se vuelva parte de nuestra vida cotidiana, no como una imposición, sino como algo que deseamos hacer. Pero sabemos que la oración requiere compromiso y puede requerir disciplina para convertirse en un hábito diario.

Sabemos que es un privilegio poder acercarnos a Dios en oración, porque el fin de la oración y el ayuno no es obtener algo de Dios, sino llegar a conocerlo mejor.

 

¿POR QUÉ ORAMOS?

Desde el momento en que creemos en Jesús y tomamos la decisión de seguirlo, descubrimos la importancia y el poder que tiene la oración en nuestras vidas, pero también lo necesaria que es para crecer en nuestra fe y en nuestra relación con Dios. La oración nos acerca a Dios, pero también nos lleva a descubrir lo fácil que es llegar a Él y lo cerca que está de nosotros. (Hebreos 4.16, Salmos 145.18, Salmos 34.17-18).

La oración es una conversación donde Dios nos invita a acercarnos con la confianza de poder expresar con sinceridad todo lo que hay en nuestro corazón. Orar es tan simple como hablar con Dios, con la convicción de que siempre nos escucha y sabiendo que Él conoce mejor que nosotros lo que necesitamos, aun antes de que se lo pidamos. (Mateo 6.5-15, 1 Juan 5.14-15, Isaías 59.1, Salmos 34.6, Salmos 22.24).

Al orar no se trata de encontrar o usar las palabras correctas, de seguir instrucciones o una fórmula específica para hablar con Dios. No hay palabras que puedan deslumbrar a Dios, como tampoco apariencias o formas. Dios mira y está atento a nuestro corazón, Él desea que nos expresemos con nuestras propias palabras y abramos nuestro corazón mostrándonos tal cual somos (Lucas 11.1-13, Salmos 51.16, 1 Samuel 16.7, Lucas 18.9-14).

Tampoco hay un momento o lugar correcto para hacerlo, Dios nos alienta a orar y acercarnos a Él en todo tiempo y lugar. Podemos hacerlo mientras caminamos, mientras hacemos nuestras tareas diarias o aun con los ojos abiertos, pero siempre va a ser bueno que encontremos un lugar tranquilo, privado y lejos de ruidos que nos ayude a que nada nos distraiga o interrumpa nuestra conversación con Dios. Por esta misma razón, cerramos nuestros ojos al orar, no porque sea una obligación, sino porque nos ayuda a no distraernos y poder concentrarnos en la oración. (1 Tesalonicenses 5.16-18, Efesios 6.18, Mateo
6.6)

Al orar, estamos poniendo nuestra fe en acción. Al hacerlo, estamos tomando la decisión y elección de correr a Dios para poner nuestra confianza y dependencia en Él, creyendo que tiene el poder para hacer todas las cosas y que va a suplir todas nuestras necesidades, porque Él tiene cuidado de nosotros. (Salmos 121.1- 2, Salmos 91, 1 Pedro 5.6-9, Mateo 19.26).

Creemos que la oración es poderosa y provoca resultados maravillosos. Es por eso que siempre que oramos, lo hacemos con fe y confiando que Dios va a hacer mucho más de lo que pedimos o entendemos. Pero también creemos en la importancia de orar juntos como iglesia para pedir no solo por nuestras necesidades, sino también pedir conforme a la voluntad de Dios. Oramos y
pedimos que las personas puedan conocerlo y vengan al conocimiento de la verdad. (Efesios 3.20-21, Santiago 1.6, Filipenses 4.6-7, Lucas 18.1, Mateo 21.22, Juan 14.12-14, Mateo 18.18-20, 1 Timoteo 2.1-4, Mateo 7.7-12, Hechos 4.29-31, 1 Timoteo 2.1-4, Santiago 4.1-10).

Oramos, sabiendo que cuando pasamos tiempo con Dios, no solo responde a nuestras necesidades, sino que también transforma nuestros corazones y nos lleva a conocer lo que Él quiere hacer en nuestras vidas. La oración no es un monólogo o una comunicación en una sola dirección, sino que es una relación donde Dios quiere hablarnos y tratar con nuestras vidas de una manera personal. (Jeremías 33.2-3).

 

 

¿POR QUÉ AYUNAMOS?

El ayuno como disciplina espiritual es la práctica de abstenerse, total o parcialmente, de comer o beber durante un determinado tiempo, con el fin de invertir ese tiempo para orar y fortalecer nuestra relación personal con Dios.

Como iglesia, no ayunamos a modo de extorsión con el fin de obtener de Dios algo específico mediando un sacrificio de abnegación. El único objetivo del ayuno es acercarnos más a Dios, pasar tiempo con Él, pedir su guía y buscar su dirección. Con esta determinación y teniendo claro nuestra motivación, dejamos de lado toda ocupación, poniendo como prioridad nuestra comunión con Dios. (Mateo 6.16-18, Esdras 8.21, Isaías 58, Joel 2.12-13, Jonás 3.5, Hechos 14.23).

El ayuno es abstenernos totalmente de alimentos y líquidos. Como también podemos optar por abstenernos de alimentos y solo consumir líquidos por un determinado tiempo. Pero sabemos que hay personas que quieren participar de este tiempo de ayuno, pero por razones de salud o trabajo no pueden prohibirse de alimentos o bebidas. Es por eso que también practicamos distintos tipos de ayuno de acuerdo a nuestras posibilidades, privándonos de ciertos placeres o absteniéndonos de cualquier actividad que cautive nuestra atención, como redes sociales, juegos, televisión o cualquier pasatiempo.

Es importante entender que el ayuno es con el fin de eliminar distracciones, que Dios sea el centro de nuestra atención. Aprovechamos este tiempo para enfocarnos en buscar a Dios, leer su palabra, orar por diferentes necesidades y presentar nuestras peticiones a Dios.

El ayuno es un desafío que nos lleva a un crecimiento personal en cuanto a nuestra relación con Dios y es una disciplina espiritual importante para la vida de todo creyente. Queremos por medio de esta práctica conocer más a Dios, alinear nuestros corazones con Él y permitir al Espíritu Santo que hable a nuestras vidas.